Una dolorosa debilidad por todo lo que no sabe, no tiene fuerza o tiene miedo. Soy presa de un instinto protector que, intuyo, algún día va a matarme.

Hacía cuatro semanas que no hacíamos el amor y empecé a llorar todos los días. Tu distancia con buenos modales me estaba destruyendo, acentuando el hueco que desde que tengo nueve años siento justo en donde el cuello se junta con el resto del cuerpo. Es ansiedad, dijo alguna psicóloga; es artista, contestó mi papá. Y yo, la portadora del hueco infranqueable, desconocedora de las batallas léxicas o simplemente poco interesada, moría de angustia y genialidad en un rincón luminoso de la vida. Tantas contradicciones que casi era algo normal, otra experiencia humana ordinaria.

Empezamos a alejarnos como empiezan todos, sin darnos cuenta ni poder evitarlo. No hubo una pelea, una palabra, un dolor sobresaliente. No hubo nada. Simplemente dejamos de buscarnos y nos dedicamos a balbucear algo que cumpliera las expectativas antes de cerrar los ojos. Dulce, pero absolutamente alarmante. Dormirse con dudas de lo que pueda pasar es algo a lo que no me acostumbro, y así me dormía yo al lado tuyo. Pero esta no es una historia sobre cómo se desvanece el amor.

Cuando empezamos a salir, acababa de visitar a un psiquiatra por primera vez. Suena grave pero en realidad solo quería saber si yo era normal. Lo mismo que todos los demás. Estaba aterrada, como si alguien fuese a leerme el pensamiento, el aura y ver la película de mi vida entera, todo a la vez. ¿Qué me diría esta adivina?¿Estaría condenada o podría continuar viviendo, como si nada, entre los normales?

Ese día, en el colectivo, las piernas me temblaron pero no tanto como para que los demás lo notaran. Sentí que estaba yendo a examinarme a un centro de la NASA, o que iba a someterme a algún tribunal que determinaría el tipo de existencia que tendría para siempre. Cuando llegué, toqué el portero eléctrico y dije mi nombre de pila después de que una voz femenina me interpelara. Es extraño presentarse ante nadie.

Depresión, ansiedad, personalidades múltiples. Los pocos diagnósticos que había googleado me quedaban hechos a medida. Tenía todo eso y más, el hueco lo contenía, mi personalidad lo ocultaba. Yo lo sabía.

El consultorio era todo lo neutral que puede ser un espacio decorado por un ser humano. No pude sacar más conclusiones que la vehemencia con la cual esta mujer quería evitar las conjeturas de sus pacientes. Ante paredes tan blancas me sumí en un terror que pude reconocer.

Nos sentamos. No era un sillón sino un escritorio: ella de un lado y yo del otro. Me iba a hacer preguntas, “para conocerme”. Mi edad, mi estado civil, mis papás, mi carrera, mis pensamientos. Mis pensamientos. ¿Cuánto debía revelarle de esa guerra sangrienta en la que solo yo peleaba? Sentí que tenía que encubrir algo, que cuidar las espaldas de alguien que acababa de cometer un crimen.

Mi silencio empeoró la situación. Ella quiso hacerme sentir cómoda y yo solo me sentí más culpable por no poder describir con exactitud las turbulencias que administraba a diario. No quería asustarla, o asustarme a mí misma, o que pensara que era un monstruo o una loca. No quería la sentencia definitiva que había venido a buscar, sino irme de ahí siendo la misma de siempre, con mi hueco a veces más y otras veces menos controlado. El hueco de toda la vida.

Hace siete semanas que no hacemos el amor y yo lloro todos los días. Hay dos canciones que escucho y me hacen sentir cosas raras en el cuerpo. Busco asientos vacíos en el colectivo para sentarme al lado de una ventanilla y sentir que estoy en una peli. En estos días en los que la casa es hostil, todos los estímulos me hacen llorar: el viento sobre la piel, un adjetivo, verte abrocharte la camisa. ¿Cuántas cosas juntas pueden entrar en el hueco? Las que existen y las que no tanto. Todo lo contiene y lo abarca, estirándome hasta que no me estiro más. Y ahí vemos.

Nueve semanas y media y mi cara ya está deformada por la pena de sentir que tu mano se me escapa. Incapaz de restablecer conexión, me vuelco al dolor como si no tuviera una rutina de la cual ocuparme. Lavar un plato me cuesta la vida, es curioso cómo la tristeza tiene la cualidad de multiplicar el peso de los objetos ordinarios. Entre esfuerzos efímeros y miradas largas en el espejo, conformo un cliché que el hueco sabe no es verdadero y pronto podrá tragarse también, porque así como destruye, reinventa a un alto costo.

Ya van más semanas y estamos en la cama. Me doy vuelta y apoyo mi cara en tu pecho. Me encanta sentir tu olor y saberte al lado mío. Me gusta posta, no es que me conforma. Acerco todo mi cuerpo al tuyo y con el único brazo que no tengo aplastado te rodeo fuerte y acomodo mi mano en tu hombro con un calce perfecto. Me devolvés un abrazo apretado y susurrás algo que no entiendo pero que me hace llorar. Me quedo dormida con los ojos mojados y esa dolorosa debilidad que, estoy segura, algún día va a matarme.

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