Sebas empezó diciendo que por más buen par de tetas que tuviera, ella era una turra por que no se bañaba. Que lo habían hecho abajo de la tribuna de la cancha grande y que después no se hablaron en toda la fiesta para que Barbie no sospechara nada. No me lo estaba contando a mi, hablaba con Velázquez y Morelli. Yo estaba sentado en el banco de al lado haciéndome el dormido pero escuchando todo.

Él decía que estuvo cinco días sin poder parar de rascarse y que le habían salido granos desde el ombligo hasta la ingle. Que al principio no le dio pelota pero que se asustó cuando empezó a ver que tenía marquitas blancas en la piel y puntos rojos en el calzoncillo. Contó que su viejo lo llevó al médico y que ahí le dijeron que eran ladillas. Velázquez preguntó con su voz de gorki que eran las ladillas, Morelli se rio haciéndose el que sabía pero que no tenía ganas de explicarlo. Sebas les dijo que eran piojos en los huevos, que si tenías ladillas era porque cojias y que estaba seguro que la que se las había contagiado había sido la turra.

Yo no les podía ver la cara a ninguno de los tres porque para simular mi sueño me había tapado los ojos con el brazo, pero estaba seguro que mientras Sebas explicaba esto lo hacía sin hacer ningún gesto, demostrando así que no le importaba lo que le había pasado y que estaba dispuesto a seguir teniendo ladillas.

Le cuento esto padre, no para contar los pecados de otro. Se lo cuento para poder contar los míos. Porque yo no peco de acto, tampoco peco de palabra, ni de omisión. Mi problema es todavía más grande, peco con lo que no puedo controlar. Yo peco de pensamiento.

Cuando la maestra volvió al aula, yo ya no podía prestarle atención.  Miré toda la clase al pizarrón, pero no podría decirle nada de lo que la maestra había escrito. Estuve las dos horas pensando en que me hubiese encantado haber nacido ladilla.

Ahora le hablo en pasado por que intento no pensarlo más, pero le juro que me cuesta.

Esa tarde cuando volví a mi casa, aproveché que solo estaba la mucama y que mis papás volvían tarde para jugar a ser  una ladilla. Apagué las luces del cuarto, bajé la persiana y me envolví en las sábanas de mi cama. Me podría haber quedado días ahí adentro pero Sonia entró a mi cuarto sin golpear. Me retó y me dijo que estaba loco. Yo le dije que me dolía la cabeza y le pedí que me volviera a hacer la cama antes de que llegaran mis papás.

Sé que está mal, pero no puedo evitar pensarlo y lo que es más terrible, no puedo evitar disfrutarlo. Lo que más me angustia es que estos pensamientos me dan placer.

Al otro día cuando fuimos al recreo vi que Sebas bajó al patio y fue directo al kiosco. Me paré al lado de él y me empecé a rascar. Pidió un alfajor, se dio vuelta y se fue.

Cuando volvimos a la clase entré tarde, Sebas ya estaba sentado en su banco. Le pasé por al lado y me volví a rascar. Puse cara de dolor y me quejé haciendo ruidos con la boca.

Al mediodía, lo vi a Sebas sentado solo en uno de los bancos que dan a la cancha de fútbol, jugaba 3ro A contra 3ro B. Fui al kiosco, me compré un alfajor y me senté al lado de él. Le ofrecí un poco y me dijo que no. Nos quedamos un rato hablando del partido. Me hice el que me volvía a rascar y le dije que hacía días que no paraba de picarme. Me contó que a él le había pasado lo mismo pero no me explicó lo de las ladillas. Me dijo que el médico le dio un shampoo, que todavía lo estaba usando pero que la picazón ya casi le había parado.

Le cuento todo esto porque necesito que la picazón a mi también me pare. Pensé que como no existen shampoos para los pensamientos, usted me puede dar agua bendita o me puede obligar a rezar algún rosario y esto me puede eliminar las ideas malas. Capaz que como con las ladillas el efecto sea lento, pero si usted me obliga a hacer algo en forma seguida los pensamientos por fin van a desaparecer y voy a poder dejar de ser una ladilla para seguir siendo un hombre.

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