Por Agarrate Catalina 😉

 

Dedicaba su vida a volverse un tipo interesante. Cuando leía un libro, memorizaba frases que después citaba en el momento justo. Miraba películas y, como verdadero cinéfilo, había estado en las salas que más tarde sucumbieron ante los megacines en cadena ubicados en masivos shoppings de la capital. Y había aplaudido de pie en alguna que otra ocasión. Contaba que eso era algo que solía hacer con su padre. Así uno entendía que, además de interesante, era melancólico. Tenía memorizada la historia de algunos rincones de la ciudad, su edificio preferido y un afán por las calles adoquinadas de San Telmo. Y mientras caminaba lo hacía como quien está de viaje: con asombro. Cuanto uno pudiera aportar de la propia experiencia y el propio conocimiento, lo absorbía y retenía dentro del rincón de su cerebro que había entrenado para construir ese personaje lleno de recovecos. Pero lo que lo hacía destacar particularmente de entre el resto de los mortales era que poseía la capacidad de dosificar todo aquello que guardaba en pequeñas cantidades. Así lograba que uno se quedara con intriga y ganas de volver a verlo.

Por eso, ella lo recordaría siempre y cada vez que pudiera inventaría nuevas visitas que no habían hecho pero que hubieran sido una posibilidad en un mundo paralelo, donde ella no hubiera elegido el amor y él no hubiese emprendido un viaje sin retorno. Porque, a pesar de que se encontraron en un punto del camino y sus rutas se volvieron a cruzar, nunca volvieron a ser los mismos. Eso que pasó y no pasó quedó suspendido en una niebla atemporal, divinamente eterna, donde volverían cada vez que la vida necesitara encontrar un escape pensando en una realidad distinta a la ineludible verdad.

Se habían conocido de casualidad, como todo lo bueno en la vida. Esas cosas que si uno quisiera arreglarlas, planearlas o repetirlas jamás se dan. De pronto conversaban sobre una batalla de Napoleón y hablaban por teléfono como si lo hubieran hecho siempre. Sin saber que el destino los estaba engañando. Porque los cruzó en ese punto donde todo podía pasar y les hizo creer que así de fácil era si querían estar juntos, pero sin estar listos para darse cuenta de la burla. 

Se encontraban una y otra vez, caminaban y disfrutaban de la mutua compañía, a veces incluso se extrañaban pero no se lo decían. Era una especie de fascinación y miedo. Una sensación reconfortante y a la vez vertiginosa. Ella usaba todos los recursos para poder convencer a otro de volver a amarla, mientras él simulaba quererla pero no lo suficiente como para decirle que no buscara más allá. Por otra parte, él planeaba un viaje que sería catastrófico desde muchos puntos de vista. La vida era eso que pasaba mientras se las ingeniaba para subirse a un avión. Y esa incertidumbre de lo que el destino le deparaba la ahuyentaba. Era la promesa de una decisión que él no le pidió ni le pediría jamás que hiciera: dejar todo e irse juntos.

Años después, al bajar del tranvía en Sevilla, cuando una gitana se aproximó y la tomó de la mano, le dijo: “Tendrás dos hijos y dos hombres en tu vida”. Cuando nació la primera mujer, rio pensando que la gitana se había equivocado. Cuando nació la segunda, se preguntó si había utilizado el masculino para referirse al genérico. Entonces recordó la segunda parte de la profecía y su cara se le vino a la memoria. Se preguntó inmediatamente, con algo de espantosa sorpresa, hasta qué punto la gitana se había confundido.

 

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Al principio, cuando propuso encontrarse en un local sobre la calle Balcarce, él pensó que sería la oportunidad ideal para jugar sus mejores cartas. No era de apostar fuerte si no creía que podría ganar la mano. En ese sentido -sólo en ese- era un tanto conservador. Pero ella llegó y le tiró las cartas al suelo. De pronto se encontró jugando un juego distinto y del que no estaba seguro si quería participar. Esa noche, después de despedirse, perdió las certezas, casi le roban la billetera y definitivamente abandonó lo más caro: la ilusión. Esta última volvió al día siguiente cuando recibió un relato de lo que habían vivido. Un relato que era el primero de tantos otros, donde se encontraban más cerca de lo que jamás estarían. Desde entonces vivirían dos vidas paralelas. Una de desencuentros sistemáticos y otra de segundas oportunidades. 


Durante el viaje que hizo -pues finalmente logró subirse a un avión- cruzaron cientos de palabras. La sorprendió con algunas postales que ella recibió como abrazos de papel y tinta. La distancia permitió que pudieran reflexionar acerca de lo que habían vivido. Descubrieron que había una belleza infernal en la imposibilidad de verse. Eran más sinceros por escrito. Y así se volvieron ladrones del tiempo del otro. En compensación, se regalaban frases. Ella lo bautizó con varios alias, algunos de los cuales él adoptó para siempre. Esa alma de proa que lo impulsaba por el mundo, esa necesidad de conocerse por contraste, lo hacían un eterno vagabundo. Mendigaba experiencias que construyeran recuerdos y así acrecentaba el rincón donde guardaba el personaje que fascinaba a los demás.


Mientras tanto, cuando se dio cuenta de que se había creído el amante de esa mujer pero no era más que su testigo, decidió tomar en sus manos otras conquistas que le permitieran ser protagonista de la historia. La victoria parecía huirle, hasta que a su regreso la encontró. Una relación que duraría seis años pero terminaría con una traición. Y ese final llegaría cuando ya fuera tarde, cuando entendió la burla que les había jugado el destino.

