“Nadie se atreva, a tocar a mi vieja
Porque mi vieja, es lo más grande que hay”.

Pappo

A casi cinco meses de cumplir 30 años me fui de vacaciones con mi vieja. Fue la primera vez que viajamos los dos solos. Ya había hecho viajes con mi papá y también con mi hermano, pero nunca con ella.

El viaje salió sin ningún tipo de planificación. Mi vieja hace un año que se jubiló y está con esa fantástica idea de hacer todo lo que no pudo hacer durante sus 35 años de trabajo docente. Una de esas cosas es viajar en cualquier momento del año sin estar atada al calendario escolar y además volver con la satisfacción de saber que al otro día no tiene que laburar.

Ese deseo fue el que la llevó una noche a decirme que se quería ir a Nueva York. Mi respuesta fue un “yo también”. Ya no me acuerdo quién fue el que toreó más al otro, pero esa noche terminamos descorchando dos champagne para festejar un viaje imprevisto a la gran manzana para dentro de un mes.

La cuenta regresiva fue muy veloz. Apenas nos dio tiempo para reservar un cuarto en un hotel estilo El Resplandor y googlear sobre lo que “no se puede dejar de hacer” en primavera en Nueva York. No hicimos nada de eso.

En total nos fuimos 10 días, o sea 240 horas. Creo que desde el embarazo nunca habíamos pasado tanto tiempo juntos. Compartimos la misma fila en el avión, el mismo cuarto de hotel y, por supuesto, la misma mesa en el desayuno, el almuerzo y la cena.

Aunque tengas una excelente relación con la otra persona, viajar de a dos siempre es un desafío. Los silencios y la intimidad desaparecen para darle espacio a lo más personal de cada uno. Y aunque eso te pasa con cualquiera, con los viejos cobra un sentido especial. Son la primera relación que uno tiene, pero al mismo tiempo uno nunca deja de descubrirles algo nuevo.

Con mi vieja siempre tuve un vínculo muy transparente y de iguales. A veces la pienso como una hermana mayor. Fue la que me introdujo a los Beatles, me obligó a leer “Un mundo feliz”, me animó a hacer teatro y me firmaba autorizaciones diciendo que estaba enfermo cuando no quería ir al colegio. De más grande esa relación se completó con largas charlas sobre absolutamente todo.

Aun así, en estas vacaciones nos pudimos conocer un poco más. Fue un viaje de conexión, una que hasta el momento no habíamos tenido. Fuimos amigos, sin relación de jerarquía y borrando las barreras de la edad. Sus 62 años y mis casi 30 se equipararon.

En esos diez días hicimos y nos pasó de todo. Compartimos una cena surreal con una prostituta y su cliente, participamos de una misa en la que el pastor fue poseído, recorrimos en carting una isla de ex milicos, dimos vueltas por un supermercado comiendo cerezas que después no pagamos y caminamos borrachos por las calles cantando “New York, New York”.

Aunque todo eso fue excepcional, hubo una situación que se destacó por sobre el resto. Una noche, después de 10 horas de caminata por la ciudad, la quise llevar a Small’s, un lugar cool disfrazado de antro donde dicen que tocan los mejores músicos contemporáneos de jazz. Apenas entramos ella miró el lugar y me dijo “me da a viejo, vamos a un boliche más divertido”. Dimos vueltas por los alrededores del bar como si estuviésemos en un laberinto, yendo y viniendo sobre nuestros pasos. Entramos a dos lugares de la misma onda que Small´s y en ninguno quiso quedarse. “Esta música me duerme, necesito algo más arriba”.

Seguimos caminando un par de cuadras hasta que pasamos por la puerta de un bar donde se escuchaba a una banda tocar “September” de Earth, Wind and Fire. “Entremos a este” me dijo.

El lugar estaba explotado. Tuvimos que compartir mesa con dos parejas de yanquis que parecían apenas unos años más grandes que mi vieja. No hablaban entre ellos y tampoco cantaban ninguna de las canciones que tocaba la banda.

Al principio nos mimetizamos con ellos. Tararéabamos las canciones, pero sin levantar tanto la voz. Sentados en nuestras sillas tomando de a sorbitos ella un vino y yo una cerveza.

En un momento la banda dejó de tocar y el guitarrista invitó al escenario a un dominicano que estaba mezclado entre el público a que hiciera un set de temas en español. Arrancó con uno de Enrique Iglesias, de esos que uno no sabe el nombre pero si el estribillo.

La alegría de escuchar temas en nuestro idioma nos hizo olvidar el comportamiento que veníamos manteniendo. Con las manos alzadas tarareamos a los gritos los tres temas que siguieron. Los yanquis de nuestra mesa nos acompañaban con un cabeceo anodino que los hacía parecer los abuelos de mi mamá.

“Con esta canción me despido” gritó el dominicano y empezaron a sonar los primeros acordes de “El meneaito”. Mi vieja se paró y empezó a bailar. Decenas de pibes de mi edad la siguieron. La mayoría ni siquiera conocía la canción, pero se habían contagiado con el ritmo de ella.

Desde el escenario, el dominicano le estiró el brazo y la invitó a subir. La banda le hizo un lugar en el centro y todas las luces del escenario se enfocaron en ella. El cantante quedó en las sombras, como si fuera un corista. Cada vez que cantaba “para abajo” la cadera de mi vieja se quebraba y rozaba el piso. Sin darse cuenta me estaba dando una de las lecciones más grandes de mi vida.

La vi bailar muchísimas veces, la mayoría en la cocina de mi casa, pero nunca como en ese bar. Ella siempre me educó para que me importe poco el que dirán, pero verla ahí poniendo eso en práctica fue como una clase magistral. Sus arrugas, canas y hasta las ojeras por el largo día de caminata se esfumaron arriba del escenario.

No siempre las lecciones de nuestros viejos tienen que venir con un dedo. A veces se entienden mejor si se enseñan con un meneo.

 

Ilustración por Ruloi.

Comentarios

Comentarios