“¡No vayas a la UBA! ¡No vayas a la UBA! No van a tener clases nunca. Viven parando. No sabés cuando vas a terminar”.

Con eso me taladraban los oídos mis viejos, cuando terminé la secundaria en 2006. Por suerte, una de las pocas cosas que tenía clara a esa edad era que quería estudiar en la Universidad de Buenos Aires, aunque no supiese bien que carrera.  Creo que la había idealizado un poco. Seguramente por las historias que contaba la gente más grande: la libertad, las jodas, el amor libre y fraternal. Estudiar ahí era algo heroico. Hasta escuché tratar de “sobrevivientes”a los que la terminaban. Sentía que si quería estar donde sucedía la cosa, con los que metían las manos en la masa, tenía que estar ahí.

Si bien no llegó a matarme, se puede decir que me recibí con lo último de mis fuerzas y muy mal herido. Primero me animé con Medicina, pero al toque me di cuenta que no era tan kamikaze. Después por Bioquímica, que me torturó hasta hacerme cambiar a Farmacia que era, al menos, un año más corta. En el camino pasaron diez años, 49 cursadas, dos mundiales, más de 49 finales, tres presidentes y ningún paro. Cero orgías y cero paros. Todo chamuyo.

A pesar de eso, sobre el final de la carrera, me di cuenta que no me molestaba tanto estudiar y, de hecho, me gustaba estar ahí. Es cómo que uno le toma el gustito a ese dolor-placer.  A vivir para estudiar y trabajar. Cuando superás la rebeldía juvenil y lográs dominar la insoportable ansiedad de llegar a la meta, por momentos se puede disfrutar. Y aunque al principio juré y volví a jurar que cuando terminara no iba a estudiar nunca más, una vez que me recibí, solo aguante sin volver a ese edificio seis miserables meses.

La verdad es que llegué a amar mi facultad. Creo que la universidad pública es una de las pocas cosas de las que podemos estar cien por ciento orgullosos los argentinos y las argentinas. Todos estamos de acuerdo en esto. Nunca pude dejar de pensar que la única manera de sostener a este gigante es dando una manito. Por eso, y porque siempre me apasionó la docencia, decidí hacer la escuela de ayudantes de cátedra.

Hoy en día trabajo en un laboratorio farmacéutico muy conocido y soy ayudante de segunda en la cátedra de Física de la Facultad de Farmacia y Bioquímica, con lo cual, vivo en carne propia la incoherencia que existe entre los sueldos de los docentes universitarios y profesionales de cualquier carrera en el ámbito privado.

Para que se entienda: charlando con la profesora que daba el curso de ayudantes nos reíamos (para no llorar) de las diferencias que existen. En mi trabajo, en el que tengo un año y medio de antigüedad (y recientemente recibido) yo cobro prácticamente el doble que ella, que trabaja en la cátedra hace 19 años, es investigadora CONICET y tiene un doctorado, además de estar dándome las clases. Un alumno que cobra mucho más que el profesor.  Pero pareciera que este gobierno cree que se los puede exprimir todavía un poco más…

En lo que va del año, en la empresa en la que estoy me dieron un 24% de aumento y aún, sigue faltando un tercer ajuste anual. Como docente trabajo “Ad Honorem”, pero si cobrase, a esta altura me hubiesen dado un 5%. En la mesa paritaria de mediados de este mes, el ministro de Educación, Alejandro Finocchiaro, se la jugó ofreciendo otro 5,8% que se percibiría con el sueldo de agosto (lo que sumaría un 10,8%). Después de que los profesores rechazaran rápidamente la oferta, como era lógico que hicieran, este lunes, el gobierno continuó la negociación arrimando un 15% para el acumulado anual. Obviamente con la misma respuesta. En la mesa del miércoles jugó su última carta en esta timba de la mierda ofreciendo el mismo 15% con dos sumas no bonificables que en un promedio extraño sumaría 21% para todo el año. ¡Y no va más señores! Yo pienso: subir la oferta seis puntos en tres días, ¿No es admitir que te quisieron cagar?

Reconocen que la inflación proyectada para fines de este 2018 será mayor al 30% y pretende que los profesores se conformen con un aumento de la mitad. Se ve que no le alcanza con tener veinte mil “Ad Honorem” que laburan gratis. Cuando surgió el mismo conflicto con los maestros, la excusa era que el ausentismo era alto y la preparación de los profesores no era suficiente. Ahora no pueden utilizar ninguno de estos argumentos porque los docentes universitarios tienen, en general, ausentismos bajos y suelen estar sobrecalificados para los puestos que ocupan. Aún así, siguen intentando tomarles el pelo. No alcanzó con los jubilados, ni con los maestros, ni con el CONICET, ni el INTI, así que continuaron por el siguiente sector vulnerado. Ni hablar del presupuesto, Finocchiaro nos trata de vender que aumentó, como si nos chuapasemos el dedo,  porque creció la cifra en pesos pero todos sabemos que el real es inferior a cuando asumieron y encima no lo ejecutan en su totalidad.

Por eso creo que ir a esta marcha es una una obligación de todos los que quieren que los jóvenes, el día de mañana, tengan la oportunidad de estudiar en una universidad prestigiosa y gratuita, así como la que tenemos ahora.

Esta vez la injusticia es demasiado evidente, tanto, que suena a una apuesta a la demagogia. A intento de destruir un factor decisivo para la igualdad social. Un medio para que cualquiera pueda crecer. Un lugar en el que el mejor es el que más se esfuerza sin importar de dónde venga. La universidad pública la hicimos, durante muchos años, y la hacemos todavía, entre todos. No vamos a dejar que un gobierno circunstancial la derrumbe desde una cómoda oficina.

 

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