“Le compré el álbum de fichus a Pepe ayer. No sabés como te extraño, todavía tengo guardado el del último Mundial para que los tenga de recuerdo cuando sea grande. Pero me falta un compañero para cambiarlas…”. Ese mensaje, que Pablo me escribió ayer sin mucho preámbulo, desató una catarata de sentimientos inimaginables seguidos de una cuenta regresiva que hasta hace minutos parecía no existir en mi cabeza -pero que sin dudas había empezado, y sin aviso previo, cuatro años atrás en Brasil.


Sí, faltan 15 días para que mi cabeza no deje de pensar en jugadores que hoy por hoy no se ni que existen, en estadísticas matemáticas que no puedo calcular ni controlar y en esa añoranza de por fin, después de 28 años, ver a Argentina campeona del mundo. ¿Fantasía? Quizás…


Muchas veces me hago la misma pregunta: ¿por qué mierda tenemos que esperar cuatro años para poder sentir esa sensación única, especial e incontrolable de ver un Mundial? Inmediatamente mi “yo interior” me golpea fuerte en la mejilla y me hace dar cuenta de que quizás si esos 1456 días no estuvieran en el medio los sentimientos hoy serían otros. Sí, ese gusto dulce que le encontramos al fracaso una vez que le decimos adiós al Mundial tienen un no sé qué que me cuesta explicarlo. Un sabor distinto al de quedar afuera de una Libertadores en seminfinales, o el de bochar un final que creíamos tener cocinado. Muy distinto al de enterarte que esa chica que te gusta no te da bola o terminar una relación que parecía para siempre.

 

Son 1456 días repletos de historias, sensaciones, corazones rotos y objetivos que se disipan y se vuelven la nada misma una vez que se hace ese primer pase. El del honor, el del primer grito, el de los nervios en punta y los pelos erizados. El que tiene toda la presión de no saber cuál va a ser el resultado final; pero que esconde la magia de darle inicio a una ilusión de millones. La mía, la tuya, el de tu vecino, el del profesor que te bochó y el de esa chica de ojos verdes que todavía apuñala tu corazón.


Me rasco la cabeza con los ojos cerrados mientras pienso que cada vez falta menos para eso. ¿Cómo se dirá “andate a la concha de tu hermana” en ruso? No importa, acá la puteadas no te ganan un partido ni te hacen el más campeón. Acá los minutos pesan más que nunca y el centro al área tiene que terminar en gol. ¿Y si no pasa eso? ¿Si otra vez nos volvemos con la manos vacías? ¿Qué le va a decir mi amigo a Pepe cuando completen el álbum pero sin levantar la Copa?

 

Estamos a días de otro “fracaso delicioso” que se da cada cuatro años. Otro que esperamos 1456 días; igual que una carrera frustrada o un noviazgo largo que no llega a buen puerto. No sé que pasará esta vez, si La Pulga nos dejará un buen recuerdo, si nos incendiaremos en puteadas o si algún que otro mar de lágrimas llenará la 9 de Julio. Pero una vez más, no nos queda otra que prender la tele, elegir un relator que sirva de cábala y empalagarnos con 90 minutos de fútbol.


Y sino, a esperar otros 1456 días. Todavía quedan más Libertadores por perder, finales que bochar y corazones que romper…

Comentarios

Comentarios