Soy un sorete. Lo sé, muchas veces lo soy. Prejuzgo a la gente, le pongo cara de culo, la imito burlonamente; soy cínico, sarcástico, irónico, pelotudo. Soy todo eso, no tengo por qué esconderlo, nací con el humor negro comiéndome la cabeza, y después estudié Psicología, lo que da como resultado un cóctel fatal. Está claro que no soy así a tiempo completo. Podría decir, orgulloso, que ni siquiera la mayor parte del día. Esto, gracias a una lucha sin tregua por ser mejor persona. Y uno de los lugares en donde más práctico esta actitud Dalai Lamesca es en las alturas. Mejor dicho, en un avión. Me sale solo, no lo busco. A diez mil metros sobre la tierra, me vuelvo bueno. O estúpido, diría mi yo terrenal.

Hace unos días tomé un vuelo que duró más de trece horas. Una de las torturas modernas a las que uno se somete porque se supone que viajar te hace sentir más libre. Y ahí estaba mi parte bondadosa, transpirando cuando el avión se despega del suelo porque cree que es tan especial, que seguro justo ese va a caer. Ese, el suyo. Salimos. Me acurruco al lado de mi mujer, le doy besos, soy extremadamente cariñoso, le paso todo mi chivo por su hombro, se ríe, me putea, me abanica. Cuando logro respirar un poco, miro para el costado. La vieja de al lado, que hace unos minutos me hablaba sin parar, hace como si yo no existiera, y más allá, en la primera butaca cruzando el pasillo, veo a un señor gordo y  barbudo que me mira preocupado. Tiene una sotana negra y cuello blanco. Será un ángel, piensa mi esquizofrenia bondadosa, un enviado divino. ¿Pero qué tengo que pensar? ¿Nos vamos al cielo? ¿Es el final? ¿O tiene la posta, se la contó El barba? No sé, pero me hace una seña y me pregunta si estoy bien. Tranquilo cura, que soy mayor de edad, pensaría mi otro yo, pero ando por las nubes. Ni siquiera se me cruza por la cabeza hacer algún chiste sobre los vicios de algunos cuervos. Le respondo que sí, que gracias, que me suele pasar cuando despegamos. Me dice que a él también le pasaba. Nos ponemos a charlar, y esto me anima un poco. La vieja se suma, me vuelve a respetar, ya no me ve como a un loco. La mujer, tiene setenta y largos y viene de viajar con amigas por los Balcanes. Además, es asistente social.

Mi mujer aprovecha, se limpia mi chivo y se pone a buscar alguna película. Mientras, el cura y la vieja charlan sobre sus viajes. Yo asiento a todo, y me sorprendo por lo que cuentan. Hago preguntas sobre temas que hasta hace un par de horas hubiera ignorado por completo. Los cuentos de una visita a una tía eslovaca, el precio del café en el norte de Italia o la calidad de la comida de una aerolínea turca.

