Por: Menta Granizada 

Hubo libros que sobrevivieron al incendio.

La poesía completa de Watanabe, por ejemplo.

Los libros de Ayurveda que papá leyó, pero a los que nunca hizo caso.

Me siento una arqueóloga cuando recorro los libros llenos de ceniza, humedad, manchas de fuego; como cuando jugábamos a ese juego de encontrar dinosaurios en la computadora.

En el incendio, día de la Virgen de San Nicolás, me levanté a las 6 am para ir a una conferencia importantísima con invitados extranjeros, eminencias. Todo tenía que salir bien (siempre pienso que me están por echar de mis trabajos).

Me levanté por una pesadilla que me hizo respirar profundo y salir corriendo a imprimir unos artículos imprescindible para ese día. Cuando abrí la puerta que me lleva al escritorio -que no había podido abrir el día anterior-, empujé con todas mis fuerza, por la adrenalina del sueño, y me encontré con las llamas que venían del altillo.

Empecé a gritarles a Mamá y Papá para que se despertaran. Ede también se despertó con mis gritos. Todos corrimos. Papá en calzoncillos, mamá en camisón. Intenté apagar el fuego con una manguera pero era peor, se oxigenaba más la zona y el fuego crecía. El humo negro invadía toda la casa. Llamé a los bomberos. Llamamos a Maria que estaba en la casa de enfrente, pero que no podíamos ver porque el jardín estaba cubierto por un lago de humo negro. María llegó, después llegaron los bomberos, después mis tíos que viven cerca.

Todos juntos, en pijamas.

Poco a poco vinieron mis hermanos, algunos más impresionados que otros. Vinieron amigos, primos, a ayudar.

La adrenalina de la pesadilla y del incendio me hicieron cargar en la carretilla todo lo quemado y mojado por los bomberos, con una energía extra, como la mujer maravilla con un poco de TOC. Había algo mágico en limpiar, en ver cómo se habían quemado los libros, la ropa, las paredes de los roperos. Se quemaron todos los recuerdos que acumulaba el altillo, como si todos los tabúes hubiesen querido ser escuchados, todos de una vez.

Después de cargar con tanto peso quemado, con Delfi nos tiramos en un colchón en el jardín a ver el cielo. Nada importaba más que estar ahí.

Volví a hacer una recorrida por la casa, pero con otra mirada. Trataba de leer todas las señales que dejaban las gota de agua y las cenizas. Podía ver la belleza de lo efímero, de las cosas, de la vida sin tragedias.

La ropa quemada, las sábanas inundabas, las paredes negras, los ojos vivos de estar vivos.

Siempre pienso cómo será mi vida cuando me muera. ¿Alguien encontrará todas las pistas que dejé? Encontrarán los poemas entre libros, las notas del 2011 sobre unos cuadros de Arcimboldo, Dalí, ¿entenderán mis enigmas que ni yo entiendo, y esa curiosidad vital que tenía por encontrar la médula de la vida, a Dios? ¿Existirá una ruta que haga sentido a cada anotación, tachadura? ¿Encontrarán mis cuadernos perdidos? ¿Alguien me ayudará a vivir con su memoria unos años más?

A veces pienso en los casos morbosos de muertes de personas que salen en la tele, donde muestran su foto (una selfie con su caniche, una de las vacaciones con su familia en la costa, una de cuando se hizo el alisado.) Pienso en las personas, si estarán contentas con la foto que eligieron para mostrar. ¿Cuál será la foto más fiel a su esencia?

¿Qué va a quedar de mi cuando no esté?

A veces pienso en mi tío que murió, en las cosas que él escribía. Me hubiese gustado leerlas para encontrar la cordura, descifrar el enigma, para alcanzar su parte sana que gritaba para ser entendida.

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