El calor de enero me tuvo de rehén en Buenos Aires. Mis amigos, mi hermano y mis viejos se fueron de vacaciones. Yo no pude acompañarlos porque mis tres jefes me “pidieron” que me quede “cuidando” la oficina mientras ellos disfrutaban del verano.

Sin amigos, familia e incluso jefes, enero en Buenos Aires puede ser muy aburrido. La primera semana terminé dos series, fui al cine y conocí la Reserva Ecológica. Todo lo hice solo.

Necesitaba poder contarle a alguien que, pese a mis prejuicios iniciales, The Crown me pareció muy buena, la segunda de Stranger Things más o menos y que la Reserva para mí fue un gran descubrimiento pero que pensaba volver cuando el calor aflojara.

Ese sentimiento de soledad me llevó a hacer algo que hasta el momento había visto con desconfianza, me bajé Tinder. Con timidez apreté mis primeros corazones y con mucha seguridad algunas cruces. Hice Match con varios, pero con ninguno logré la suficiente empatía. Pibes con sonrisas Colgate y muchas horas de crossfit pero con casi nada interesante para decir y un único objetivo: garchar.

“¿Tenés lugar?” “¿Vivís solo?” “¿Sos pasivo o activo?” “Perdoná, sos muy petiso, busco otra cosa”.

Cuando estuve a punto de darme de baja y resignarme a padecer el calor de enero sin compañía, apareció una notificación que decía: “Hiciste match con Felipe”. No me acordaba de haberle dado un “corazón”. En ninguna foto se lo veía sexy, ni posando. Aparecía con perros, sonreía sin mostrar los dientes y la ropa no le combinaba. Merecía una oportunidad.

“Hola. ¿Cómo va?”

“Hola Tomi! Todo bien. Terminando de ver una película. Vos, en qué andás?”

“En el laburo, mirando una serie”.

“Qué buen laburo!”

“Mis jefes no están y no tengo ganas de trabajar. Qué peli estás mirando?”

“Krámpack, ubicás?”

“No, está buena?”

“Muy! Mirala”.

“Nunca la había escuchado”.

“Es española, del 2000 más o menos”.

“Qué lindo España!”.

“Conocés? Yo soy de Valencia, al sur”.

“Solo conozco Barcelona. Estás de vacaciones en Buenos Aires?”.

“No, hace cuatro años que vivo acá. Vine a estudiar y me quedé”.

“Qué estudiaste?”

“Administración de empresas”.

“Laburás de eso?”

“Dejé hace unos meses. Me agotó la rutina”.

“Yo todavía no encontré el valor para mandar la rutina a la mierda”.

“Jaja. Te puedo compartir algunos consejos. Qué hacés a la noche?”

“Nada”.

“Querés tomar algo?”

“Dale”.

Quedamos en encontrarnos en la esquina de Vicente López y Azcuénaga, enfrente del cementerio. Sobre esas calles está lleno de barcitos y nos quedaba como un punto intermedio entre su casa y la mía.

La ansiedad y los nervios me hicieron llegar 20 minutos antes. Cuándo lo vi cruzar la calle, enseguida me di cuenta que era él. No había mucha diferencia con sus fotos, salvo porque el pelo lo tenía rapado.

“No me vine tan arreglado” dijo señalando mi ropa y se río.

“Así fui a trabajar y me dio fiaca cambiarme” le mentí.

“¿A qué bar vamos?”

“Pasé por la puerta de varios y están todos muy llenos, a la vuelta está Camping, no creo que haya mucha gente”.

“Vamos”.

Enseguida empezamos a hablar como si nos conociéramos de toda la vida. En ningún momento sentí esa típica incomodidad que uno tiene en la primera cita. Le conté que había estudiado comunicación, que paralelo a la carrera hice cursos de teatro, que a los 23 estuve internado por una trombosis y que desde hace un año escribo para Wacho.

