Hombre de pocas, y extrañas palabras.

Temporalmente, estoy viviendo en Zaragoza. Y para ganarme la vida, trabajo en una empresa de investigación de mercado. ¿Suena importante? Quizás. Pero la realidad, es que soy ese que te agarra en la calle o te toca el timbre para preguntarte por una marca de shampoo o un partido político. Encuestador, en fin.

Hace algunos días me ofrecieron, u obligaron solapadamente, a irme cuatro días a Teruel con dos compañeros. Dos pibes españoles que no conocía.  Teníamos que preguntarle a todo el que saliera del supermercado Alcampo acerca de su reapertura. Si bien no parecía una oferta tentadora, un poco me entusiasmaba el hecho de viajar a un lugar desconocido con gente nueva y de otro país. Así que preparé el mate, para mostrar mis credenciales, y a las ocho de la mañana encaramos las rutas aragonesas.

Le cedí el asiento delantero a Carlos, excusando que seguramente él conocía mejor el camino, y me fui para atrás, tranquilo, a mirar por la ventana sin la obligación de sacar conversación.  Apenas me subí al auto, un olor ácido y denso me cubrió. Una ola espesa de transpiración.

Manejaba David, un chico de Huesca, una ciudad o pueblo cercano a Zaragoza. Parecía bastante callado y formal. De esos que las madres quieren como yernos o amigos de sus hijos. Parecía. Le convidé un mate y lo aceptó. Esto le debe haber dado confianza para hablar.

“En Argentina es muy común que las mujeres tengan hijos con hombres que no son sus maridos ¿no?”

“¿Cómo?”

Creía haberlo escuchado bien, pero como me sorprendió tanto su pregunta, hice que la repitiera. Definitivamente me estaba preguntando, o buscando afirmar, que en mi país, así como existe el tango, el dulce de leche y el Diego, también existen un montón de hijos bastardos que las mujeres tuvieron en su vida como tuvieron su fiesta de quince o su primer beso. ¿El olor a chivo es algo típico de los españoles también? Me hubiera encantado preguntarle si no fuera porque la represión es típica de los neuróticos.

La conversación no pasó de eso. La conversación en realidad no fue conversación. David no era de esos que conversaba. Soltaba preguntas o comentarios pasado cierto tiempo, y después se callaba. A veces se reía. No sé si a las intervenciones las tenía cronometradas, pero ahora que lo pienso, era probable.

Media hora después:

“Conocí a un argentino en la facultad. Me regaló un disco de Bersuit”.

“Bersuit, mirá vos. ¿y te gustó?”

Silencio. Risita.

“¿Qué te pareció? ¿Te gustó?”

“No mucho. También conozco al de La Guardia Hereje. Por la canción de Maradona”.

Una caja de sorpresas este tipo. Le dije que en Argentina pocos lo conocen. Además le agregué que una vez fui a verlo a un bar del Microcentro y que no éramos más de veinte personas en todo el lugar. Llegué casi al tope de mi simpatía. Le pregunté como lo había conocido.  Realmente me daba curiosidad. Por un momento vi un futuro amigo en David, alguien con quien compartir música, mates y quizás unas cervezas. Pero la conversación se había terminado. Iba a tener que esperar para saberlo. Y yo que me había entusiasmado.

Después de una hora de viaje, decidieron frenar a tomar un café en Calamocha, un pueblo que vive del jamón crudo en el que yo curiosamente había estado una semana atrás gracias a este laburo. Era la segunda vez que meaba en ese baño tan ajeno al resto de mi vida. Me parecía tan extraño como David, que en ese mismo café me contó que era sociólogo y se calló.

Llegamos a eso de las diez a Teruel y fuimos directo al supermercado a trabajar. Ahí nos dejó David y se fue  al hostel a dejar los bolsos. Le agradecimos con Carlos y encaramos el día.

Diez horas después, por fin, terminamos las encuestas pautadas. Era más duro de lo que me había imaginado y todavía faltaban tres días. Pero no importaba, ahora era el momento de disfrutar aunque sea de algo rico para morfar y de un par de cañas. Además, jugaba el Real Madrid por la Champions y era un buen plan, ahí y en donde fuera.

David había dejado el auto en el hostel. No pasa nada, pensé. Caminamos un poco, de paso conozco la ciudad. Cuarenta minutos después, todavía estábamos discutiendo si había que doblar a la derecha o a la izquierda. Yo, con el Google Maps. David, con un mapa de papel que miraba entrecerrando los ojos. Carlos, mirando su teléfono para ver cómo iba el partido, que de a poco se consumía el primer tiempo. Tengo que admitir que por lo menos vi un poco de la ciudad mientras atardecía en las montañas del fondo. Fue lindo. Y todo gracias a David, que nos había hecho ir por el camino más largo.

Teníamos una habitación para los tres. Apenas llegamos, el tipo del hostel nos ofreció cambiarnos a una doble y otra individual, casi por el mismo precio. Era la posibilidad de librarme del olor a chivo. Pero no. Ganó España. Esta vez, dos a uno.

Descansamos un toque y salimos a buscar algún lugar abierto para morfar un bocadillo de jamón. En el camino, volví a preguntarle.

“Che, David. Así que La Guardia Hereje”.

Risita, débil.

“¿Cómo lo conociste?”

Silencio. Yo no pensaba flaquear.

“Me parece raro. Yo lo conozco de casualidad, por un amigo. ¿Vos? o ¿Tú?”

“Mira, si te digo no lo vas a creer”.

Silencio, esta vez mío. Y de Carlos, que seguía mirando en su teléfono las noticias de como su equipo ganaba en Alemania.

“A mí me gusta mucho el zoodíaco”.

“…”

“Entonces me fijo los artistas que nacieron cercano a mi fecha y los escucho para ver si me identifico con ellos”.

Lo miré a Carlos. Caminaba al ritmo de la noche de Teruel. Lo miré a David. Sus movimientos eran diferentes, como si tuviera una abeja que lo molestaba.

“¿Y? ¿te identificás?”

Risita.

“No mucho”.

Silencio grupal. Seguimos caminando, cada uno a su ritmo, buscando saciar con comida y alcohol algo que parecía difícil de llenar. Y todavía faltaban tres días.

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