Por Toto Plibersek

Es una noche en los 90’.

Un grupo de pibes de Bristol, Inglaterra, pintan con aerosol gris y letras grandes la inscripción “LATE AGAIN” (tarde nuevamente) en el costado de un tren. Su crew – banda de pibes que se dedican a hacer grafitis – se llama Dry Bread Z. Un policía los descubre y corren. Todos llegan al auto en el que habían ido menos uno que se atora en un arbusto lleno de espinas. Se escapan y lo dejan.

El pibe tiene dieciocho años y ahora se esconde debajo de un camión de basura del que chorrea aceite. Mientras se escurre de la ley piensa que tiene que encontrar una manera para pintar más rápido, que así la cosa no funciona y que la policía lo puede agarrar muy fácil. Ve que debajo del tanque de nafta del camión hay unas letras que fueron pintadas usando un stencil como molde. Se le ocurre que puede copiar ese estilo pero mucho más grande para hacer letras en las paredes.

Cuando el policía por fin lo deja de buscar corre hasta su casa y le cuenta a su novia su idea: había tenido una epifanía. La novia le contesta que deje de drogarse, que le estaba haciendo mal.

Desconocemos si ese pibe sabía que esa noche sería la fundación de su vida como uno de los artistas más influyentes de nuestro siglo. Tampoco sabemos si sabía que un francés, Xavier Prou alias Blek Le Rat, lo había pensado – y hecho – diez años atrás.

Lo que sí sabemos es que esa noche fue importante, y que la recuerda con detalles, porque si no, no la habría contado en su libro Wall and Piece (2005).

Lo que también sabemos es que esa noche un pibe cualquiera, un anónimo, se transformaba en Banksy.

La poca información que hay sobre la biografía del artista callejero, activista político y cineasta británico Banksy es la que se infiere de su obra: habría nacido a mediados de los setenta en la ciudad de Bristol en Inglaterra; habría empezado a hacer grafitis en su adolescencia en los noventa; habría cambiado su estilo después de la noche del camión de basura; lo habría consolidado pintando en su ciudad cerca de los 2000; habría empezado a vivir en Londres después de ello y se habría vuelto famoso cuando sus obras aparecieron en dicha ciudad.

No se conoce públicamente la identidad de Banksy. Es un tesoro guardado con un candado fuerte que a pesar de los incansables intentos de la prensa británica nunca pudo romperse. Su verdadera identidad la conocen otros artistas y sus colaboradores, pero siempre guardaron un cómplice silencio. Tuvo dos representantes y ninguno lo quiso traicionar. Colaboran con él varias personas, no se sabe cuántas ni sus nombres.

Las teorías circulan en la web. La más descabellada dice que Banksy no es una sola persona sino un colectivo de siete artistas. No hay pruebas de ello: cada vez que algún colaborador o conocido se refiere a Banksy lo hace nombrándolo en singular y en masculino. Aunque nada nos dice que no podría ser una mujer.

Un experto forense, también anónimo, asegura que Banksy es Jamie Hewlett, conocido por crear los personajes de la banda Gorillaz. Según sus palabras, las compañías que Hewlett posee se ubican cerca de los lugares donde están los grafitis. Además, Banksy es responsable del diseño de la portada del álbum Think Tank de Blur, banda también propiedad del creador de Gorillaz, lanzado en 2003. Hewlett lo niega.

En el año 2016, DJ Goldie, un músico inglés, en una entrevista para un sitio de podcasts habría accidentalmente nombrado el verdadero nombre de Banksy: Robert. Aunque muchos creen que no estaba hablando de Banksy sino de King Robbo, un grafitero inglés famoso cuyo nombre real es Robert, la teoría de que Banksy es en realidad el músico Robert Del Naja (amigo personal de Dj Goldie) empezó a crecer. Cuando le preguntaron al respecto, Del Naja contestó que no y en uno de sus conciertos dijo: “¡Todos somos Banksy!”

