La sensación adrenalínica e intrigante arranca cerca de las 9.30 am cuando mis ojos ven la luz por primera vez en el día. La sinapsis de mis neuronas no hace otra cosa que obligarme a palpar el piso en búsqueda del celular. Las yemas de mis dedos lo sienten y con lagañas que pegan mis párpados empiezo el “scrolleo” infinito por últimas doce horas de mis amigos virtuales. No paro, miro minuciosamente con un ojo entreabierto cómo fue la noche de un ex compañero del trabajo que ahora es productor de televisión y no hace más que intentar chivear sus canjes. Un amigo de un amigo, que desconozco porqué sigo, hizo un video en un bar festejando la victoria de Bélgica sobre Brasil en el Mundial. Veo gorros de inviernos por doquier y me cruzo con alguna celebritie medio pelo que está por embarcar a Nueva York. Hay un poco de todo, y para todos los gustos…

Esto es el principio de mi día, la antesala del resto de mis 15 o 16 horas despierto con mi mente un poco en lo que pasa delante de mis ojos y otro poco en la pantalla del celular. No logro conectar con el mundo 100% porque mientras espero que el semáforo cambie de color, espío cómo se despertaron en el otro hemisferio. Sí, tengo que aceptar que desde que decidí mudarme a Barcelona la diferencia horaria no hace más que alimentar mi deseo por saber qué pasa del otro lado del mundo.

Cada tanto me pasa que me cuelgo con historias. Las tengo silenciadas, por ende ni siquiera escucho lo que pasa y creo que tampoco me interesa tanto, solo apreto mi dedo gordo en la pantalla y las paso. Una a una. Poco a poco. A veces vuelvo para atrás porque en ese acto “inconsciente” encuentro algo que me llama la atención: una cara bonita que se coló entre videos de fiestas, un concurso de algo llamativo que seguramente no gane o un paisaje que me dejó con la boca abierta y sueño con ir algún día. Igualmente sigo mi rumbo, son solo segundos veloces de entretenimiento fast-food y añoranzas encerradas en un cuadrado lleno de insensibilidad.

También tengo tiempo para boludear en la lupita, no te creas que no… Maldito quien se le ocurrió que un apartado random de publicaciones de personas que, evidentemente, no son tan “importantes” para que los siga pueden demandar tantos minutos de mi día. Me cuelgo mirando fotos de viejos recuerdos de River y alguna que otra noticia del mercado de pases de invierno. Me encuentro de “casualidad” -porque convengamos que en Instagram nada es obra del azar- con un ex compañero del colegio que acaba de casarse y pone en jaque el reloj digital de mi vida. ¿Estaré haciendo las cosas bastante mal? Por uno de los costados se escapa alguna modelo de Victoria Secret que aunque no tengamos nada en común, decide colarse entre los cuadrados y tienta por momentos la fidelidad visual de mi consciente.

Sigo con el dedo para abajo y me doy cuenta que quizás en pocos parpadeos ví la vida de miles de personas. Que no las conozco, pero que sin querer acabo de saber un poco más de ellos. Lo pienso unos segundos y me agarra claustrofobia, quiero salir de ahí, no quiero ser parte más de esa ruedita que gira y gira sin parar mostrándome cómo debería ser, de quién debería reírme y a qué lugares debería ir el próximo verano. No, intento desabrocharme el cinturón y lanzarme al vacío sin que ningún “like” me acompañe. Necesito salir de ahí, lo pienso una y otra vez. Y no es la primera vez que me pasa. Pero de nuevo, una sensación adrenalínica e intrigante me invade el cuerpo e impide ese “suicidio social”. Las yemas de mis dedos vuelven a tocar el celular, lo miro de reojo y el dedo gordo hace su magia. Pasaron casi doce horas desde esa primera vez y ahora respiro aliviado. Vuelvo a scrollear al infinito y pienso por dentro: “gracias Zuckerberg, por esta vida de mierda”.

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