Por Nicolás Feldmann Cambours

Willian: con la sonrisa, ante todo

A pesar de estar rodeado de gente en plena peatonal Florida y avenida Córdoba, Willian parece tocar solo en su mundo de acordes sutiles y prosa carioca. Armado únicamente con su guitarra y un pequeño amplificador, hace frente a la indiferencia del caminante apurado, acostumbrado a ver al artista callejero como parte de la fauna de Buenos Aires.

“A la gente le gusta mi música” asegura al darse cuenta que el billete más grande en el sombrero no supera los cinco pesos. “Además que la música de mi país es muy rica armónicamente hablando”.

Willian nació hace 27 años en una casa sin patio de Caxias do Sul, a unos 100 kilómetros de Porto Alegre, aunque tranquilamente podrían ser más. Todos los días, haga calor o frío, usa el mismo jean negro gastado y una polera negra haciendo juego. Según él, es para que la gente se fije más en su música que en su apariencia.  “Acá en Argentina piensan que los brasileros andan vestidos de carnaval todo el año” bromea en un español sorpresivamente claro.

“¿Hace cuánto que estás acá en Buenos Aires?”
“Desde el 15 de diciembre” dice tratando de hacer memoria. “Estoy de vacaciones aquí pero tengo el sueño de ir a Europa. Me gustaría conocer Francia”.
“¿Francia? ¿Es por alguna razón en especial?”
“Cuando llegué conocí a una francesa en el hostel que me invitó a acompañarla a París. Ella se fue y yo me quedé aquí. Algún día la iré a buscar” se promete como si yo fuera capaz de juzgarlo.

En ese momento una señora interrumpe la nostalgia dejando un billete de $10 bastante gastado y Willian vuelve a tocar otra vez para su público.

Obrigado senhora. Que deus la bendiga” le agradece en su mejor portuñol. Parece que tiene bien en claro que a la gente le gusta más escucharlo en su acento natal, que en su versión aporteñada.

Como todo brasileño, Willian lleva la bossa nova en la sangre como la sonrisa radiante del que no le cuesta encontrar razones para sonreír si la música lo acompaña. Será su facilidad para abstraerse del caos del mundo, o que sus melodías generan alguna especie de burbuja de paz artificial a su alrededor que ni hablar de la muerte de Marielle Franco lo perturba. Su optimismo es tal, que dice orgulloso que no planea volver a Brasil hasta que no se vaya Temer, y lo reafirma con otra carcajada para demostrar que no me está haciendo un chiste.

En ese momento veo que en ningún momento dejó de tocar su instrumento, ni siquiera para responder mis preguntas, como si tuviera la necesidad de musicalizar la conversación. Se me ocurre preguntarle si alguna vez estudió música, pero se me adelanta para aclarar que le enseñó su hermana antes que falleciera. Y por primera vez me doy cuenta de que él ya no tiene ganas de hablar ni yo de preguntar. Mientras, él sigue tocando.

“No te molesto más entonces. Suerte en tu viaje a Francia”.
“Muchas gracias amigo” se despide durante el estribillo de “Acuarela”, uno de los hits de Toquinho que nunca faltan en el repertorio guitarrero brasileño . “Ya nos veremos otra vez”.

Camino unos pocos metros y escucho que Willian me grita risueño desde lejos: “Suerte para ustedes en Rusia, que este año con Neymar ganamos de nuevo”.

Era imposible que durante la conversación entre un argentino y un brasileño la rivalidad futbolera brillara por su ausencia.

 

Enzo: siempre en movimiento

“Viene para acá, lanzo el otro, el tercero cae en la izquierda, y por lo general siempre la gente aplaude ahora, no sé por qué…” relata Enzo cual relator de fútbol haciendo lugar a los aplausos que no tardan en llegar. Acto seguido recorre los asientos del subte para recolectar cualquier aporte antes de que las puertas de la línea B se cierren definitivamente.

“No hubo suerte esta vez” dice agitado después de la corrida, pero con las manos vacías.

Enzo es malabarista. Aunque él prefiere llamarse a sí mismo “artista circense” como para englobar toda disciplina artística relacionada con el alto rendimiento físico: malabares, acrobacia, actuación, danza, incluso el canto. “El arte del movimiento” lo clasifica Enzo para diferenciarse de lo que él llama “el artista pasivo”, que solamente pinta o toca un instrumento.

