Por Nicolás Feldmann Cambours

En este momento tengo miles de razones para pensar en otra cosa que no sea el fútbol – más que las que tengo todos los días – y lógicamente fracaso estrepitosamente intentando hacer algo más productivo que mirar la B Metropolitana un sábado a la tarde. Pienso que podría aprovechar el mes de junio para terminar mi tesis, pero ya sabemos todos que eso no va a suceder. Podría ver las 57 películas (contadas hasta ahora) que tengo anotadas como pendientes para ver, pero eso puede esperar hasta agosto. En realidad, todas son excusas, pero me estaría mintiendo a mí mismo si no dijera que ahora lo que más me importa es ver a Messi levantando la copa, y así sentirme inexplicablemente el mejor del mundo. Al menos por un rato.

Como hincha de Ferro, tengo que asumir que hasta hoy no pude disfrutar de grandes momentos de gloria contemporánea, más que un ascenso al Nacional y el orgullo de pregonar el semillero de zagueros centrales. Mi abuelo nunca supo de Cacho Zaccardi, ni del Beto Marcico, ni del Pupi Salmerón, pero no existe nada más despectivo en el mundo futbolero qué te digan que sos “hincha de la Selección”. Y así y todo, por un mes somos todos iguales.

Desde comienzos del 2018 (casi contando los días en el calendario) es que cada vez estoy más convencido de que los años sin Mundial son años grises y penosos. Años interminables que solo se ven interrumpidos por alguna Copa América o Juego Olímpico que funciona como un despertador a la mitad del letargo. Pero por más que Del Potro o Luis Scola nos sacudan brevemente de esa agonía, es inevitable pensar la teoría de que el ser humano occidental madura cada cuatro años de a múltiplos pares. Y con Rusia en la vereda de enfrente, podemos decir que cumplimos un Mundial más.

Sin embargo, el Mundial podrá sumar nuevos equipos, nuevas reglas, podrá sumar hasta los arbitrajes electrónicos, pero nunca va a dejar de transportarme a la nostalgia. Cada cuatro años vuelvo a ser el pibe que colecciona figuritas y que añora esos tiempos en donde se compraba los Naranjú y jugaba a la pelota en los recreos, lleno de raspones en las rodillas y soñando inocentemente con llegar a jugar algún día como Aimar. Y todo ese recorrido me lleva siempre al mismo lugar.

Tal vez sea por mi crianza progre pacifista, pero de chico nunca me regalaron armas de juguete ni soldaditos. Aunque debo decir que también tenía algún que otro superhéroe y medio elenco estable de Dragon Ball, mi problema es que era demasiado cuidadoso para hacerlos volar por los aires, como cualquier niño normal con dosis naturales de sadismo infantil. De todas formas, los que más me gustaban eran los Playmobil, unos muñequitos tan multifacéticos que hasta los usaba en mis propias producciones de Tintín y Asterix, imaginándome el mejor plano para reproducir lo que veía en las historietas. Y así aprendí que, si le quitabas la peluca a un Playmobil, podías ver adentro de su cabeza y de golpe sus rostros se hacían intercambiables.

Con sus infinitas identidades, los Playmobil fueron el último juguete que recuerdo haber disfrutado, a la tardía edad de once años. Era el pleno auge del Mundial de Corea-Japón, todavía con los rezagos de la hecatombe del 2001 y el Counter-Srtike como el paco de cada día. Ese Mundial fue el primero que me vi entero y el último para los Playmobil.

Como un general que despide a su pelotón hacia su última misión (y aquí termina la metáfora bélica), los separé por colores y tamaños para convertirlos en futbolistas. Luego agarré el álbum y empecé a pintarlos según la apariencia de sus figuritas, y de ahí salieron los celestes convocados por Bielsa, los amarillos del Brasil de Scolari, los blancos germanos de Rudi Völler y los rojos ingleses – siempre últimos en mis torneos ficticios – con Beckham a la cabeza. Por último, hice una pelota con cinta adhesiva y les puse los números con un marcador. El estadio era pobre y los arcos eran mis carpetas de la escuela, pero nunca me olvidé de hacerle la barba candado a Verón.

