Querido “maldito” Mundial:

Te espere ansioso. Cuatro años de comerme las uñas mirando partidos intrascendentes, de Copas Américas y eliminatorias, con los huevos en la garganta. Sí, te hiciste desear más que nunca.

Tengo que confesarte que esta vez me agarraste en una etapa donde el fútbol me importa poco y nada. Salvo por mí equipo, no sigo ninguna liga ni sé quién es el 9 del Real o el 5 del Manchester. No lleno álbumes ni compro camisetas en el once. Creo que llevo más de un año sin tocar una pelota… Pero con junio cerca en el calendario ese virus redondo lleno de offsides, córners y amarillas me vuelve a picar. No sé porqué, algo tenés que haces que mis defensas bajen y se me contagie por todo el cuerpo. Qué haces que me den ganas de ponerme la 10 y salir a patear tiros libres.

Me acuerdo cuando nos vimos en el 2002 y ese tiro libre de Svensson hizo que te puteara en 30 mil idiomas. Incluidos el japonés y el coreano. Perdón, era pibe y no conocía lo que era que te rompieran el corazón. Fue mí primera vez.

Tuve revancha en Alemania. Jugaba mí ídolo, tenía con qué ilusionarme. Pero bueno, una vez más preferiste irte de la mano de otro. Me dejaste a mitad de camino, con lágrimas en los ojos que ni siquiera el payaso más alegre del mundo podía borrar.

¿De Sudáfrica qué te puedo decir? Aprendí el waka-waka, pero me la dejaste bien adentro. Cuatro a cero y a seguirla chupando… Era el 2010, tenía barba y creía que entendía todo. Ni te miré cuando Casillas te dio un beso frente a cien mil personas. Preferí callar, ya sabes que en el amor a veces me hago el duro.

Hasta el 2014 creía que la alegría era siempre brasilera. Te conté de mis ganas locas de encontrarnos allá, en persona, cruzarnos en alguna cancha y si daba llevarte por fin a mi querida Buenos Aires. Me escuchaste, coqueteaste a más no poder y hasta me diste una alegría ajena regalándome un 7 a 1 inolvidable para entender por fin que el país más feliz del mundo también puede llorar. Pero solo el tango es para dos, y me dejaste piantado a último momento. Minuto 105, la última canción de la noche y decidiste que te gustan rubios y de ojos claros. Qué mala pata…

Como verás, no siempre te eché la culpa a vos. Aunque tengo que admitirte que sos mucho más difícil de lo que creía. Esta vez me agarras sin mucha esperanza, del otro lado del charco y con el chamuyo medio oxidado. Solo tengo para una birra fría y unos besos que me esperan en la cama. Pero no, esta vez los que espero no son tuyos. Me di por vencido, te cambié y me di cuenta que soy más feliz sin vos. Solo espero que así como yo pude seguir adelante, vos hagas lo mismo. Y qué por fin encuentres a ese enano con la diez en la espalda del que tanto me hablaste. Porque esta vez maldito mundial, esta vez te gané yo…

Ilustración: Guido Álvarez Tolosa

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