Él me contó que estudió Ciencias Políticas en Canadá pero abandonó y que antes de venir a Buenos Aires vivió dos años en Montevideo. También, que sus últimas tres vacaciones fueron en Japón, Irán y Myanmar y que en cada uno de esos lugares estuvo un mes entero porque le gusta “conocer los lugares a fondo”. También me dijo que Buenos Aires lo estaba cansando porque creía que “ya lo conocía a fondo”. Se lo notaba demasiado vivo, culto y despierto.

Después de dos cervezas, nos fuimos del bar. Llegamos hasta la misma esquina donde nos encontramos y nos despedimos sin siquiera darnos un beso.

La semana que siguió fue muy intensa en mi laburo. Llegué al jueves quemado. Eran las ocho de la noche y yo seguía en la oficina. Necesitaba encontrarme con alguien así que le mandé un mensaje a mi nuevo amigo.

“Hola! Cómo va?”

“Bien, vos? Qué hacés?”

“En el laburo, por rajar. Vos, en qué andás?”

“Por ir a una fiesta en un centro cultural con un amigo. Se llama “Todo por dos pesos”. Querés venir? Creo que te va a divertir.”

“Estoy vestido un poco formal”.

“No creo que importe”.

“Capaz me doy una vuelta”.

“Dejá el corporativismo de lado y vení!”

Con esa frase me convenció.

Cuando llegué al lugar, Felipe estaba parado en la puerta hablando con un chico.

“Él es Brendan, un amigo de Estados Unidos. No habla muy bien español pero entiende todo”.

“No vamos a poder criticarlo” dije y los dos se rieron.

Apenas entramos a la fiesta nos recibió un hombre vestido de diablo que nos dijo que para pasar teníamos que pagar dos pesos y escupirle a un cartón que había en la pared con la cara de Menem. Pensé que era una joda, pero Brendan sacó plata, juntó saliva y le clavo un verde en la patilla izquierda. Felipe se rió, me miró y le escupió al cuello. Yo los seguí y se lo puse en el ojo.

“¿Quién es Menem?” preguntó Brendan.

“Un presidente que tuvieron los argentinos. ¿No?” me preguntó Felipe.

“Fue un presidente que mi viejo votó” le contesté.

El lugar era una bizarreada divertida. Las paredes estaban decoradas con imágenes y videos noventosos, la barra la atendía una travesti vestida como Bill Clinton y para las 22:00 estaba anunciada “Rincón de luz”, una banda tributo a Cris Morena.

Nos sentamos en una mesa a tomar una birra y fumar un porro. Felipe me dijo que conocía al cantante de la banda y que había llegado a este lugar invitado por él.

“Me parecía raro que a un yanqui y a un español les divirtiera venir a un evento así” les dije.

Los tres fuimos contándonos anécdotas de lo que fue crecer en los 90 en cada país. No encontramos tantas diferencias, para los tres esa época fue una especie de burbuja.

Apenas 20 minutos después de las 22 empezó la banda. No sonaban mal, pero se sostenían más en lo bizarro que en el talento. Felipe solo reconoció una canción, Brendan ninguna y yo casi todas.

Cuando terminó, el cantante vino a nuestra mesa y saludó a Felipe con un abrazo. Se pusieron a hablar entre ellos sin incluirnos ni a Brendan ni a mí. En inglés, Brendan me contó que el fin de semana anterior Felipe y el cantante habían estado juntos en una fiesta. Y se pasó al español para aclararme: “La única cagada es que tiene novio” dijo apretando fuerte la G.

“Qué garrón” le respondí y apenas pude decir algunas palabras más por el resto de la noche. Me despedí excusándome con qué me tenía que levantar temprano al otro día.

Ese sábado volví a recurrir a Tinder. Concreté una cita con Juan, un chico de Pergamino que vino a estudiar Derecho a Buenos Aires y que trabajaba desde hace dos años en un Juzgado Comercial. Fuimos a comer a un restaurant muy bueno que queda cerca de casa. Juan me aclaró que no tomaba alcohol y que no estaba para comerse un plato entero, por eso, se pidió una empanada de carne y un agua. Yo, que sí tenía hambre, me inhibí y me pedí una empanada como él pero acompañada por cerveza.  Juan se pasó la noche entera monologando sobre su amor por el Derecho y dando cátedra sobre cómo debería haber fallado la Justicia en algunos casos polémicos. Me fui del restaurant sabiendo que nunca más lo iba a volver a ver.