El mismo año el diario británico The Independent publicó una nota sobre un estudio de científicos de la Universidad Queen Mary de Londres que afirma que su nombre real es Robin Gunningham. El estudio se basó en una investigación periodística del diario The Mail On Sunday del año 2008 en el que se nombraba su identidad tomando como eje una presunta foto del artista tomada en el año 2004 en Jamaica y notando que los movimientos de Gunningham coincidían con los del artista anónimo, inferidos por sus obras. Los científicos chequearon patrones de localización de las obras de Banksy y patrones de comportamiento de Gunningham con métodos que aseguraron que se usan en criminología. Cruzando datos llegaron a la conclusión de que efectivamente Gunningham es la verdadera identidad de Banksy. Sin embargo, ni el propio Banksy ni sus colaboradores dieron ninguna clase de declaración al respecto.

Hay quienes dicen que en realidad es un inglés llamado Robin Banks. Pero no puede no notarse la broma: robbing banks significa robando bancos en inglés.

“Trabajo esclavo” mural pintado en la pared de Poundland, un negocio británico.

En el año 2000, todavía en Bristol, un fotógrafo de la revista Sleaze Nation llamado Steve Lazarides conoció a Banksy. Lazarides tenía una admiración especial por el arte callejero, así que le propuso asociarse para vender algunos de sus trabajos pintados en lienzo. En el año 2001 abrieron juntos un sitio web, Pictures in Walls, para promocionar el arte callejero. Así empezó una sociedad que se mantendría hasta el año 2008, cuando se separaron sin dar explicaciones. Se cree que fue Lazarides y sus fotos quienes catapultaron la carrera del artista anónimo.

La lista de las obras de Banksy es inagotable.

Pintó paredes en Inglaterra, Estados Unidos, México, Australia y Medio Oriente. “Vandalizó” espacios públicos, emplazó estatuas satíricas, organizó exposiciones, coló sus obras en galerías tradicionales, editó un CD de Paris Hilton que infiltró en disquerías, publicó cinco libros, filmó un documental por el que fue nominado al Oscar y rechazó subastar sus obras y ponerlas en museos.

Criticó a nuestra sociedad de todas las formas posibles.

Su estilo es muy difícil de encasillar. Más sabiendo que no sólo se dedica al grafiti, a pesar de ser esos trabajos sus más famosos. Su eje temático es la crítica de aquello que llamamos sentido común: ahí donde hay algo naturalizado, normalizado o incuestionable, Banksy pone su mano. Para ello explota la ironía y el sarcasmo. Armó un Stonhenge – el monumento inglés – de inodoros móviles. Pintó la palabra aburrido en un edificio totalmente gris. Puso aletas de tiburón en el estanque de un parque. Creó animatronics de animales usando como molde los productos que se obtienen de ellos. Hizo aparecer una mañana una estatua de un teléfono público con un pico clavado en él. Intervino obras de arte famosas volviéndolas una sátira.

Grafiteó ratas. Muchas ratas. Lo explica en Wall and Piece: “Existen sin permiso. Son odiadas, cazadas y perseguidas. Viven en tranquila desesperación entre la inmundicia. Y sin embargo son capaces de derrumbar civilizaciones enteras. Si eres sucio, insignificante y desamado, las ratas son tu mejor modelo a seguir.” Se ha dicho que sus ratas son o un homenaje o un robo al artista francés Blek Le Rat – Xavier Prou –, padre del stencil en el arte callejero. En una nota del diario Daily Mail del año 2008, Banksy cuenta que cada vez que considera que pintó algo original se da cuenta que Blek lo hizo también, sólo que veinte años antes. Blek no siente que él le esté robando; en la misma nota cuenta que se considera a sí mismo ya un artista viejo, y que se siente orgulloso que su trabajo sea admirado por un artista joven. Dice que esperó treinta años para que su obra sea popular, y que eso se lo debe a Banksy porque la gente cree que él es su inspiración.

Una rata pintada en el muro entre Israel y Palestina.

