Por Sabrina Pagnotta

No lo hago a propósito. No es algo que haya elegido ni sé cómo controlarlo. La cuestión es que tengo una irrefrenable, incontenible e indisimulable cara de orto casi todo el tiempo. A veces, aún cuando la estoy pasando bien.

Mi expresión es “seria”, siendo generosos. Cuando no me conocen, pareciera que a la gente le da miedo hablarme o preguntarme algo. No exagero, es más, para corroborar que no fuese solo una impresión mía les pregunté a los que hoy me conocen de verdad, y resulta que al principio todos pensaron que yo pensaba que eran unos pelotudos, y que si me hablaban los iba a mandar a la mierda.

“¿Qué te pasa que tenés esa cara?”, “¿Dije algo que te molestó?”, “La estás pasando re mal, ¿no?”. A veces, aun cuando me estoy divirtiendo, pareciera que en mi cabeza estoy pensando en asesinar lentamente a alguien. O como mínimo, que estoy aburrida, enojada o molesta. Creo que interpretar a Merlina Adams sería mi trabajo ideal.

Cuando me acuerdo, relajo los músculos de la cara y aflojo el entrecejo, pero en cuanto me concentro en otra cosa vuelve mi cara asesina. Cada vez que me veo de fondo en fotos “casuales” sin posar, me pregunto cómo es que tengo amigos.

Esta “característica” o “condición” me torturó durante toda mi vida hasta hace poco, cuando me enteré que no soy la única que lo padece y que incluso tiene un nombre: resting bitch face. Tiene sentido, porque básicamente tu cara por defecto, cuando está de descanso y no estás haciendo ninguna expresión, es una tremenda cara de orto, como la de nuestra querida y recordada Daria.

Urban Dictionary define la resting bitch face (RBF) como la cara de una persona que “naturalmente se ve mala cuando su cara está inexpresiva, sin proponérselo”. En internet hay memes, rankings de BuzzFeed y hasta famosxs que son casos referentes, como Anna Kendrick, Victoria Beckham, Kristen Stewart o Kanye West. Gracias a eso yo también empecé a reírme de la cuestión y dejé de pensar que tenía que hacerme un retoque en la cara.

 

Esto es real y, aunque no lo crean, existen estudios hechos con un software de reconocimiento facial, que compara las emociones que inspiran rostros “neutrales” y otros con resting bitch face. En esencia, lo que predomina en el segundo caso es desdén, aburrimiento, desagrado o molestia. La sensación de que algo es inútil o que merece desprecio. Es todo en base a ínfimos gestos de la cara, de esos que no se pueden controlar porque forman parte de la expresión en reposo. Nombraban, por ejemplo, un labio ligeramente hacia atrás pero no sonriendo, o los ojos ligeramente entrecerrados.

Si viste Inside Out (Intensamente) te imaginarás que la emoción que controla nuestros cerebros es Disgust.

Pero mucho más ilustrativo que todos estos datos es un buen ejemplo concreto. Hace un par de meses iba caminando por la calle pensando en la nada misma, y vi venir a una chica caminando en sentido opuesto. Noté que estaba perdida y la miré como para decirle sin hablar “dale, preguntame”. Pero ella puso cara de horror. Fue todo en milésimas de segundo, pero pasó. Se asustó, se arrepintió y no me preguntó nada.

Me dije, “te equivocaste, no quería preguntar”. Pero, cuando me di vuelta para chequear, vi que la chica paró a la mujer que venía atrás mío y le hizo a ella la pregunta. O sea que me dejó pasar y eligió a la siguiente persona que encontró en su camino. Porque seguramente cuando la miré, mi cara le dijo “odio al mundo y a todos los pelotudos como vos que hacen preguntas en la calle” y no le inspiré muchas ganas de hablarme.

Andá a saber cuántas veces más alguien quiso decirme algo y se contuvo porque involuntariamente le puse cara de pocos amigos.

Que quede claro, no me siento ninguna víctima. El tema está en mi cara y en esos indicios de desdén que emana. Alguna señal de que me da lo mismo, de que no quiero interactuar.

Y, a decir verdad, a veces es útil. Por ejemplo, cuando me propongo emanar rayos de desprecio a un jeropa en la calle, cuando no quiero que me vengan a hablar en el trabajo, en un boliche, en cualquier lado… mi cara habla por sí sola.

Igual, cabe destacar, en tiempos de #NiUnaMenos y mujeres haciéndose escuchar en todo el mundo, que esta cuestión deja en evidencia un micromachismo más: el de esperar que las mujeres sonrían simplemente porque se supone que tienen que hacerlo. El estudio del que hablé demostró que existe la misma tendencia en hombres y mujeres, y sin embargo, solo a nosotras se nos hacen los comentarios del tipo “sonreí un poquito más, que no le vas gustar a nadie”.

El nombre mismo encierra un micromachismo: “bitch” remite indefectiblemente a una mujer, aunque estamos hablando de algo universal.

Lo que pasa es que se nota más porque de nosotras se espera que estemos contentas, sonrientes y nos llevemos bien con los demás. Pero yo ya aprendí a querer mi RBF. En algún punto es un mecanismo de defensa, una barrera que tiene uno como persona reservada para no abrirse tan fácil con todo el mundo. Y sí, obviamente, a veces me gustaría verme más simpática; no siempre quiero espantar a la gente.

Y aunque mi cara difícilmente cambie, cada día me comprometo a ser más consciente de mi condición. La próxima, cuando me estés mirando y no te animes a hablarme, voy a ser yo la que tome la iniciativa y te explique que no me pasa nada, que solo tengo resting bitch face, pero que en realidad soy copada.

 

Por: Sabrina Pagnotta

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