Por Sofía Cash

Ahora, mientras leés este texto, en Sudán del Sur viven la peor crisis humanitaria del mundo. Con 6 años de guerra civil encima, el gobierno y el partido opositor, están llevando a cabo una limpieza étnica a través de la destrucción de aldeas, los desplazamientos forzados y las constantes violaciones de todo tipo a los derechos humanos.  Los hombres son asesinados, las mujeres secuestradas y violadas en grupo, y los chicos tomados a la fuerza como soldados. Hay más de 2 millones de personas refugiadas y desplazadas y 1,7 millones al borde de la hambruna en un país donde la población civil pasó a ser un objetivo de guerra.

Yo no tenía idea de que esto pasaba hasta hace unos meses cuando participé en un curso de especialización sobre refugiados y desplazados en la Facultad de Ciencias Sociales. Lo peor, es que Sudán del Sur es un caso entre muchos. Siria, República del Congo, Nigeria, Venezuela, son solo algunas de las emergencias migratorias más importantes en la actualidad. Según un informe de la ONU de junio de este año, 31 personas son desplazadas por minuto en el mundo.

Investigué sobre este país de África y me reuní con Munir, un sudanés viviendo en Buenos Aires, para que me cuente sobre la situación en Sudán del Sur, su vida en Argentina y su visión acerca del conflicto.

¿Qué está pasando hoy en Sudán del Sur?

 

Sudán del Sur; la tierra olvidada

La guerra civil empezó el 14 de diciembre de 2013, a solo dos años de lograr su independencia. Luego de siglos de fronteras impuestas por las potencias colonizadoras y rivalidades históricas entre diferentes etnias, en enero de 2011 nacía Sudán del Sur convirtiéndose en el estado más joven del mundo. Al mando de la nación quedaron: Salva Kiir, de la etnia dinka como presidente, y Riek Machar, de la etnia nuer, como segundo hombre al mando. La dupla de gobernantes resultó de un intento de aglutinar fuerzas de las 2 etnias mayoritarias en el país (los dinkas suponen aproximadamente el 15% de la población y los nuers el 10%), minorizando así las fricciones ya existentes entre los grupos.

Sudán del Sur (Yuba) tiene un territorio de 644.329 kilómetros cuadrados donde viven 13 millones de habitantes. Se estima que el país alberga a más de 570 etnias que hablan 110 lenguas diferentes. Su economía se basa en la agricultura y la producción petrolera. Cuando Sudán del Sur consiguió su independencia en 2011 producía 300.000 barriles de crudo por día, generando miles de millones de dólares que prometían ser invertidos en infraestructura para un país naciente. Pero los ingresos para la creación de escuelas, rutas, hospitales y plantas de tratamiento de agua fueron a parar en manos de altos funcionarios del gobierno que se hicieron fortunas mientras, por ejemplo, los maestros ganan 3 dólares mensuales.

Durante el verano del 2013, la destitución de dos ministros nuer, seguido por la salida del gobierno de todo el gabinete perteneciente a esta etnia, hizo estallar el conflicto. Se acusó al vicepresidente de un intento de golpe de estado y desde entonces, la lucha de poder entre los líderes del gobierno desató una guerra civil que ya lleva 6 años. La rivalidad política acrecentó las tensiones entre los dinka y los nuer, pero alcanzó también a muchos otros grupos étnicos como los azande, los shilluk, los moru, los kakwa y los kaku. Ya sin zonas de combate definidas, la guerra se extendió por todo el país. Grupos paramilitares del gobierno o incluso soldados de uniforme arrasan ciudades matando civiles. Miembros de diferentes partidos políticos, defensores de los derechos humanos, activistas y estudiantes son sometidos a detenciones arbitrarias, reclusión y otros abusos. Los que pueden escapar, se desplazan internamente a zonas más alejadas (hay más de 100 campos de refugiados esparcidos por el país), o huyen hacia países vecinos como Kenia, Etiopía y Uganda en su mayoría.

La libertad de expresión está restringida, los dramas invisibilizados. Los periodistas reciben constantemente instrucciones de no hablar sobre cualquier asunto que se considere “una amenaza para la seguridad” y varios profesionales han sido investigados y detenidos por informar sobre diversas situaciones. Durante el segundo semestre del 2017, las autoridades secuestraron las ediciones de 6 periódicos en 26 ocasiones. Tampoco quedan casi corresponsales extranjeros en un país donde no hay garantía alguna.

En esta guerra atroz la población civil es un objetivo de guerra. Se está llevando a cabo un proceso continuo de limpieza étnica en varias áreas mediante el uso del hambre, las violaciones grupales y el incendio de pueblos. Los colegios son blancos de los grupos armados que asesinan también a los estudiantes para, según periodistas locales, “evitar que puedan vengarse en el futuro”. UNICEF estima que cerca de 2,2 millones de chicos en Sudán del Sur no van al colegio. Muchos estudiantes son tomados a la fuerza como “niños soldados”. Varones y mujeres. Hace 2 meses, Bruce Wilkinson, misionero en la zona, entrevistó a quien llamó: “la niña X”. Con 5 años fue secuestrada por el ejército mientras recogía leña a metros de su casa. La violaron, la obligaron a convertirse en soldado y a robar junto con ellos en las aldeas cercanas. Tiempo después fue liberada y hoy espera en un campo de rehabilitación. No sabe si su familia vive.

Las violaciones grupales suceden a diario. Las milicias vinculadas al ejército, formadas en su mayoría por jóvenes, violan y secuestran a mujeres como forma de pago. Como no reciben el salario correspondiente hace meses, un acuerdo implícito dentro del ejército les permite “hacer y tomar todo lo que puedan”.

