Ciento veinte días. Ciento setenta y dos mil minutos. Y bueno, supongo que millones de segundos. Sí, todo ese tiempo me tomó entender y darme cuenta que habían pasado cuatro meses desde que había decidido subirme a un avión pensando en no volver. Hasta el día de hoy no lo había visto con claridad y seguramente, teniendo en cuenta los acontecimientos que se fueron dando con el tiempo, no había sido del todo consciente. Pero estoy convencido -o soy de los que se autoconvencen en algún punto- de que estos últimos cuatro meses “sabáticos” fueron más que una escuela en el arte de “no hacer nada”.

Llegué a Barcelona con la esperanza, o para ser más exactos el plan, de conseguir un trabajo en un bar -de ser posible sirviendo cervezas- y poder dedicar mi tiempo libre a escribir. Sentarme horas y horas en un pequeño café catalán alejado del bullicio de La Rambla y tipear infinitas palabras, ideas y pensamientos. Darle rienda suelta al imaginario de mi cabeza y escupir entre vasos de Estrella Dahm el título de un posible libro o novela. Lo veía con claridad y hasta por momentos, entre bostezos y lagañas, parecía hacerse realidad. Mentiría si te digo que no lo intenté, pero los días empezaron a arrancarse del calendario mental y poco a poco el sueño se fue apagando.

Con el tiempo las cosas se fueron poniendo duras: el trabajo en negro pasó a ser casi una mala palabra de este lado del charco, las exigencias empezaron a colmar mi autoestima y los papeles -sí, los benditos papeles para ser un inmigrante legal en España- se fueron alejando cada vez de mi alcance. Fue ahí que nació esa especie de pacto entre lo más loco y ansioso que tengo dentro mío; entre mi cordura y paciencia. Una mezcla rara, digna de una ensalada palermitana que une un “fino colchón de hierbas orgánicas” con un choripán de cancha como si el simple arte de mezclar fuera lo que prevalece. Y sí, acá hubo un poco de eso: licuar y procesar todo lo que fue pasando en mi cabeza para conseguir aunque sea un poco de esa ensalada palermitana con chori arriba.

Esa decisión o pacto interno, acompañado por eternas mañanas de aburrimiento y Netflix, me llevaron a descubrir cómo el arte de “no hacer nada” puede ser mucho más que mirar el techo y contar las manchas de la pared. Fue ahí que nació sin previo aviso lo que cualquier “genio” de la autoayuda llamaría “auto-descubrimiento”; pero que yo prefiero llamar simplemente el tener tiempo para uno mismo.

Lo primero que fue creciendo en mi cabeza fue una necesidad imperiosa de aprender. Llenar mi biblioteca neuronal con nombres impronunciables e imágenes desconocidas. Invertí horas enteras en leer artículos de Wikipedia que en cualquier otro momento hubiera obviado o esquivado; y me miré cualquier documental o serie sobre personajes cuestionables, hechos incomprobables -algunos sí, otros no- y lugares remotos que desconocía que existían en este pequeño planeta. A veces lo mechaba con algún capítulo viejo de How I Met Your Mother o Lovesick, pero siempre había lugar para algo nuevo y desconocido que ayudaba a convencerme de que el día había sido productivo y que todavía en este mundo me quedaba mucho más por aprender.

Hubo días y momentos de experimentación personal. Me dejé crecer la barba y me la recorté una, otra y otra vez. Se transformó en un juego, un pasatiempo, algo que antes me molestaba y me parecía una pérdida de tiempo, tuvo un pequeño lugar dentro de mi poco atareado día. Cronometré distancias y calculé pasos: de la cocina al cuarto, de la terraza al baño y, algunos días un poco más osados, me entrené en los seis pisos de escaleras que obligadamente tenía que subir y bajar para llegar a mi casa.

Aprendí a tomar café, aunque hasta hace menos de seis meses lo odiaba. Empecé por el capuccino con algo de azúcar hasta terminar en el negro molido y bien amargo que me ayuda a despertarme todas las mañanas aunque no tenga nada que hacer después de terminar la tercera taza.

Sin haber sido del todo consciente, me fui a vivir con mi novia. Creo que ninguno de los dos sabía exactamente de qué se trataba y cómo lo íbamos a sobrellevar juntos. Hubo miedos, incertidumbres y desconocimientos; pero no hizo falta ni una pelea para entendernos a la perfección. Tuve días donde pasé horas y horas solo, y días donde estuvimos juntos tirados sin movernos un segundo. Aprendí a cocinar para alguien y a darme cuenta con un solo gesto si le gustaba o no lo que había hecho. Aprendí a ser el que espera que el otro llegue de trabajar, a querer ver a alguien todos los días, alegrarme como un perro que quiere que su dueño vuelva, ponerme como loco cuando escucho las llaves golpear la puerta y bajonearme cada mañana que la oigo cerrar.

La terraza de mi monoambiente (lo destaco porque la parte exterior tiene el triple de espacio y sirve de escape cuando las cuatro paredes se hacen cada vez más chicas) hace de perfecto hogar para escupir ideas en la computadora; pero también para pasar horas y horas tomando cervezas de lata y comiendo hummus de supermercado con zanahorias. Una combinación perfecta que descubrí por azar y que me sigue acompañando una o dos veces por semana.

Extrañé. Sí, pensé que no lo iba a decir y mucho menos a hacer. Pero “esta vez” los años, la distancia y la nostalgia me pegaron duro. Por primera vez llamé, y en varias ocasiones, deliberadamente a mis viejos para saber cómo andaban, qué hacían y cómo estaban mis perras. Les dije y compartí cosas que, creo, nunca les hubiera dicho. O por lo menos, la lejanía las hizo sonar mejor…

Ah, y creo que lloré lo mismo que en toda mi vida. Por frustraciones y alegrías. Bronca y enojos conmigo mismo. Hubo días donde me maquinaba y pensaba que me había equivocado, no le encontraba la vuelta, la solución. Otros en los que se me escapaba una lágrima de solo darme cuenta dónde estaba y con quién. Ahí fue que entendí que la única libertad humana es elegir, y yo lo estoy haciendo.

Llegué a odiar Barcelona, la ciudad que siempre dije que era donde me gustaría vivir si no fuera en Buenos Aires, y claro, conocerla como nunca. La recorrí al punto de putearla en cuarenta mil idiomas. Me re cagué de calor y fui tantas veces a la playa como nunca en mi vida. Me empaché de tapas, tomé muchas cañas en los chinos más baratos del barrio y me bardeé -en reiteradas ocasiones- con pakistaníes que me quisieron cobrar la lata a más de 70 centavos. Sí, creo que me hice un poco catalán.

Pero entre todas esas cosas que me fueron pasando en los últimos ciento veinte días -podría seguir y seguir enumerando- me di cuenta de lo lindo que puede ser tener ese tiempo “sabático” aunque no hubiese sido planeado. Esos “días libres” para poder elegir qué hacer cada hora de mi día. Y aunque es cierto que el arte de no hacer nada puede volver loco hasta a los más cuerdos; creo que en esa locura yace la esencia de poder encontrarse a uno mismo. Encontrarse haciendo nada y todo a la vez. Descubriendo cómo ser alguien en el “arte de no hacer nada”.

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