El jueves pasado, mientras desayunaba y charlaba de temas corrientes con mis dos compañeros de laburo, surgió una noticia que me dejó bastante angustiado.

“¿Viste lo de la cordobesa? ”

“No, ni idea” contesté.

“Mirá” dijo mientras acercaba la pantalla de su moderno teléfono a mi cara hinchada.

Primero vino la foto. Los viralizadores de historias son tan prolijos como morbosos y se toman el trabajo de ordenar bien su presentación. En esta se veía una familia feliz, nada atractivo.

Luego, siguió el video, que muchas veces viene anticipado por la cara de Bonadeo y una rima boluda, pero este no era el caso. Se ve que era un tema sensible.  En el se podía ver a una mujer adulta de alrededor de cuarenta año cogiendo con un joven que debería tener unos veinte. Un poco más interesante pero nada que se destaque.

Después, un par de audios donde la mujer, completamente desesperada, le pedía ayuda al joven. Resulta que eran yerno y suegra y, cuando la grabación terminó de viajar rápidamente a todos los celulares de su entorno, la vida de ella se transformó en un infierno. También la de él, pero lógicamente en nuestra cultura misógina  la madre de familia pagaría el precio más caro. Creo que no es un sentimiento que alguien merezca, pero me dio mucha lástima. Finalmente, vino la foto del terror: la misma mujer tirada en el suelo con sangre en la cabeza y un arma en su mano derecha.

-¡Terrible! – me dijo mi compañero que sostenía el celular.

Tenía cara de consternado, pero parecía una amargura necesaria y justificada para que el circo romano siga y siga. La misma gente que se ocupa de difundir los videos después se entristece con el final de la historia que igualmente sigue compartiendo en sus grupos de WhatsApp. Es impresionante como hemos naturalizado tantas miserias juntas.

Para empezar me da asco la cobardía de la chusma que juzga la vida de otra gente que está muy lejos de conocer y que además vive a cientos de kilómetros de su casa. Esa actitud botona que aunque la tengan completamente incorporada jamás reconocerían dentro de su círculo de amigos o familiares.

Segundo, el efecto del machismo que crea en nuestras mentes los personajes de lo que podría ser una película de Disney: “El héroe y la trola”. Pero esto no es responsabilidad de nadie porque está implícito como si hubiese venido a instalarse de otro planeta (más o menos en la misma época en la que vinieron los políticos) y los viralizadores lo mencionan despojándose de toda responsabilidad: “Y sí… una pobre madre en un pueblo que protagoniza un video así no puede volver a salir a la calle…”

Pero lo que menos comprendo es ese segundo en el que a uno le llega un vídeo privado de otra persona, generalmente mujer (porque los hombres por un lado se muestran menos y por otro no producen tanto morbo, ya que se los estigmatiza menos) y lo ve y siente lástima, ve el estado de exposición y vulnerabilidad en que se encuentra y sabe que cuando lo envíe va a ser uno más de esa enorme red que le está cagando la vida, y aún así decide seguir compartiéndolo. Algo similar a si estuviésemos caminando y nos topáramos con una persona molida a golpes. La vemos, nos preocupamos, nos duele, pero le pisamos la cabeza y seguimos como si nada. “Total ya está en el horno”.

La realidad es que ni siquiera estoy seguro de que esta historia sea verídica o si es un montaje de alguien que no tiene mucho que hacer; alguien que quiere reproducir un capítulo de Black Mirror en el que se evidencia el efecto de la tecnología en manos de la gente. Una mujer que todos empujamos a la muerte pero que en realidad nadie mató. Porque está claro que si no hubiese WhatsApp esta historia terminaba en una corriente y aburrida separación, con alguna sacada de cuero de la chusma del barrio.

En cualquiera de los casos lo veo como una oportunidad. No es la primera vez que nos enteramos de casos como este que terminan mal. Ahora que tenemos un claro ejemplo de las consecuencias que nuestra pelotudez puede generar en otros, creo que es momento de que pensemos mejor que hacer cuando nos mandan un vídeo de otra persona a la que se le ha violado la intimidad.

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