Llevo tres horas y media despierto. Tres horas y media en la misma posición, en la misma cama, con la misma ropa. Nada cambió desde que mi ojo derecho decidió hacerse el chistoso y abrirse. Desde ese instante, mi plan fue más de lo mismo y muy poco de lo que me gustaría. Básicamente, la nada misma.

 

Hubo un café de por medio, sin leche ni azúcar. Prendí la computadora para distraerme, eso me habrá tomado menos de un minuto. Abrí Google Chrome para aunque sea despabilarme con las pestañas que había dejado abiertas de ayer; pero nada había cambiado en ese tiempo: la diferencia horaria con Buenos Aires no le permite a un “ex-patriado” con cinco horas más despejar la cabeza con noticias frescas de Olé o algún chusmerío de Facebook.

 

Para un “adicto” a Netflix como yo, la pestañita con la N mayúscula sería la única salvación. No sé si será el aire catalán, el molesto rayo de sol que se cuela por la ventana del living o mi desgano general; pero esta vez ni un capítulo viejo y repetido por enésima vez de How I Met Your Mother pueden salvarme de esta.

 

Estoy aburrido. Pensé que no iba a decir esto en mucho tiempo. La sola idea de encontrarme en otro país, otra ciudad, con otras calles y otra gente podrían ser suficientes para llenar un parque de diversiones de pensamientos; pero esta vez no cumplieron su cometido. El techo sigue teniendo la misma mancha despintada que tuvo el día que nos mudamos. No es humedad, es simplemente un agujero en medio de un océano blanco.


Hay una un poco más pequeña, casi imperceptible para un ojo humano distraído. Pero desde que la crucé con mi mirada no pude abandonarla. Aparece sin avisar, cada tanto, y me deja pensando. Como un colchón de nubes cambiando de formas, esta me trae ideas locas que me dispersan. Una cucaracha con su pequeña antena caminando por la vigas de mi techo. Un rinoceronte corriendo por praderas africanas o un ojo investigando mis próximos movimientos. ¿Conocerá los secretos mejor guardados de estas tres horas desperdiciadas?

Una ducha quizás despierte algo inquietante en mí. ¿Puede ser la solución? Agua tibia recorriendo mí cuerpo, dándole un poco de temperatura y regando ideas que todavía son semillas. Lo intento, total no pierdo nada. Salgo más fresco que antes, aunque el resultado no fue el esperado.

Vuelvo a donde todo empezó: la cama. La mancha sigue ahí, parece no tener nada mejor que hacer en esta calurosa mañana de junio. Yo, tampoco. Aunque por algún motivo todo este sinfín de pensamientos que hasta hace algunos segundos parecían llamarse aburrimiento; poco a poco se transformaron en esto: un texto sobre las últimas tres horas de mi vida, tres horas que parecían no tener nada y ahora lo tienen todo. Tres horas que escondieron letras, palabras y pensamientos. Tres horas inmortalizadas en un Word. Tres horas más…

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