El miedo y la ansiedad me comían el cerebro. Ya iban diez minutos que estaba esperando y no aparecía. Si mi viejo caía se me iba a complicar la cosa y ni hablar, si levantaba el teléfono para llamar a mi abuela y escuchaba el desorbitante y agudo ruido de la joven internet.

Pegué un salto de la silla, algo bajaba por mi espalda. No era una cucaracha ni una araña, sino las primeras gotas de transpiración. Nunca antes había sentido el sudor deslizándose por mi columna hasta llegar a la cadera cual canilla mal cerrada. Estaba asustado, pero, más estaba enamorado. Necesitaba escuchar ese “cucu” que me devolviera el alma.

Estoy hablando de la primera. Esa que te hace pensar que creciste y que, aunque no tengas nada porque tenés 13 años, lo dejarías todo por ella. De cierto modo así era, ya que la conexión vía teléfono para usar el ICQ no solo bloqueaba toda posibilidad de contacto de mi familia, sino que también era carísima la jodita de charlar con ella.

Castaña de pelo largo, con una sonrisa única que nunca volví a ver. Me acuerdo de su buzo Adidas blanco y de un par de pecas que mejoraban sus mejillas para hacerla perfecta.

Así, transpirando y con mi cara roja esperaba que aparezca su nombre en mayúscula al lado de la florcita verde para desenvolver todo el chamuyo que venía pensando desde la mañana en matemática. Yo no era de los cobardes que lanzaban el “Hola” para esperar el “Qué haces? “y responder solo un “bien y vos” para tirarle la pelota a ella. Iba de frente, de una, sin esperar el incómodo “Qué contás?”  y empezaba a hablar como loco. Si ella no quería escucharme –por suerte casi siempre estaba dispuesta- se lo tenía que fumar porque yo venía pensando hace muchas horas que frase había sido graciosa en Son Amores  o que canción del nuevo disco Un mundo diferente de Diego Torres me había hecho acordar a ella cuando volvía de entrenar en el bondi.

Pero, la mayoría de las veces, todo se cortaba a la mitad. Ese plan que había congeniado para hacerla reír o cautivarla para que quiera ir al cine, al shopping o básicamente hacer lo que sea con tal de verla, se derrumbaba cuando caía mi viejo a las puteadas y me cortaba el internet sin chistar como si me estuviese amputando los brazos.

-Vos no te das cuenta que la abuela se puede estar muriendo y yo no me entero

-Perdón (y si supieras como me estoy muriendo de amor)

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