“Ya no soy, ya no soy
la infantil criatura, la inocencia se acabó.
Ya no soy, ya no soy
la de ese cuerpo extraño
ahora siente el corazón.
¿Qué pasa en el siguiente día?”
En el 2000 – Natalia Lafourcade

El espejo del ascensor me muestra que mi patilla derecha ya no es negra como el centro de la calle, de a poco se va pareciendo a la senda peatonal. Esas cinco canas que se asoman delatan que en pocos días cumplo treinta: extraña edad.

De chico me imaginaba que para esta altura iba a estar casado, con un bebé, dueño de mi propia casa, ascendiendo en un trabajo y bastante serio como para seguir haciendo las cosas que en ese momento hacía. Nada de eso pasa.

Los treinta son raros.

Llegan con varios mitos derribados y algunos interrogantes por responder. Tengo la madurez necesaria para no angustiarme por no ser ese personaje que de chico proyecté, pero también, arrastro ciertos resabios de boba adolescencia y tierna niñez.

Soy el que en el trabajo se pone una corbata para tener reuniones de negocio por negocios que nunca van a ser míos y que todavía llama a su papá cada vez que se le rompe la cadena del baño. Ya puedo hablar de política a partir de mis propias experiencias pero no se bien como empezar un trámite en la AFIP.

Me siento grande (en el buen sentido) cuando noto las seguridades que fui ganando. Miro para atrás y sonrío pensando en todas las veces que por los juicios de otros dejé de ser yo mismo. Pienso en esas personas que alguna vez ejercieron peso en mi cabeza y que hoy ni siquiera podría reconocerlas en la fila del supermercado. Como la morocha que a los trece me dijo que mis brackets me hacían muy feo y que sin imaginárselo me borró la sonrisa de las fotos. O el petiso de quinto año que me hizo disimular mi andar a partir del día que me agarró en un pasillo del colegio y riéndose me dijo que yo caminaba como una nena.

También pienso en las veces en las que el exceso de coraje me jugó una mala pasada. Como el día que me peleé con mi viejo y me escapé de casa. No sabía a donde ir y terminé en la terraza del edificio. Volví a la media hora excusándome en que no quería que mi hermano se preocupara.

Por suerte las discusiones con mi viejo ya no terminan en gritos. En este tiempo no solo crecí yo, él también. Nos animamos a compartirnos cosas de nuestras vidas que nos hicieron entender al otro un poco mejor.  

Además, aunque yo no tenga hijos, algunos amigos ya los tienen y verlos a ellos siendo papás me hace entender y querer más a los míos. De mis amigos conozco todos sus puntos flojos, sus hijos en cambio todavía no. Ellos les recriminan a sus viejos no ser Superman y yo se que aunque mis amigos tienen muchas virtudes nunca lo van a ser porque nadie lo es.

La relación con mi viejo no es la única que mejoró. Al estar más seguro de mi mismo, me siento más cómodo contando las cosas que me pasan y a la vez, del otro lado encuentro la misma respuesta.

Amigos que pensé que iban a durar toda la vida no duraron más de dos cuatrimestres de la facultad. En cambio con otros, qué juré que cuando terminara el colegio las pequeñas diferencias nos iban a distanciar, estoy más hermanado que nunca.

Con el tiempo te das cuenta que los gustos y los intereses te pueden acercar a una persona, pero para querer realmente desear su compañía necesitás algo más. Y ese algo, es poder sentirte cómodo siendo tu parte más insegura.

Tanto la gente con la que elijo seguir estando como la que no, me regalaron a lo largo de estos casi treinta años una gran cantidad de historias que me ayudan a ser más comprensivo. Mientras más personas conozco, más me doy cuenta de que Disney no existe. Y eso me da bastante tranquilidad.

Aprendí que enamorarse no es tan fácil, estar en pareja no es para todos y lo que funciona en una relación no siempre sirve en otra. Sin embargo, aunque no estoy de novio puedo dar fe de que el amor para toda la vida existe pero también, que los cuernos son mucho más comunes de lo que nos dicen que son. Perdonar tampoco es fácil pero si lo lográs hacer el mayor beneficiado sos vos.

Digo esto y pienso en todas las veces que sigo dejando que la bronca, la inseguridad y los celos me invadan, y me doy cuenta lo difícil que es poner en práctica lo aprendido.

Es que probablemente la vida sea siempre esto: un tira y afloje entre miedos superados y otros por vencer. Las próximas décadas me lo dirán. Lo bueno, es que los treinta no son el fin de la carrera.

 

 

Comentarios

Comentarios