El avión ya se estabilizó. Se apagaron las luces que ordenan abrocharse los cinturones y me estabilizo también yo. Pero mi bonanza sigue recubriéndome. No puedo ejercer la maldad ni tampoco la indiferencia. Les enseño a la vieja y al cura cómo usar sus pequeños televisores, cómo elegir los subtítulos de las películas, y cómo subir el volumen. Un curso acelerado para gente de otros siglos, que no siente miedo, porque está más cerca del cielo que de la tierra. La vieja se impacienta, putea, me mira como si yo fuera el responsable de las carpetas musicales de la aerolínea. Me trata realmente mal, me exige que haga algo, que use mi juventud con un fin social bueno. El cura detrás, me hace señas para que lo socorra. La tele se le trabó justo en un par de tetas. Se puso rojo. Salto a la señora, miro las tetas, me guardo mil comentarios. Lo resuelvo. De repente me convertí en el asistente técnico de la fila 29. El boludo que no sabe decir que no. La butaca de la derecha del tipo está vacía, me siento para programarle alguna película alejada de cualquier pezón o culo. Mientras, me hace preguntas. ¿De dónde vengo? ¿De dónde soy? ¿Qué hago de mi vida? Le cuento de todo, que soy psicólogo, que a veces me animo a decir que soy escritor, que estuve viajando un año por España laburando de lo que venga y que volver me pone un poco nervioso. Después, le hago las mismas preguntas a él. Que fue a Italia a visitar familiares, que siempre supo que quería ser cura para ayudar a la comunidad. Nos ofrecen algo para tomar, pedimos dos latas de birra. La charla se anima. Le pregunto por el celibato. Me dice que es de las cosas más difíciles de soportar. Le digo que no lo entiendo, ¿por qué hay que aguantarse las ganas de tener sexo con otra persona si es algo natural? Le agrego además que tanta represión hace mal y que, quizás, si no hubiera tanto por reprimir no habría tantos casos de pedofilia en la iglesia. Se queda unos segundos callado. Me cambia de tema. Intuyo que me dio la razón, pero no quiero molestarlo, no me sale en las alturas. Me pregunta si creo en Dios. Hay una turbulencia, no muy grande. Espero para contestar. Otra turbulencia un poco más fuerte. Se vuelven a encender las luces de los cinturones. El piloto pide que la gente vuelva a sus lugares y se abroche a la vida. El avión se empieza a zarandear. Veo a mi mujer que me mira desconcertada desde la punta de la fila, cruzando el pasillo. Quiero levantarme para ir con ella, pero soy extremadamente obediente a lo que dice el piloto. Empiezo a chivar como un loco, el cura me mira, no sabe si agarrarme la mano. Finalmente no lo hace, no quiere darme la razón. El avión es un samba, se me vuelca la birra sobre la sotana negra, me choco contra su hombro, me pongo a rezar. El tipo me mira y se pone a rezar conmigo. Digo las frases de memoria, sin pensarlas, alguna plegaria se me olvida, y el rezo pierde sentido semántico pero qué importa, si nos estamos por morir.

Ahora sí, nos damos las manos. Es el final, pienso, y estoy agarrado a un cura. Es una batidora de repente, se mueve para acá, se mueve para allá, está es la banda más loca que hay. La banda de dios, la banda de la puta madre que lo parió. Extraño la tierra, mi ateísmo fundamentado, mi ironía eclesiástica, quiero putear algún santo, pero no puedo. Estoy al borde del llanto, el cura me aprieta fuerte, me consuela, me abraza. Me pide que tenga fe. No entiendo si es una fe en que todo va a estar bien, o una fe en que nos vamos a un lugar mejor. No entiendo nada. No tengo fe, soy pesimista por naturaleza, y eso no lo pierdo ni en las alturas, al contrario, se vuelve más fuerte, me cubre por completo. Cuando tengo el vómito ya por salir eyectado, la cosa se empieza a calmar, la batidora baja las revoluciones. Ahora se mueve, pero es un masaje en comparación a lo que fue. El pollo y la birra vuelven a mi estómago. Le suelto la mano al cura, se la dejé empapada. Lo miro. El avión ya no se mueve. Le agradezco y torpemente me desabrocho el cinturón. Lo paso por encima, lo piso sin querer, sigo, la salto a la vieja, la piso queriendo, y sigo. Llego hasta mi mujer, la abrazo fuerte y lloro un poco. Le digo que la amo mucho, que quiero llegar, que amo Buenos Aires, Ezeiza, migraciones, que amo las caras de la gente cuando los aviones aterrizan. Me da un beso, llora y se ríe. Ponemos la misma película, sincronizados. Ella se duerme, yo no.

Mientras esperamos a que abran las puertas para por fin bajar de una vez de este lugar, el cura se me acerca y me dice que nunca le contesté la pregunta.

-¿Qué pregunta?

-¿Creés en Dios?

-No, Padre, no creo en Dios.

-Pero cómo rezabas…

 

-Acá abajo, en la tierra, soy ateo. Pero si alguna vez nos volvemos a cruzar en el aire, prepare el rosario. Y usted, señora, si la llego a cruzar en un avión, voy a pedir que la pongan en la otra punta. Me rompió las pelotas un rato largo, me tuvo de esclavo, y encima me tuve que fumar que me mire con cara de culo. La próxima clávese una pastillita y se duerme todo el viaje. O mejor aún, guárdela para mí, que no soporto ser bueno tantas horas.

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