La propagación de enfermedades como el sarampión, la cólera y la malaria empeoran la situación. Y el hambre. Los campos de cultivo están abandonados. Más de un millón y medio de personas están hoy al borde de la hambruna. El Gobierno ha sido acusado internacionalmente de estar bloqueando la ayuda humanitaria y de llevar a cabo atrocidades que corresponden a una situación de “genocidio”.

Mientras tanto, la inacción de Occidente.

Munir

Encontrar a un sudanés viviendo en Capital Federal fue mucho más fácil de lo que erróneamente creía. Llegué a Munir gracias a una amiga que colabora con una organización que ayuda a migrantes. Le escribí para contarle sobre la nota y me propuso encontrarnos en su lugar de trabajo: Avenida Alvear 1891.

Un botones me guió a su encuentro. En el piso 7 del hotel más lujoso de Buenos Aires, Munir trabaja como administrativo junto con un compañero, también de Sudán. Su oficina es casi toda dorada, de estilo francés con dos escritorios y una ventana chiquita. Los dos vestían de impecable traje gris y corbata del mismo bordó que la alfombra y las cortinas.

Cuando llegué, ellos se estaban despidiendo de un hombre de origen sirio (o eso creí, porque hablaban árabe). Su lengua nativa es el árabe. Munir sabe español, pero prefirió hacer la entrevista en inglés, su segundo idioma.

Munir llegó a Argentina hace algunos años, cuando Sudán del Sur aún prometía ser una potencia naciente. Lo que más le gusta de Buenos Aires es el clima y lo que más extraña de su país es la comida, especialmente el pescado fresco del Nilo.

Está contento en nuestro país, aunque dice que los trámites siendo extranjero se vuelven muy difíciles. Su familia está en Sudán, y la semana que viene volverá a visitarlos. Tiene varios amigos en Sudán del Sur, pero no va a ir para allá. Hace ya un tiempo que dejó de visitarlos, y de tener esperanza de que las cosas cambien ahí.

“El problema es el gobierno. La corrupción. Y el petróleo. Sudán del Sur es rico. Si vas a Juba, la capital, vas a ver Lamborghinis estacionados y al lado, gente muriéndose de hambre. La solución sería cambiar todo el gobierno. Pero no va a pasar, están hace 30 años en el poder” me dice Munir. “Cuando hay protestas en la calle, asesinan a los que hacen huelga, no hay posibilidad de manifestarse contra el gobierno. Ahora con las redes sociales, en Facebook, se organizan grupos. Pero en la calle casi nada, no se puede”.

“La situación es terrible. Los grupos militares van a un pueblo y lo arrasan, matan a mujeres, niños, no importa. Sin límites. Está todo muy mal. Por una botella de agua te pueden matar. La gente tiene hambre y sed. Corren a Sudán del Norte, o a Etiopía. Pero si se alejan de su pueblo, probablemente los maten en el camino. Están atrapados”.

-¿El gobierno de Sudán interviene en Sudán del Sur?

No les conviene enfrentarse con el gobierno de Sudán del Sur, entonces no interfieren. Además, en el sur está casi todo el petróleo.

-¿En África se sabe lo que está pasando?

Sí. Pero nadie puede hacer mucho.

-¿Y el resto del mundo?

El mundo no sabe mucho de África, y menos de Sudán. No llegan las noticias. Pero no solo sobre temas como la guerra. ¿Vos sabías que en Sudán tenemos más pirámides que en Egipto? (Googlea en su computadora. Aparecen familias de pirámides de varios tamaños en medio de un desierto dorado. Ni un turista. Las más imponentes son las pirámides de Meroe, la capital del reino kushita desde el año 300 A.C. También, unas fotos de barcos con velas azules que navegan un río angosto).  Ahí empezó todo, después en Egipto. Sudán es hermoso, vivimos sobre el Nilo. No tenemos casi turistas. La gente no viene a África porque le da miedo. Los sudaneses somos muy hospitalarios. Tenés que ir. Y probar un pez asado a orillas del Nilo.

 

“It’s going to be a big challenge to recognize that the world is shrinking, and people from different religions, different cultures, are going to have to learn to live with each other.” Ai Weiwei – “Human Flow” (2017)

Sudán del Sur representa la crisis humanitaria más grave en la actualidad, pero el mundo alberga conflictos de magnitud que llevaron a la explosión generalizada de desplazados y refugiados por la guerra y la persecución que, según la ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados), superó la cifra de 65 millones de personas refugiadas en todo el mundo en 2017.

El Derecho Humanitario internacional está en jaque. Cambiaron las reglas del juego, o, directamente ya no las hay. La matanza de civiles y la destrucción de bienes culturales dejaron de ser un daño colateral de los conflictos para convertirse en objetivos directos. La población civil es un blanco y, los desplazamientos: una estrategia de guerra que busca destruir además de territorios, la identidad de las comunidades, sus prácticas y su cultura.

La información también hace a la paz. Para ayudar a intentar revertir estas situaciones, primero hay que entender y saber que efectivamente, están pasando. Hoy, al año 2018, así es el día a día de gente como nosotros, que tuvo el azar de nacer donde nació y en el tiempo que le tocó.

Brindar protección internacional es un acto humanitario y, en mi opinión, el desafío de nuestra época.

La acción nunca fue tan necesaria. Resulta urgente trabajar en políticas que amparen y analicen una situación que ya desbordó. Hoy nos toca a nosotros, ya no podemos mirar para otro lado.

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