Consumada la tragedia de primera ronda y el empate desolador frente a Suecia, los días siguientes fueron un torbellino imaginario pretendiendo que Argentina le ganaba todas las finales a Brasil con goles agónicos sobre la hora. Pero una vez terminado el Mundial, agarré a todos los Playmobil y los olvidé en el espacio-tiempo de una caja vacía de Don Satur, en la baulera de mi vieja casa.

Nunca más los volví a ver.

Las penas siempre se ahogan en la imaginación, y en los próximos años la nostalgia se mantuvo gracias a la suerte de pertenecer a una de las primeras generaciones que podía jugar al fútbol a cualquier hora. Durante el día en los recreos, a la tarde en las plazas, y de noche nos alcanzaba con prender la Sega o la Play para despuntar el vicio de la fantasía futbolera. Primero en el International Superstar Soccer, donde Capitale nunca erraba un cabezazo ni Redonda (la versión falopa de Maradona) un pase-gol, y luego con el Winning Eleven de Baquistata y Verron en sus respectivas pronunciaciones en japonés. Hasta en el PC Futbol podía hacer que Ferro nunca se vaya a la quiebra y que le gane 2-1 al Bayern la Copa Intercontinental con goles de Comba y Chaparro.

Cualquier videojuego servía para escapar de la triste realidad resultadista y romper virtualmente la maldición de los cuartos de final. Pero la ilusión que creaban era indirectamente proporcional a la vida útil de los controles, adeptos a romperse cuando venían mis amigos a jugar a casa.

Aunque cueste creerlo – ahora que el FIFA es religión en todos los asados – hubo un tiempo en el que no existían los futbolistas de consola. Lo más parecido para nosotros eran las piruetas de Oliver Atom con pelota al pie, o las acrobacias de Benji Price al parar pelotazos con forma de huevo sin que se le cayera la gorra. Antes de Messi, CR7 o Neymar, antes incluso que Ronaldinho, el fútbol fantasía radicaba en las tardes enteras que usábamos para intentar emular chilenas a cinco metros del piso, tijeretazos voladores al ángulo, o voleas imparables al mejor estilo Steve Hyūga. Que ahora las estrellas de carne y hueso rompan récords todos los días, nunca va a opacar al tiro doble de los hermanos Korioto, que me contaron que le salió una vez al primo de mi vecino en el polideportivo de la plaza Martín Fierro.

Y al final, dentro de la maraña de recuerdos que me trae cada Mundial, es que me doy cuenta que los verdaderos héroes de mi infancia no fueron los jugadores que tanto admiraba, sino las decenas de pelotas que sucumbieron entre el patio de mi escuela y la vereda de mi casa.

Las pelotas truchas que vi explotar en vísceras de cuerina luego de certeros zapatazos en sus cámaras descubiertas, todavía son recuerdos traumáticos que llevo conmigo. No hay nada peor que volver del recreo con los restos desmembrados de ese fiel compañero que hasta hace poco, rodaba ingrávido por las baldosas del Normal Mariano Acosta. Pero también recuerdo esa pelota YPF que murió de soledad en una terraza abandonada, tras haber sobrevivido a que un auto le pasara por arriba el día anterior. O sino la Penalty que me trajo un amigo de Brasil, la que una vez se fue abajo de un Renault 18 y que nunca volví a encontrar, porque cuando fui a buscarla ya había desaparecido por arte de magia.

Empieza otro Mundial, y este recorrido lo hago casi siempre que me pregunto por qué me apasiona tanto el fútbol. Por fuera de los negociados y los trasfondos políticos, si la única manera que existe de sanar esa primera herida en Japón es el optimismo ciego, solo me queda confiar otra vez, como cada cuatro años. Y así, espero algún día volver a ver la pelota como cuando la descubrí a los once.

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