-“Dos aviones acaban de chocar las torres”-. Así me despertó mi vieja hace 17 años.

¿Qué torres? Pensé yo. Lo más parecido a una torre que conozco es el rulero de Libertador.

¡Hijos de puta, tiraron el rulero!

-“Las torres tarado, mirá”-. Y me sentó enfrente de la CNN.

Mi vieja estaba en shock. La periodista con acento neutro estaba en shock. Asumí que ese mismo estado tenía que adoptar yo.

De repente, las torres empezaron a derrumbarse. ¡Ay no!, dijo mi mamá. ¡Ay no!, dijo la periodista. ¡Ay si!, dijo el dueño del canal mientras el rating subía.

Ese día fue martes feriado. Día del maestro. Asi que después de ver caer las torres me fui con amigos al Showcase de Panamericana.

A la noche la tele siguió con el mismo tema. Susana entrevistaba a un especialista que le decía que lo de las torres había sido una predicción de Nostradamus.

Al otro día, las cosas estuvieron un poquito más claras. El siglo XXI había encontrado a su Hitler. Esta vez vino en formato árabe. Osama Bin Laden, lindo nombre para un villano.

“El mundo cambió” aseguró mi profesora de historia.

En ese momento, con mis 12 años, no entendí muy bien por qué. El cable seguía andando, mi abuela seguía internada y mis braquets estaban más firmes que nunca. Poco cambio.

Ahora en retrospectiva, y con los dientes derechos, esa frase tiene un poco más de sentido.

Al Qaeda, Irak, ántrax, Saddam, Afganistán, armas de destrucción masiva, talibán, terrorismo. SEGURIDAD.

Es verdad, el mundo había cambiado.

Y nosotros acá en el sur.

Quién se iba a imaginar en septiembre, que para nosotros diciembre iba a ser peor.

2001, que año.

 

 

 

 

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