El domingo al mediodía me llegó un mensaje de Felipe:

“¿En qué andás?”

“Comiendo un yogurt y mirando The Crown. ¿Vos?”

“En Plaza Francia. ¿Querés venir?”

Tardé en contestarle. Estaba contrariado, le tenía bronca, pero al mismo tiempo me alegraba su invitación. Le dije que sí.

Cuando nos encontramos lo primero que me preguntó fue:

“¿Te enojaste el otro día?

“Me fui porque estaba cansado” le mentí y enseguida cambié de tema. “Esta plaza me hace acordar a cuando era chico. Venía cuando me rateaba del colegio y cuando quería fumar cigarros a escondidas de mis viejos”.

“No sabía que fumabas”.

“Fue solo un vicio de la adolescencia”.

Mientras caminábamos nos contamos anécdotas de cuando éramos chicos. Me dijo que en la época del colegio se aburrió mucho, no tenía amigos y con su familia casi que ni se hablaba, por eso apenas cumplió dieciocho se fue de España.

“En Canadá y Montevideo me pasó algo parecido, nunca pude hacerme amigos. Ahora en Buenos Aires tengo amigos, pero sin trabajo o estudio los días se hacen largos”.

“Extrañás la rutina” dije jodiendo.

“Extraño sentir placer haciendo algo” contestó sin mirarme.

Nos tiramos en el pasto a fumar un porro y nos quedamos hablando hasta quedarnos dormidos. Me desperté con los gritos de Felipe a un perro.

“El hijo de puta me meó”.

Nos reímos hasta volver a quedar tirados en el pasto. Sin levantarme le dije:

“Me tengo que ir”.

“Yo también”.

Nos abrazamos y cada uno encaró para un lugar distinto. A las pocas cuadras me llegó un mensaje de él: “La pasé muy bien”. “Yo también” le contesté.

La semana que siguió no pudimos coincidir ningún día para vernos. El miércoles le propuse de ir al cine pero no podía porque su viejo estaba de visita. El viernes me dijo de ir a tomar una birra pero yo ya había quedado con unos amigos que habían vuelto a Buenos Aires. El sábado no pudo él, el domingo no pude yo y recién el lunes de la otra semana logramos volver a vernos.

Quedamos en encontrarnos a las 10 en el bar de la primera cita. Felipe llegó diez minutos antes y yo veinte después.

Le expliqué que venía de lo de mi hermano que había vuelto ese día de sus vacaciones y que nos colgamos hablando de nuestros eneros.

“¿Le hablaste de mí?”

“Le dije que tengo un amigo nuevo”.

Me sonrío y nos quedamos un rato en silencio.

“Te tengo que contar algo” me dijo.

Levanté las cejas como diciendo “dale”.

“Me vuelvo a España”.

“¿Cuándo?”

“El 31”.

“Pasado mañana” dije aclarando lo obvio.

“Mi viejo está acá y me convenció de volverme con él”.

“¿Por?” le solté con un tono de enojo.

“Lo venía planeando hace rato, pero esta semana me decidí. No encuentro nada para hacer acá”.

Aunque nos habíamos visto solamente cuatro veces, no pude evitar sentir que Felipe me dejaba. En menos de un mes ya teníamos un nivel de intimidad que con muy pocas personas había alcanzado. Llegué a él porque no quería pasar enero solo, y ahora que el mes terminaba y mis amigos y familia habían vuelto, lo veía como mi única compañía.

“Te voy a extrañar, ya me había hecho la idea de que no íbamos a ser solamente amigos de verano” dije con la voz quebrada.

“Yo también” dijo y me agarró la mano y me dio un beso.

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