Por Juan Pablo Ballester

Un mosquito del tamaño de la uña del dedo anular me distrae de la cuenta. Ojalá estuviese exagerando. Llegó el verano y de un día para el otro, nubes de molestos chupa sangre aparecen y desaparecen como esos olores del subte.

119. Llevo 119 días, sin contar hoy, viviendo en la montaña. Trato de no sacar la cuenta, pero la cabeza gana y me dice cuantos días quedan. Ese número me lo guardo. El porqué y el donde también. Lo que sí puedo, es enumerarte lo que me traje y lo que hasta ahora me llevo:

Libros –ocho – “Las intermitencias de la muerte”, “Caín y Abel”, “La fiesta del chivo”, “Rum diary’s”, “Peligro y locura en Las Vegas”, “Los Ángeles del infierno”, “Cómo matar a un ruiseñor”, y “La conjura de los necios”. Este último lo cambié en el pueblo por “Un viaje espiritual”. No es que a mí me gusten ese tipo de libros pero la morocha del aro en la nariz con su pack de cervezas IPA y ese hoyuelo del cachete izquierdo cada vez que se reía fueron más fuertes (todavía no le dije nada al que me lo prestó).

Lentes (no uso anteojos) – dos –uno fijo de 50mm con una apertura de 1.8 y otro móvil de 35-135mm con los cuales saqué las fotos que van a ver. Una cámara de fotos.  Bolsa de dormir – dos – en invierno la temperatura llegó a menos 3 grados. Un celular sin señal con 1403 canciones (como el impar me hacia ruido, pasé un día entero tratando de descubrir cual sobraba. Era un audio de Whatsapp). Cajas con comida – diez – se destacan los duraznos en almíbar, el dulce de membrillo, el maíz pisingallo y el azafrán. Una valija, una mochila, tres pares de zapatillas, dos linternas y seis garrafas de propano.

Lo que me llevo:

Vicios – tres- las quesadillas, que van con todo, el choclo morado, y los picles. Decepciones –una – saber que por más que uno intente a las ardillas no se las puede domesticar. Revelaciones – dos – entendí que es solo un capricho humano someter a otras especies. Pensar en el tiempo, días, meses, años, como una herramienta de medición de nuestra vida es erróneo. Regirse bajo este parámetro es lo que lleva a tantas personas a sufrir ansiedad, ataques de pánico, vértigo y la lista sigue. Miedos – tres – los osos, los pumas y las sillas de plástico.

Antes de que me tildes de loco lo explico. Uno o dos meses atrás, no llevo la cuenta, decidí tomar otro camino hacia el arroyo en el que con un poco de suerte y algo de paciencia se pescan truchas. Donde estoy tengo como referencia 3 picos, uno a la izquierda, uno a la derecha y otro en frente. Esta vez giré a la izquierda. Por esta ruta, el camino se hace denso; pasto crecido hasta las rodillas, hiedra venenosa, enredaderas, mosquitos, panales de avispas y demás. Desde el día uno que le había echado ojo, pero venia haciéndome el boludo. Cuestión que lo encaré. Después de un buen rato caminando, me acuerdo del sol ya vertical, una silla de plástico blanco me miraba a la distancia. Me agaché y esperé. Solo pájaros y mi pulso esforzándose por volver a su ritmo. El dueño de la propiedad me había dicho que no habría nadie en kilómetros. Por un segundo llegué a dudar de lo que estaba viendo. Como cazador acechando a su presa me fui acercando. El miedo no era la silla, sino lo que esta significaba, y con cada paso la cabeza me iba planteando diferentes escenarios. ¿Habría otra persona viviendo en la propiedad sin que nadie se enterase? ¿Contarían mi historia en el noticiero nocturno fuera del horario de protección al menor?

Buscando alrededor algo con que defenderme encontré mis manos transpiradas. Por suerte no tuve necesidad de usarlas. Todavía no puedo entender que hacía ahí, en el medio de la nada, esa silla en perfecto estado, sin pasto a su alrededor, sin enredadera creciendo a sus pies, postrada en perfecta armonía con su entorno. No me animé a moverla y mucho menos a sentarme, pero sí a sacarle una foto.

Contado esto hay que entender que lo más difícil de la montaña son los altos y bajos. La cabeza puede, de un momento a otro, convertirse en tu peor enemigo. Pasás de claridad mental a un vértigo infrenable. Vivir en el presente ayuda. Darle tu máxima atención a lo que sea que estés haciendo en ese momento; como cortar leña (aprendí a usar la motosierra), pescar o estar tirado mirando las ardillas comer el resto de manzana que les dejaste.

La música también es una gran aliada para esos momentos, y por eso les dejo una lista con las 5 canciones que más suenan en esta burbuja verde:

1 – Drake – Gods plan

2 – Funkaledic – Maggot Brain

3 – Wolfine – Bella

4 – Los Espiritus – Vamos a la luna

5 – Fernando Costa – Barco a la deriva

Hace un mes, más o menos, le gané al peor vicio de todos. El consumo. Viviendo en una ciudad uno no se da cuenta que está todo el tiempo consumiendo. No hablo del capitalismo y la rueda que mueve al mundo. Es mucho más simple. Sentía ansiedad por bajar al pueblo, tenía que comprar, sentir el intercambio de plata. La última vez que bajé compré una botella de 600ml agua. Parece una boludez, pero sacarte un hábito tan común y rutinario cuesta muchísimo.

Me cae la ficha. Para mandar esto voy a tener que bajar a la ciudad, porque el pueblo con sus 731 habitantes, número que figura a la entrada, no tiene wifi.

119. 119 días que no piso una ciudad ¿Habrá cambiado algo?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios

Comentarios