Se miraron furiosamente. Una energía de tormenta eléctrica se colaba entre esos cuarenta y cinco centímetros que separaban sus bocas. No hacían falta palabras ni sonrisas. Ella mordió su labio con su paleta derecha. Él no le sacó los ojos de encima y sin querer desperdiciar un segundo más se abalanzó. Agarró su cuello bien fuerte mientras sentía el poder de su lengua chocando una y otra vez con la suya. Suspiró bien fuerte…

Faltaba un mes para que dejara el trabajo y, aunque no lo sabía todavía, una cuenta regresiva interior ya le empezaba a poner fin a su travesía en ese lugar. Había pasado casi dos años sentado en la misma silla, frente a la misma computadora, con el mismo horario y casi la misma gente. 730 días, menos dos semanas de vacaciones, alguna enfermedad, días de descanso y fines de semana. Su cuenta rápida le daba cerca de 512 días trabajando al lado de ella. Los suficientes para mirarla con cariño, odiarla con razones, para conocer sus mañas y sus locuras, sus antojos y sus enojos. Los suficientes para enamorarse.

Su lengua seguía dando vueltas sin saber muy bien a dónde iba. Sus manos ahora recorrían lentamente su cuerpo, rozaban su pecho y caían lentamente a su mínima cintura. Su cabeza explotaba de preguntas sabiendo de movida que había muy pocas respuestas. ¿Por qué estaba pasando esto? ¿Por qué ahora? ¿Desde cuándo existía esta energía entre los dos? ¿Era algo del momento? ¿Existía de antes y fue tan boludo para no darse cuenta? ¿Ahora como mierda hacía para volver a trabajar sin querer darle un beso?

Los labios se frenaron. Sus manos seguían en la cintura y sus caras se despegaron 9 centímetros. Se miraron con esa electricidad que los caracterizaba y sonrieron. El monitor de la computadora que tenían al lado se había puesto en reposo. Una de las sillas giratorias de la oficina rechinaba por la posición extrema a la que la habían llevado los pies de ella. La mano derecha de él ahora había bajado a su muslo izquierdo. Un pequeño apretón despertó en ella una mueca.

Eran las 9 de la noche. Para él era un horario normal para estar en la oficina. Para ella no. Las latas de cervezas en los escritorios denotaban que desde hacía algunas horas ya ninguno de los dos trabajaba. Sonaba música de uno de los parlantes de la computadora. Era lo único que se escuchaba en todo el ambiente. Con la yema de sus dedos fue recorriendo poco a poco la parte de adentro de su brazo izquierdo. Mirándola de manera fija esperando por lo menos un gesto en su cara. Pero ella seguía apuntando sus ojos verdes directo a los de él. No había muecas ni risas. No había escalofríos ni espasmos. No había más que una mirada perdida en mil pensamientos indescifrables.

“¿Estás bien?”, preguntó en voz baja. Un simple sí le bastaba. Una respuesta rápida, para poder seguir su periplo por el suave cuerpo de ella. Para encontrarse con algún gesto que lo obligara a seguir. Solo quería eso. Pero no la hubo. Solo una inconclusa mueca que esbozaba algo de tristeza y que al mismo tiempo lo decía todo.

Era el principio del final. Un final que ya tenía su fecha de vencimiento y no era lejana. Un principio que se había hecho esperar, pero que ninguno de los dos había imaginado. Aprovechó el último trago de cerveza para llevar algo de tranquilidad a su cuerpo. Pero no bastó. Era sabido, por ambos, que esa primera conexión les iba a costar muy caro.

Quería preguntarle si ella había sentido lo mismo. Quería saber si no había sido una simple invención de su intensa imaginación. Quería intentar entender porqué había pasado. Quería encontrar respuestas rápidas y salidas fáciles; pero de nuevo: fueron 512 días trabajando al lado de ella. Los suficientes para mirarla con cariño, odiarla con razones, para conocer sus mañas y sus locuras, sus antojos y sus enojos. Los suficientes, para enamorarse… 


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