Hay varias cosas que desearía agradecerle a Mr. Netflix si tuviera la oportunidad de cruzármelo algún día por la calle. Una de esas sería la de haberme topado con algunas series que por razones que desconozco nunca le hubiese dado play si no fuese porque me sorprendieron casi de imprevisto en su enorme catálogo. La mayoría llegó una de esas noches en las que mis ojos se pusieron rojos y picantes, y donde mi mejor amigo era un sandwich frío de milanesa que servía de bajón.

Llegaron con otro acento al que suelo estar acostumbrado. Uno más cerrado y rápido. Un humor distinto, con mucha complicidad y con situaciones que tenían tanto de normal como de absurdas.

 

The Inetweeners

Fue entre repetidos idas y vueltas sin saber que elegir que una noche me topé con la cara de cuatro ingleses ridículos de camisa y corbata que parecían sacados de una sitcom barata de los ‘90. Se llamaban The Inbetweeners, y había muy poco en ellos que pudiera tentarme en una situación normal, pero teniendo en cuenta mi necesidad por reír y terminar el sándwich de milanesa con algún entretenimiento le di play. Se presentaron como Will, Simon, Neil y Jay; eran más bien millenials fracasados, pero en pocos minutos se transformaron en mis amigos de carcajadas.

La trama era por demás básica, pero había algo en ese humor tonto -que tengo que aceptar que muchas veces me atrapa- que hizo que me comiera sus tres temporadas en cuestión de días. Will era el chico nuevo de un colegio inglés público donde no había lugar para nerds ni millonarios. Él era ambas. Y así le fue…

Encima el pobre Will se hizo amigo de quizás los pibes más “loosers” que uno podría encontrar en un colegio: inentendidos, desubicados, de los que no se levantan ni a la mañana -pero creen que sí- y que siempre se meten en quilombos y los agarra el director. Pero lo mejor -o peor según por dónde se lo mire- era lo que esos cuatro personajes generaban en mí cada vez que miraba un capítulo de The Inbetweeners. Nunca me había pasado, pero en vez de sentir empatía todo se reducía a un puñado de sentimientos que no pensé que una serie alguna vez me iba a generar. Bronca, vergüenza ajena, malhumor y hasta pena se mezclaban entre las risas que me disparaban por ver a esos cuatro en situaciones ridículas.

Tuvieron tres temporadas y hasta dos películas, y puedo asegurar que cada segundo que pasé mirándolos estos sentimientos más bien “raros” se afloraron y multiplicaron. Aún así, no pude dejar de verlos y hoy extraño las noches que volvía a mi casa del trabajo y pasaba horas queriendo matar a Will, Simon, Neil y Jay.

 

 

Lovesick

Lo primero que hice cuando le dí play al primer capítulo de la serie fue buscar el significado de “clamidia”. Según las distintas páginas que encontré se trata de una “infección de transmisión sexual común que puede ser asintomática”. Y, en pocas palabras, es una enfermedad que se contagia cuando uno tiene sexo y que afecta mayormente a las mujeres. Bueno, de eso se trata Lovesick…

Dylan se entera que tiene clamidia y en el hospital le sugieren que le avise a todas las mujeres con las que tuvo sexo en los últimos años. La lista es un poco larga, pero eso es lo que hace de la serie algo más que interesante: cada capítulo es una chica nueva a la que le tiene que contar de su enfermedad contagiosa, y así vamos conociendo no solo el historial amoroso de este simpático rubio sino también sus andanzas con Luke, Angus y Evie; su inseparable grupo de amigos que lo acompaña en cada una de sus “aventuras”.

Mientras vamos conociendo a las diferentes conquistas de Dylan, también nos encontramos con un trasfondo de amor encarnado en Abigail y sus constantes idas y vueltas con Evie. Pero además nos metemos de lleno en la vida personal de Luke y Angus, dos personas completamente opuestas que te sacan más que risas y que hacen de complemento perfecto para el rubio idealista y enamoradizo.

Así como la clamidia se contagia de persona en persona, Lovesick hizo lo mismo conmigo y mis amigos. Los capítulos de 20 minutos se transformaron en un vicio y en pocas semanas me vi las dos primeras temporadas. Lo mismo hizo cada uno a los que se las recomendé. Y la suerte nos golpeó de lleno este principio de año cuando Netflix decidió producir su tercera temporada.

 

 

Please Like Me

El protagonista es otro de esos personajes que en lo personal me generan algo de bronca. No sabría porqué ni cómo explicarlo, pero desde el primer capítulo todo lo que rodea a Josh me provoca una sensación inusual e incómoda; como si quisiera meterme en la pantalla y poder darle una recomendación -y en algunos casos una piña o un insulto. Todo eso pasa mientras me doy cuenta que quizás lo que sucede dentro de Please Like Me, una comedia australiana escrita y protagonizada por Josh Thomas, es seguramente lo mismo que podría pasarnos a cualquier de nosotros en la vida real. Un mundo de inseguridades, malas decisiones, corazones rotos y peleas que no hacen más que parecerse a nuestro día a día. Lo que termina siendo, a fin de cuentas, un factor fundamental para ver en Netflix sus primeras temporadas en tardes de resaca o noches de bajón después de alguna salida que no era la esperada o que terminó antes de lo pensado.

 

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