Quiero un amor como el de Instagram.

Yo con una bikini de crochet color beige, vos con jeans y sin remera, en la playa, enredados, flotando en el aire. Yo canto y vos tocás la guitarra, o al revés. Yo vuelo y vos me mirás, mientras sacás fotos con una cámara vintage, o al revés.

Las miradas siempre de amor absoluto, impoluto, fresco. Siempre una alfombra hermosa y alguna mascota impecable que nos acompaña sin molestarnos. Nos adorna a nosotros perfectos, tocados por el rayo de sol en el lugar indicado. Nos completa: la alfombra, el labrador cachorro, el rayo de luz natural.

Yo soy rubia y vos estás bronceado. Yo soy morocha y vos estás todo marcado. Nuestro amor de Instagram nos encuentra en Tailandia, en Hamburgo, en Copacabana. Tarjetas de crédito a prueba de balas. Somos una pareja que viaja en una furgoneta que remodelamos con nuestras propias manos. La decoramos en tonos pastel y colgamos un mapa del mundo. Nunca hay platos sucios ni rastros de rutina en nuestra Van de viaje.

Yo escribo en algún tren europeo de larga distancia. Vos usás un beanie que te queda ideal y asoma tu pelo un poco enrulado pero no mucho. Tenemos bitácoras de viaje que son hermosas. Vamos vestidos con ropa que siempre pega con el paisaje. Nos abrazamos hasta que nuestras narices quedan pegadas. Nos miramos y sonreímos todo el tiempo, en todos lados del mundo, creando arte, flotando con nuestras mascotas y el rayo omnipresente. Todo nos acompaña y fluye a nuestro alrededor. No hay burocracia ni selfie stick a la vista en nuestra existencia fotográfica.

Quiero un amor como el de Instagram. Vos intelectual hipster, yo con un jardinero de Jean y dos trenzas. A los dos nos gusta el café y lo tomamos con leche que se hizo espuma para formar alguna figura sofisticada. Nuestras tazas combinan. La cafetería siempre es hermosa. Nosotros leemos el diario en mil idiomas mientras nos miramos de la única manera que sabemos, incluso temprano a la mañana: con amor de ese que hace cosquillas, con fascinación que no flaquea, en constante éxtasis aventurero. Y aunque nuestras caras son siempre las mismas – en las 2.900 fotos que compartimos con extraños- no dejamos de sorprendernos.

¿Por qué nuestro amor no es como el de Instagram? Los dos tatuados por todo el cuerpo. Estamos recostados sobre una roca a la orilla del mar, yo tengo mi cabeza sobre tu pecho, vos usas una musculosa blanca que no se mancha nunca y una gorra que jamás lavás. Estamos ahí tirados, gozando nuestro amor de Instagram, sin sentir el frío o la piedra dura sobre las vértebras, ignorando que la sangre se nos va de a poco a la cabeza. El musgo húmedo resbala, pero la sonrisa está intacta.

¿Qué onda el amor de Instagram? Vos tenés rastas y yo estoy embarazada. Vivimos en una carpa moderna y hermosa contra toda probabilidad. Nos levantamos todas las mañanas a la vera de un cañón imponente y miramos el paisaje para celebrar nuestra unión con la naturaleza. Nuestro labrador de facciones simétricas nos acompaña. Las mariposas de alas enormes nos rodean. Alguien que no es nosotros nos saca una foto ideal apenas nos despertamos.

Exijo mi amor de Instagram. Hay una fogata en un claro. No hay mosquitos a pesar de que debería haber. Yo estoy subida a vos con mis piernas enganchadas a tu cintura. No te peso para nada (soy flaca, obvio). Estamos al lado del fuego, ardemos en una pasión adolescente que nos va a distraer para siempre. Jamás nos aburrimos y nuestros pies descalzos son inmunes a las astillas y los insectos.

Vos, yo; Instagram y nuestro amor sometido a un tribunal de filtros y GIFS. Yo, vos, Instagram y tu aversión a sacarte fotos inclusive en momentos importantes. Yo y me obsesión por lo irreal. Instagram y su negocio con lo irreal. Nosotros y nuestro amor analógico de mascotas insomnes y conversaciones sobre el clima; de pasajes en cuotas e intimidad sutil.

¿Qué haría yo con un amor de Instagram?

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