Otras de sus obras más famosas son las que pintó junto con el muralista Ben “Eine” Flynn en el año 2005 sobre el muro de Cisjordania, que separa Palestina de Israel, en la ciudad de Belén. Ahí aparecieron obras como la silueta de un protestante arrojando un ramo de flores en vez de piedras, una nena revisando a un militar, una paloma de la paz con un chaleco de balas.

Banksy no sólo vandaliza. Con estas obras, Banksy se compromete.

El año pasado vio la luz el Walled Off Hotel, un hotel diseñado por varios artistas entre los que se encuentra Banksy. Está ubicado en la ciudad de Belén en Palestina. Lejos de ser un chiste, el hotel cuenta con habitaciones diseñadas con un toque artístico, un bar con un piano, una galería de arte, un museo y un local de venta de souvenirs. El propio Banksy declaró que es “el hotel con la peor vista del mundo”: todas las habitaciones tienen vista al muro de Cisjordania en el que Banksy pintó años atrás.

Vista desde una ventana de “The walled off hotel”.

Los grafiteros tienen códigos.

En el documental Graffiti Wars que emitió el Canal 4 de Inglaterra se muestra la historia de la ‘guerra de grafitis’ que enfrentó a Banksy con John Robertson – King Robbo –, uno de los grafiteros más famosos de Inglaterra. Todo empezó en la década de los noventa, cuando Banksy asistió a una fiesta en la que estaba Robbo. Cuando le preguntaron si lo conocía, Banksy dijo que no. Según el relato de Robbo, la falta de respeto lo enfureció tanto que le pegó en la cara. Banksy se fue corriendo. Más de diez años después, en el 2009, se publicó el libro London Hand Styles donde Robbo cuenta la historia que tuvo con Banksy. Poco después de la publicación, Banksy intervino el único grafiti que quedaba de Robbo tras su retiro unos años antes, situado debajo del canal de Regent’s en Camden, Londres, una zona a la que solo se puede acceder en bote.

Banksy dijo no saber que ésa era la obra de Robbo porque con el tiempo que había pasado desde que se había pintado a finales de los ochenta se le habían hecho algunas pintadas por encima. Incluso mostró una foto del antes y el después. Pero eso no bastó: no hay nada peor para un grafitero que otro grafitero le destroce la obra. Robbo pintó las palabras “KING ROBBO” sobre la intervención de Banksy, y un tiempo después alguien le agregó las letras F U C a la palabra King formando la palabra fucking – maldito o jodido en inglés.

No se sabe si fue Banksy o alguno de sus fans, pero fue una declaración de guerra. Los dos grafiteros – y sus fans – se batieron en un duelo que consistió en arruinarse mutuamente las pintadas. Robbo no consiguió opacar la fama de Banksy: en el año 2011 sufrió una caída que le provocó daño cerebral y debió retirarse de las calles. Ese mismo año, fans de Robbo restauraron el mural que empezó la contienda y Banksy mismo pintó un perro con un símbolo de peligro y una llama, como un gesto de paz. Tres años después Robbo falleció a causa de su caída. Pero los ecos de la discordia se mantienen: siguen apareciendo en las calles y en las redes los “fuck banksy” y los “team robbo”.

Los grafiteros tienen códigos. Pero Banksy no es un grafitero.

Banksy no hace marketing: casi no da entrevistas a la prensa y no publicita su obra ni su trayectoria. Tiene una sola red social: una cuenta de Instagram que abrió en el 2013 y que usa muy poco, en la que sube cada tanto alguna imagen de sus obras. Su página web consiste en un fondo blanco con el dibujo de una rata con un cutter en la mano y un pañuelo en la trompa, pintada en blanco y negro con trazos violentos. A su izquierda, el menú también en el mismo estilo. outside (afuera), muestra fotos de obras en la calle; inside (adentro) muestra obras que fueron puestas en exposiciones o vendidas al público; Q+A muestra la leyenda “Envíe todas sus preguntas, quejas y amenazas a faq@banksy.co.uk. Banksy NO está en Facebook, Twitter, representado por Steve Lazarides o en ninguna galería comercial” y una foto en blanco y negro de un artista callejero retratando a una persona que tiene puesta un pasamontañas; hotel es un hipervínculo a la web del hotel Walled Off; theme park es otro hipervínculo a una web con fotos de Dismaland, un parque temático sátira de Disneyland que estuvo abierto al público entre el 22 de agosto y el 25 de septiembre del 2015.

