“La isla del sol” no es solo uno de esos temas de los que sabemos letra completa y coreografía sin saber bien porqué, también es un místico pedazo de tierra sobresaliendo del lago más alto del mundo, el Titicaca. Y no sólo eso, puedo dar fe que es un lugar donde siempre sucedieron y suceden cosas extraordinarias, de hecho, yo soy una fiel prueba de ello.

Hace ya siete años, conocí a mi novia ahí. Esto puede sonar bastante común, pero les aseguro que es un evento prácticamente irrepetible, paranormal, a tal punto que pasó tan sólo una vez en treinta años. Y no solo el hecho en sí, sino también el “cómo”.

Siempre tuve relaciones al menos difíciles con las mujeres. Me gusta echarle la culpa de esto al colegio de curas al que fui y donde me críe, casi exclusivamente, entre hombres. Por eso el contacto con el sexo opuesto hasta terminada la secundaria fue siempre un misterio.  Probablemente el más exquisito de ellos.

Me acuerdo de las primeras salidas, los primeros encuentros en los que nos juntábamos en una casa a charlar simplemente, o a lo sumo -y esto también era todo un mundo nuevo- a “bailar”. La curiosidad y la tensión que experimentaba en cada intercambio de esos (ni hablar de un “lento”) me provocaba un éxtasis casi irreproducible. Una sensación que lamentablemente se fue diluyendo con los años,  pero que todavía alguna vez siento cuando se genera esa conexión especial con una mujer.

La comprensión de ese universo ilimitado pero a la vez cargado de complejidad y lleno de detalles, llegó para mí a un nivel aceptable cuando ya estaba con mi pareja actual, y por eso tal vez es tan inexplicable como llegamos hasta esa instancia. Con otras mujeres anteriores no había llegado a la tercera salida, un poco por el terror que me generaba la responsabilidad de seducir en un momento cara a cara y las consecuencias que eso producía en las sensaciones de ella, sino porque también equivocaba la estrategia para empezar a formar parte, aunque sea de a poquito, de su vida cotidiana. Puedo asegurar que sentía la picazón en el oído cuando se preguntaban con sus amigas, si yo era pelotudo.

Solo una llegó a superar la barrera de mi estupidez y eso hizo que hoy en día esto sea un texto gracioso y no un ejercicio de terapia. Me acuerdo perfectamente la primera vez que la vi. Fue en Coroico, un pueblo chico hundido en la selva boliviana. Yo estaba de vacaciones con mis amigos y hacía algunos días que habíamos cruzado la frontera por Villazón. Una noche, después de comer, fuimos a hacer casi lo único que hay para hacer en ese tipo de lugares, ir a tomar algo a la placita del centro. Llegamos caminando por la calle y desde la vereda se podía ver en el medio a la gente sentada en ronda en una especie de gradas que ofrecía la estructura de piedra que ocupaba buena parte de la manzana y solo era interrumpida por porciones de pasto que se colaban desesperadas y algún que otro antiquísimo árbol.

En el primer paneo general que hicimos desde nuestra altura, fue que la vi. Estaba sentada con las piernas cruzadas en uno de los grupos que estaba casi en el medio. Tenía un bali rayado, un buzo negro con capucha y una vincha de colores. Los tipos que estaban alrededor de ella eran algo así como los machos alfa del lugar, esos que son una banda de música viajando y que acaparan toda la atención de las minitas que comparten su circuito de viaje. Obviamente no hice más que quedarme lamentando no ser yo el que estaba en el medio animando la fiesta y tuve que conformarme con una rica charla con un mimo y un borracho que decía haber jugado en el Barza.

No pensé que fuera a volver a verla, pero algunas veces la vida te da una manito, o varias… y la primera que me dio, fue mandármela con sus amigas al mismo hostal en el que yo estaba en Copacabana. Ahí hice los primeros contactos, no mucho, pero al menos logré que sepa quién soy. La clave estaba en la noche, deberíamos cruzarnos casi inevitablemente, y pensé que anestesiando un poco mi cerebro podría aprovechar esa manito.