“¿Por qué tenés la necesidad de diferenciarte del que prefiere hacer arte desde un lugar menos exigente físicamente?”
“Yo no me diferencio. Yo prefiero expresarme desde la actividad física en vez de quedarme sentado esperando a que la inspiración me ilumine. Si quisiera tocar música o pintar un cuadro me quedaría en mi casa. Además que la gente acá no te escucha directamente. Es más fácil sorprenderla desde lo visual”.
“¿Pero no creés que se puede sorprender al público con una buena canción o con un buen dibujo?”
“Creo que la gente tiene que aprender a sorprenderse. El porteño en general no le da mucha pelota al boludo que viene a interrumpir su viaje” reflexiona guardando las pelotitas en su mochila gastada, llena de pines de bandas de rock. “Ser artista callejero significa muchas veces actuar desde la arrogancia. Generar una armadura que te permita sobreponerte a la indiferencia. El show siempre debe continuar”.

Enzo llegó a Buenos Aires, desde Paraná, a fines del 2015 para estudiar la carrera de Artes Circenses en la Universidad de Tres de Febrero. La carrera tenía una gran cantidad de contenido práctico en malabares y acrobacia, pero también tenía varias materias teóricas como Historia del arte o Problemática del Mundo Contemporáneo. Y particularmente esas horas de lectura obligatoria son las que hicieron que dejara la carrera después del primer año. “Me acuerdo que en esa época mis viejos me mandaban la plata para que fuera a cursar desde Pompeya, donde vivía con mi primo. Iba solamente a las prácticas y faltaba a todas las teóricas. Así me quedé libre” recuerda como si fuera parte de un cuento que contó ya muchas veces.

“¿Nunca se te dio por volver a estudiar?”
“No, para mí eso ya fue. Con esto me alcanza”.
“Entonces te alcanza para vivir haciendo esto…”
“¿Haciendo malabares? No, para nada” se ríe incrédulo. “Soy vendedor de ropa en un shopping. Esto lo hago por gusto nomás”.

Me saluda con la mano y se va corriendo al subte que está por salir desde la estación Leandro N. Alem. A través de las puertas se escucha a medias la presentación con la que siempre comienza su acto: “Hola, mi nombre Enzo, y vengo a presentarles mi número de malabares. Para el que quiera colaborar con lo que hago, voy a pasar la gorra después de…” La introducción queda inconclusa mientras el tren acelera y se pierde en la oscuridad del túnel.

 

Maru: el dibujo anónimo

A Maru le gusta por sobre todas las cosas pintar rostros. Muchas veces sus amigos le piden que dibuje paisajes, personajes de animé, o hasta escudos de fútbol con su lápiz, pero si fuera por ella se la pasaría retratando a la gente que pasa por la plaza Lavalle, frente al Palacio de Tribunales. Maru se sienta todos los jueves al mediodía en el banco que se encuentra frente al ombú para reproducir en el papel lo que ve. No pide ninguna colaboración a cambio. A su alrededor no hay nada que exponga su trabajo. Maru pinta para ella, no para los demás.

“¿Por qué venís a esta plaza y no a otras?”
“Porque es la que me queda más cerca del subte para ir a la facultad” confiesa con una sonrisa tímida. “No sé, hay otras plazas más lindas que esta. Quizás es porque la gente que pasa por acá viene pensando en otras cosas como el trabajo y ni se da cuenta que hay alguien que los está dibujando. Es más fácil dibujar si no te ven”.
“¿Te considerás una artista callejera?”
“Creo que cualquiera que haga algo artístico es un artista. Sólo tiene que sentir lo que hace. A veces se piensa que para ser artista callejero se tiene que pedir una limosna a cualquiera, como una forma de justificar lo que a uno le gusta hacer. Yo prefiero dibujar para regalar, no para vender”.

Maru es casi una paciente de un arte terapéutico, y sus dibujos son el cable a tierra que tantos otros, víctimas de la tiranía farmacéutica, traducirían en un Rivotril. Sin embargo, mientras habla es inevitable ver que su mano hace bocetos de memoria casi sin mirar el papel. De vez en cuando hace tres líneas e inmediatamente borronea el grafito sobrante de una con el pulgar. Al final su expresión indica que no le termina de convencer lo que está dibujando.

De golpe se levanta del asiento como si se hubiera olvidado de algo muy importante.

“Bueno, me tengo que ir. Muy linda charla” se despide apurada y me da una hoja de su cuaderno. “Tomá, te lo regalo”.

La veo irse y me encuentro con que me estuvo dibujando durante todo este tiempo. Ni siquiera me dio la oportunidad de darle las gracias la muy vergonzosa. Claramente tendré que volver algún día para pedirle que me dibuje otra vez.

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