Banksy elije esconderse, y tiene razones para hacerlo. Gran parte de su obra es ilegal y aparece de una noche para otra en las paredes sin que el dueño de la propiedad se haya ni siquiera enterado de ello. Si decidiese mostrarse, seguro el resultado sería unos cuántos años en la cárcel. No mostrarse es parte de su juego y parte de la mística que rodea su arte. Hay quienes creen que es una jugada brillante, pues el anonimato separa completamente la obra del artista. Hay quienes lo odian por las mismas razones.

En diciembre del 2006 el periodista de la CNN Max Foster definió como banksy effect al aumento de popularidad de los artistas callejeros. Según él, fue gracias a Banksy que los artistas que hasta entonces se encontraban por fuera del mercado del arte empezaran a ganar popularidad. Así, Banksy es descripto como un pionero y como el responsable de un cambio de concepción sobre el estatus artístico del arte callejero, que hasta ese entonces no circulaba en los espacios tradicionales: subastas, galerías, museos. Muchos artistas lo consideran una especie de profeta. Su forma de agradecerle: resguardar su identidad. Seguir alimentando el mito.

No se sabe bien de qué vive Banksy. Quizás tenga otro trabajo en su otra identidad, como Bruce Wayne y Batman. Las obras que vende a unas pocas libras son las que pinta en lienzo, pero acceder a ellas es muy difícil porque son muy pocas. Las que hace en la calle se quedan ahí hasta que son tapadas por otros grafitis o por el gobierno. Esas obras no las vende, sin embargo hay algunos que las venden por él. En el documental Saving Banksy que se estrenó el año pasado se muestra la trama de la estafa con sus obras. Stephan Kezsler, un galerista y coleccionista, se toma el trabajo de remover sus obras hechas en la calle y subastarlas de forma privada. Obtiene cientos de miles de libras por cada obra. Como el autor no puede adjudicarse su propiedad tampoco puede recibir retribución. Banksy no ve una sola libra de las que recibe Kezsler vendiendo su trabajo.

Kezsler es una especie de némesis para los artistas callejeros, que lo ven como un oportunista que lucra con el trabajo de un artista que decidió hacer su obra en la calle para que la vea todo el mundo. Pero para Kezsler no es así: las obras están en la calle y el único propietario de ellas es quien es dueño de la superficie en la que se pintó. Basta con comprar el pedazo de pared.

Sea como sea, muchos banksys van a parar a las casas de coleccionistas multimillonarios.

 

“Imagínense una ciudad en donde el grafiti no sea ilegal, una ciudad donde todos pudiesen dibujar en donde les guste. Donde cada calle estuviese inundada con un millón de colores y pequeñas frases. Donde pararse a esperar el colectivo nunca fuese aburrido. Una ciudad que se sienta como una fiesta a la que todo el mundo está invitado, no sólo los agentes del Estado y los barones de los grandes negocios. Imagínense una ciudad como esa y dejen de apoyarse contra la pared – está mojada.”

Así lo dice en Wall and Piece.

Un tipo atrás de una máscara que no existe. Un tipo atrás de una palabra que se esfuma cuando le pintan por encima. Un tipo atrás de una etiqueta que más que etiqueta es una leyenda. Podría ser cualquiera. Un empresario, un coleccionista, un empleado de un banco, un taxista.

Un anónimo.

Ojalá todos fuésemos Banksy.

Comentarios

Comentarios