Anthony Bourdain, o el tipo que viaja por el mundo comiendo, emborrachándose y cagándose en todos.

A los ojos del espectador porno-gastronómico, cómplice del hedonismo, el chef de 61 años parecía ser una de las personas más exitosas y geniales del universo: viajar, comer, salir, beber, dormir, comer, beber, salir y siempre diciendo lo que piensa. Como si el empleo de este señor hubiese sido sacado de una lista de sueños imposibles para el noventa y nueve por ciento del mundo.

No debía quedar bien con nadie, no tenía que ser una “guía” de lugares fantásticos y carísimos para comer. No se trataba de un refinado cocinero alejado de la realidad del hombre hambriento normal, testeando productos inaccesibles, hablando sobre avances científicos, mintiéndonos. No, se trataba de un cocinero, con sus ángeles y sus demonios, que le hablaba al consumidor promedio de TV, a lo que él creía una persona normal.

Sabemos que en estos días se lanzarán a la web montones de teorías de lo que sucedió con Bourdain: debía meses de impuestos irrecuperables, estaba deprimido como todos los famosos que tienen una vida exigente, nunca se recuperó de la heroína, las drogas lo habían vuelto paranoico, y quién sabe cuántas otras suposiciones lleguemos a leer o escuchar.

Lo cierto es que el chef mas copado de la televisión se suicidó esta mañana. Eso resuena entre las mesadas de una cocina, mientras una batidora grita desesperada, una olla con ajo y morrón humedece el ambiente, el piso ya está resbaloso y todavía nadie desayunó. “Si el que se dedicaba a viajar, comer y tomar, se mató, ¿qué nos queda a nosotros que no podemos ahorrar ni para las vacaciones?” Es una realidad triste, entre los cocineros Anthony es una especie de amuleto, un gran ejemplo de lo que no hay que hacer pero no podés dejar de hacer. Nos incentivó a todos a meternos en una cocina y emborracharnos cuando las quemaduras más dolieran y también nos recomendó alejarnos de los fogones y las freidoras lo antes posible.

¿Pero, por qué queremos tanto a Anthony Bourdain? Porque es nuestro héroe, combatiendo la mediocridad de la comida congelada y la asquerosidad empalagosa de la comida super estilizada, reservada para muy pocos. Alguien que te dice dónde podés comer una buena hamburguesa, tomar mucha cerveza, pasear por un parque ebrio y mear en la calle. Alguien que prefiere conectarse y charlar con cocineros reales, que están todos los días trabajando, dejando el alma y el cuerpo en sus proyectos. Alguien que puede comenzar hablando de la morcilla y terminar contando cómo dejó de tomar heroína, con naturalidad, con franqueza, con estilo. Alguien que puede vomitar en vivo después de tomarse toda la barra del hotel, levantarse, tomar un café y seguir viaje. Alguien que cumple sus sueños y se va por el mundo. Eso pudo Anthony. Por eso lo recordamos con un puño en el pecho y prometemos tomar un shot de alcohol y fumar un cigarro en su honor (y nunca más pisar un Mc Donalds)

Para el que no lo conoció, me lleno de envidia al pensar en volver a ver cualquiera de sus ocho temporadas de “No reservations”. Para los que se acuerdan del cocinero que se emborrachaba y criticaba a todo el mundo, quédense con esa imagen. Para los que tratamos de ver todo lo que hizo en televisión o escribió, para los que quisimos ser Anthony muchísimas veces, y para los cocineros que padecen o padecemos muchas veces las excentricidades y maldiciones de esta maravillosa, ruda y asquerosa profesión: salud a todos ustedes, a nunca callarse, a nunca parar, a salir del barrio de casa para sentirse vivo y a cocinar con el corazón y el bolsillo.

 

Por Magma Vazquez, cocinero y escritor.

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