Cuando ya hubimos bebido y fumado lo suficiente como para gritarnos entre nosotros y abrazarnos por cualquier boludez, con los pibes fuimos a un barcito que tenía en el frente un pool y en la parte de atrás una pista de baile. Era un lugar increíble, cerveza rica y barata -aunque “al tiempo” como ahí le dicen-, música de diez/quince años atrás y muchos bolivianos ebrios. Además, al rato, entró ella con sus compañeras de viaje.  Con un amigo nos acercamos a hablarles y nos quedamos con ellas haciendo la cola para jugar un pool. Un buen arranque. Después de algunos partidos, varias cervezas más y algún que otro shot de una bebida blanca de dudosa procedencia, fuimos al fondo a bailar…

Ahora me encantaría estar escribiendo la escena en la que la arrimo con elegancia, le acaricio la cintura moviéndome suavemente al compás de la música  y nos damos un beso romántico. Pero no, lejos de eso. Ni bien llegué a la pista, traspasé ese delgado límite que hay entre una borrachera divertida y la inconsciencia temporal en la que las piernas todavía se mueven intentando aparatosos pasos de baile y la boca emite sonidos que nunca podrían llegar a ser palabras, pero que la gente con muy buena voluntad puede llegar a interpretar. El siguiente recuerdo que tengo es el de estar apretándome, en el sentido literal de la palabra, contra la pared, a una boliviana de un metro de altura que en un pico de pasión me arrancó la musculosa que tenía puesta, dejándome en cuero por el resto de la velada. ¡Bendito sea Bolivia! país donde uno puede quedar semidesnudo y ciego en un boliche, sin perder el respeto de nadie en el recinto.

La cuestión es que una vez más volví a fallar y creí que sería la última. Solo me quedaba la esperanza de saber que, unos días más tarde, la volvería a cruzar en el siguiente lugar del itinerario. Ella me lo había dicho. En la lancha que nos llevaba desde el puerto de Copacabana hasta la legendaria tierra de ruinas incas, con dos de los muchachos hablamos de ella. Los tres coincidíamos en que era nuestra preferida entre la caravana de turistas con los que íbamos compartiendo destinos, y es más, apostamos a ver quien se la levantaba, un detalle más que la hubiese seguido alejado de mis posibilidades, pero de esto no se enteró hasta mucho tiempo después.

La isla del sol, o como siempre la llamaron, Isla Titicaca, cuya traducción es “puma de piedra”,  es un lugar mágico. Largos y ancestrales caminos de tierra la atraviesan en toda su extensión, pasando por playas, bosques y ruinas. Hay chanchos, ovejas y cabras andando sueltos por ahí con el pecho inflado para mostrarte que esa tierra es suya. No hay luz, ni policía, ni oxigeno, con lo cual todo es mucho más simple, salvo prender un fuego. Pero como el tiempo sobraba, era prácticamente todo lo que hacíamos, especialmente desde que bajaba el sol. Justamente en uno de esos clásicos fogones nocturnos fue que la volví a ver. Si en algún momento del viaje había pensado que tenía una pequeña chance, para ese momento ya la creía perdida. Ser osado no era de ninguna manera mi característica destacada, y ella nunca dio ni la más mínima señal de sentir un interés por mí, así que me resigné sin intentar y me entregué al delicioso sopor del vino de cartón hasta que me quedé dormido al costado de la cálida llama. En ese momento pensé que seguramente alguno de mis dos amigos ganaría la apuesta.

Así  se pasó nuestra estadía en la isla. Entre largas caminatas, carcajadas sanadoras, intentos de palabras en Quechua o Aymara, baños en el lago sagrado y algún que otro intento  de malabares. Se sentía ahí una energía por lo menos particular.  Pero bueno, todo llega a un final, y no sólo terminaba nuestro tiempo en la isla sino que además habíamos llegado al punto más nórdico de nuestro viaje y teníamos que emprender ahora el largo y triste descenso hasta nuestro Buenos Aires querido.  Antes de eso, faltaba la última noche, que tenía que estar a la altura.

