Se había escondido ahí durante años. Impaciente, miraba de reojo cada vez que alguien se asomaba para saber si esta vez era por fin su turno. Pero no. Tardaba en llegar. Más de la cuenta, o eso creía. Por momentos hasta pensaba que lo habían olvidado; que ya no formaba parte de esa fantasía que había sido la excusa con la que alguna vez lo habían guardado. Su brillo seguía siendo el mismo y hasta en ocasiones aprovechaba para encandilar aún más, a ver si por fin se dignaba a sacarle el polvo y lo hacía relucir entre curvas sinuosas.

Se vieron la cara por primera vez en Jaipur, India. Había sido parte de una compra que tenía como objetivo recorrer la Costa Brava española y conseguir algunos euros a fuerza de chamuyo y pena. Su llegada a Barcelona, tres años atrás, fue la que lo marcó y le dio un destino impensado: quedó separado del resto, doblado y cuidado en una valija cual primer trofeo de baby fútbol, esperando ajustarse a las medidas de ese utópico sueño de él.

Tuvo escalas inesperadas; desde playas paradisíacas de Panamá, las ruidosas calles de Nueva York, y la enigmática Buenos Aires, la ciudad de quien se hacía llamar su dueño. Hubo mudanzas también donde el polvo lo cubriría por completo pero no le regalaría ni una caricia. No había signos de esperanza. Nada le hacía pensar que por fin iba a poder brillar como aquella vez cuando se vieron por primera vez las caras en Jaipur. A veces un pequeño rayo de luz que se escapaba por entre la persiana lo hacía ilusionarse con seducir los talones que veía entre las sábanas. Pero nunca era suficiente y los meses se fueron arrancando del calendario de a uno a la vez llenando de sufrimiento su espera.

Algunas noches lo abordaba una ensalada de sentimientos inesperados que no pensaba que alguna vez podía llegar a sentir: bronca, tristeza, desilusión y, en los momentos más difíciles, compasión. No era fácil, pero veía entre pilas de remeras negras, blancas y grises, como la ilusión de él se iba desvaneciendo hasta terminar en alguna lágrima caída. Esos días se moría de ganas de envolverlo como a una oruga con su seda y cuidarlo, darle eso que tanto buscaba y que no encontraba. Secar sus ojos y acariciarlo para darle esperanza, un nuevo empujón; pero el desorden de esas cuatro paredes no lo hacían más que imposible. Se quedaba inmóvil, congelado, sabiendo que todavía no era su turno y que algún día iban a poder liberarse juntos.

Una noche calurosa de marzo volvió a donde todo había empezado: una valija llena de ropa. Ya no le importaba el destino; podía ser la calle, un aeropuerto o un nuevo placard. En esos tres años creía que había aprendido todo sobre el amor y ya no había nada que lo pudiera sorprender. Los llantos, los besos, las risas, los celos, las peleas, los abrazos y hasta los adioses. Pero esta vez cuando por fin volvió a ver la luz, su brillo parecía encontrar su lugar en el mundo.

Había vuelto a Barcelona, la ciudad donde él había decidido que iban a estar juntos por mucho tiempo, donde había visto cómo sus compañeros conseguían rápido nuevos dueños, donde le prometió que algún día le iba a presentar una cintura donde ondear su cola. Había vuelto, aunque no sabía muy bien porqué…

Un cajón volvió a ser su refugio en un departamento considerablemente más chico del que habían vivido juntos los últimos tres años. Pero esta vez eran dos las voces que se escuchaban y una lo llenaba de esperanzas.

Pasaron noches de vino y zanahorias con hummus, maratón de series con tormentas eléctricas de fondo, insolaciones traídas de la mismísima Barceloneta y talones llenos de callos con kilómetros encima. Pasaron meses de veinticuatro-siete siendo uno entre risas, abrazos, llantos y preocupaciones. Pasaron y pasaron hasta que el cajón por fin se abrió, su brillo seguía inmaculado y una mano suave lo acarició como nunca nadie lo había hecho. Sintió amor a primera vista. Encontró lo que tanto había buscado y que pensó que quizás nunca iba a suceder. Ella lo levantó, sonrió y lo deslizó en su cuerpo desnudo. La seda azulada acarició su piel y un cosquilleo la hizo sonrojarse. Sus curvas se hicieron el hogar perfecto. Parecían hechos el uno para el otro. Él miró desde un costado de la cama con ojos entrecerrados sabiendo que por fin su vestido había conseguido dueña. Sabiendo que por fin, después de tanto tiempo, ya no eran dos ahora…

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