Te quedás quieto frente a la calle. Está en verde pero preferís esperar a que el hombrecito rojo empiece a titilar. Necesitás un semáforo más, un estribillo más, ahí parado con el sol en la cara. Subís el volumen para no escucharte cantar mientras caminás.

No sabés muy bien inglés, no entendés la letra pero la gritás, la expulsás. Tocás la batería en el aire espeso del mediodía porteño. Lo cortás con tus palos invisibles.

Te toca cruzar y lo hacés. Disimulás moviendo la cabeza pero querés meterte en la canción. Querés volverte infinitamente pequeño, viajar miles de kilómetros para adentro, abrirte la piel, y lamer la sangre hasta secarla. Querés dejar de caminar mirando las chapas de los números de la calle que te lleva hasta el trabajo. Nadie te mira, y vos tampoco mirás a nadie. Empezás a transpirar la cara, y después el pecho y los pies.

En la esquina los colectivos se amontonan borrando el espacio. Los atravesás con tus instrumentos mágicos disolviendo el aire negro y caliente de los motores enojados.

Llegás hasta la puerta del trabajo y la misma señora que cada día te abre, está de espaldas. Dudás entre golpear el vidrio o intentar cruzarlo. Elegís la primera. La señora se asusta, después sonríe y te abre. Le ponés el cachete tibio y húmedo, y su cara se choca contra uno de los auriculares que cuelga de tu cuello.

Querés disculparte pero no te sale. Mientras esperás el ascensor guardás la música en el fondo. Llegás a tu lugar, te sentás y te ponés a escribir. Hoy, no es un buen día para trabajar…

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