Después de una buena comilona y un postre agrio característico del lugar, estuvimos preparados. La velada arrancó con una expedición por un bosque cercano que bajaba desde el lomo del puma hasta la rocosa orilla. La oscuridad cerrada y los ruidos ahí adentro eran una combinación revolucionaria en nuestras sensibilizadas cabezas y la sugestión constante podría haber sido miedo si no hubiésemos estado en grupo y a las risotadas limpias. A la vuelta, el frío se hizo sentir, y  prendimos un fuego en la playa. De a poquito, los transeúntes se fueron acercando hasta hacer la ronda numerosa, todos con alguna ofrenda para compartir. La banda de turistas que estuvo en aquella plaza de Coroico, dos cordobeses y un tipo muy extraño con un violín, dos chilenos cuya ropa exhibía en cada una de sus prendas una “U” de un equipo de su país y, una vez más, ella con sus amigas.

Alrededor de ese fogón se armó toda una escena. Varios de la banda buscaban en vano un cuartito en la arena que dijo algún otro que se había extraviado; uno de mis amigos se sacrificaba (según él) por el pueblo haciéndose cargo de la guitarra; los cordobeses picaban unas semillas de su tierra que agregaban a los cigarrillos; y las historias flotaban en el aire, apuntaladas por el sonido del violín que, con su suave susurro, nos separaba unos centímetros del suelo.

Entre tanta distracción vi en el lado de enfrente a las chicas charlando entre ellas, a excepción de una que hablaba hacía rato con mi amigo Mariano y ahora parecían estar buscando algo en la Luna. En ese achinado vistazo mi mirada se cruzó con la de ella y la risita que se dibujó en su cara me hizo sentir que si había un momento, tenía que ser ese. Me cambié de posición en la ronda para quedar más cerca y rápidamente nos pusimos a hablar. A diferencia de lo que siempre me pasaba en este tipo de circunstancias, sentí que todas mis barreras mentales se disolvían y que las palabras me salían con perfecta naturalidad, sutiles pero incisivas, coherentes pero divertidas, exactas para un cortejo certero.

Antes, me topé con un último escoyo, un último resbalón, todo un obstáculo para mi frágil conciencia. La roca en la que me sentaba cedía un poco a mi peso y permitía cierto vaivén. Pensé que solo pasaba en mi mente y traté de disimular. Me estaba jodiendo, me quería alejar de mi objetivo. De repente, mi asiento estalló y caí unos centímetros. Sin entender nada me llevé la mano al sitio del accidente y sentí la textura de un líquido. Lo que quedaba abajo mío eran los restos de una caja de vino.  Me preguntó que me había pasado y le tuve que contar, pero lejos de espantarse soltó una carcajada. Si todavía me quería, así como estaba y con el culo rojo, entonces tenía que ser ella.

La fuerza de La isla del sol, otra vez más, me guiñó su gran ojo. Una fuerte discusión se desató entre los dos chilenos y un amigo mío formando equipo con el cantante de la banda. Los argentinos los responsabilizaban de los perjuicios que el club de la insignia que llevaban producía a la sociedad latinoamericana, cosa que parecía al menos inverosímil. Pero la querella era implacable y aunque no tuviera ni un centímetro de razón llevaría su denuncia hasta las últimas consecuencias. El escándalo que estaban haciendo era tan molesto, que la lamparita se me prendió y le dije a ella si quería que nos alejásemos un poco para escucharnos mejor.

El resto del trabajo fue obra de un tremendo amanecer y la mano de los espíritus incas que se pasean por las orillas a esas horas. Increíblemente, a pesar de haber hecho todo mal, o mejor dicho de no haber hecho nada, logré dar el primer pasito de un largo camino. Siempre pensé que la persona que fuese a estar conmigo tendría que aceptarme como soy con toda mi inoperancia, pero es muy difícil que eso llegue a darse si uno no pasa la primera muralla para dejarse conocer o, como en mi caso, una fuerza sobrenatural le da una gran mano. Evidentemente nuestros caminos debían cruzarse inevitablemente y La isla del sol lo sabía desde hace miles de años.

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