 

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Su primer año de casada, por otra parte, fue una pesadilla. Después de la luna de miel, llegó a una casa que no sentía que fuera su hogar. Cuanto él amaba sentirse un exiliado del mundo, ella lo aborrecía. Vivía con una cocina destruida que era el fiel reflejo de la demolición de sus expectativas. Los celos y la desconfianza habían vuelto a reinar en esa relación que ahora era un matrimonio incipiente e imperfecto, un campo minado de incertidumbres. Esta vez, como otras, ella huía a las ficciones donde podía continuar con la historia que había quedado suspendida en una pausa. En el pasado, casi como un perro sabueso, él había sabido olfatear esos momentos de debilidad y había hecho llegar sus palabras de consuelo y calma. Esta vez, reinó el silencio. Entonces se dio cuenta de que las ficciones no sólo le habían dado la segunda oportunidad que no habían tenido, sino que también la habían salvado de la más terrible soledad. Esa que se da cuando uno duerme acompañado de alguien que le resulta un perfecto extraño.

Tras un viaje juntos y en busca de encontrarse, después de un año de discusiones, miradas evasivas, rencor oculto -o no tanto-, el matrimonio encontró la paz del otro lado del charco, en un territorio neutro. Su marido la seguía fascinado. No sabía si era por la belleza de los lugares por donde caminaban o porque ella no dejaba de sonreír y esa siempre había sido su máxima arma de seducción. La sonrisa es, después de todo, el escote del alma. Así, aunque nada había cambiado, de pronto todo cambió. Las ficciones quedaron guardadas en una carpeta del disco rígido de la computadora.

 

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Cuando se halló solo, después de tantos años acompañado, hizo lo que mejor sabía hacer. Creía que viajar era mucho más que simplemente conocer nuevos lugares y culturas. Había en la partida un abandono parcial de uno mismo y, al mismo tiempo, un encuentro mucho más íntimo en ese despojo de las seguridades. Por un rato, jugaba a tener la vida de otros, gozaba de la ilusión fugaz de ser libre, caminaba sin tiempo, hablaba con todos y con nadie, conversaba a solas consigo mismo. Forjaba en el camino profundas amistades efímeras que le permitían compartir cuando quería estar con alguien y quedarse en silencio cuando lo deseara -o, más bien, lo necesitara-. Puesto que en la huida había un intento de escape de los problemas que igual lo acompañaban. En definitiva, el viaje era una autodemostración de que el timón le pertenecía, de que existía, estaba vivo y podía ir donde quisiera. Tanto a esos paisajes recónditos del planeta como al escritorio dentro de una celda disfrazada de oficina.

Sintió la tentación de volver a escribirle, soñó un reencuentro cuando la vida los hubiese dejado viejos y viudos. Si hubiese sido ella, hubiera escrito un relato al respecto. No sabía que esa fue la segunda vez que le falló el olfato.

 

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Por ese entonces, así como él la había soñado, ella imaginó un encuentro fortuito. Se encontraban en el subte y decidían ir a tomar algo. Observaban la ciudad, recordaban sus encuentros pasados y contemplaban cómo la fortuna los había dejado sedientos. En otra de sus historias, ella había inventado un beso. En esta, había fabricado una despedida.

Él le tomaba la mano, le decía que la entendía, que sabía que lo que habían perdido era el equivalente a la más especial de las amistades, que nadie lo había querido así ni le había dicho cosas como ella y que con bronca deseaba esa oportunidad de verse con regularidad de vuelta, aunque sabía que era imposible. Confesaba que esperaba que en un año o diez todavía anduvieran recordándose y estaría ahí aguardando a que se quedara sola. Así, con sus ojos cerrados -como si de alguna manera ese gesto negara la existencia de lo que estaba sucediendo- se decían adiós, hasta siempre.

En la completa oscuridad, cuando terminó de escribir su historia, se dio cuenta de que se le había apagado la chispa y todo lo que quedaba era un tenue resplandor.

Cuando el pico de estrés la dejó internada, entendió que había llegado a su límite. Tenía que cambiar algo. Ella, que siempre se había considerado una Susanita cualquiera, no estaba para nada conforme con el rol maternal que le tocaba desempeñar. Había más ítems en la lista de obligaciones que en la de placeres de la vida. Fue un trabajo intenso de terapia donde muchas cosas recibieron nombre. Y, cuando finalmente se encontró consigo misma, alcanzó un equilibrio que la mantenía imperturbable. Aquello que había buscando por años estaba ahí. No era que estaba conforme con su vida, estaba feliz. Por eso, cuando él reapareció en sus ficciones, se quedó sorprendida. 

Esta vez empezó por describirlo tal como lo recordaba, pero cuando quiso concentrarse en la acción, después de tanto tiempo sin verse, no pudo registrar cuál había sido el último encuentro. Le envío entonces eso que tenía: un párrafo. Halagado, respondió. Ella seguía preguntándose por qué le estaba escribiendo, ahora tanto en la realidad como en la ficción. Se topó con una frase de un reconocido literato colombiano: “el escritor escribe su libro para explicarse a sí mismo lo que no se puede explicar”. Algo de eso le resonó, le hizo eco, le dio sentido. Sin embargo, no podía comprender por qué volvía a recordarlo cuando cada uno había recorrido una ruta distinta y se habían alejado tanto. La respuesta definitiva no vino sino hasta un poco más tarde, cuando él -a quien siempre había considerado un poeta frustrado- dijo que un sueño hecho realidad siempre era menos evocador que su onírico antecedente. En una breve conversación trasnochada, también le contó que se había peleado con su novia ese día. Así terminó de entender lo que había sucedido: era la primera vez que ella tenía olfato.

 

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