¿Qué es Wacho? La pregunta que me hicieron una infinidad de veces y que hasta yo mismo, en más de una oportunidad, me hice. Creí, de alguna manera y con bastante ingenuidad, que la incógnita se respondía sola y fácil con nuestro manifiesto. Esas palabras que nos marcaron un siete de septiembre cuando decidimos llevar a cabo este proyecto sin saber si iba a durar una semana, un mes, un año o ¡dos! Pero hoy, un siete de septiembre de 2018 me doy cuenta de que eso sólo decía quiénes éramos nosotros, y no qué era Wacho.

Lo primero que puedo responder a esa pregunta es que Wacho son 730 días, 17520 horas e infinidad de minutos. Wacho es tiempo. El que por lo menos a nosotros no nos corrió ni nos defraudó, el que más de una vez se alargó o se acortó para ajustarse a nosotros. A nuestros tiempos. Sí, Wacho fue y es parte de nosotros como el tiempo lo es constantemente en nuestras vidas.

Pero Wacho también es, y acá quizás sí hablo personalmente, una familia. Una que formamos sin darnos cuenta de lo que estaba pasando. Fue un poco antes de ese siete de septiembre; fue seguramente muchísimo antes, cuando la mayoría de nosotros se fue conociendo por el simple arte de “conocerse”. Algunos cuando empezaron a tirar sus primeras puteadas o escribir esos machetes que los hicieron zafar de un par de materias. Otros, ya un poco más grandes cuando se preguntaron “¿qué carajo hacemos acá dando vueltas en esta vida?” y se toparon con uno de nosotros por mera casualidad. Pero sea cual sea el motivo y el tiempo que nos unió, logró que formáramos este grupo de personas que hace meses y meses se junta, comparte y disfruta de ser Wacho.

Nos animamos y unimos a personas que venían de distintos palos para que cada uno desde su lugar pudiera poner en palabras lo que sentía. Periodistas, escritores, psicólogos, farmacéuticos, abogados, opinólogos, locos, gordos, flacos, altos, bajos, hombres, mujeres, gays, heterosexuales, etc. No hubo diferencias, etiquetas, ni siquiera un fu ni fa. Solo buscábamos un lugar donde poder expresarnos, hablar y escribir lo que pensábamos. Contar historias, comunicar y poder hablar. Bah, decir cosas y que alguien del otro lado pudiera escucharlas.

Recibimos puteadas. Sí, un montón y nos bajonearon. Pensamos en mandar todo a la mierda y más de una vez. También nos llegaron un montón de mensajes -y vuelvo a hablar de manera personal acá- que nos la subieron de manera inimaginable. Comentarios positivos, constructivos, desinteresados y con la mejor de las intenciones. Siempre impulsando que sigamos con el proyecto, que les “alegraba los viajes en subte” o que era “su escape en las horas de trabajo”.

Agarramos una cámara y contamos la historia de Cacho, un tipo que hace treinta años vive en la estación de Constitución sin un peso y que a pesar de eso quiere lo mejor -y cuando digo lo mejor, lo siento y lo sé- para su hijo. O los sueños de Miuka, la dragqueen del Club 69 que tiene el sueño de triunfar en Los Ángeles. Pasamos horas y horas en el Polo Cultural Saldías mostrando lo que pasa cuando un grupo de jóvenes como nosotros se unen para hacer que su arte rompa paredes y logre algo más que sonar en la radio del momento.

Fueron dos años en los que nosotros mismos aprendimos qué es Wacho. Y sin darnos cuenta, logramos que sea mucho más de lo que esperábamos. Mucho más que un simple lugar donde escupir palabras. Mucho más que una revista o un medio. Mucho más que eso… Porque hoy Wacho es nuestra voz y después de dos años sigue bien alta. Y este siete de septiembre no me queda más que decir: ¡Gracias Wacho!

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