Son las 23:30 de la noche en la otra punta del mundo. Hace casi doce horas que miro con una adicción insuperable el minutero de mí Casio plateado y no logro que se mueva más rápido. A mi sueño lo invitaron a una fiesta hasta tarde y parece que si vuelve antes, es acompañado. Y para colmo lo que debería ser mí cama está ocupada por mi suegra: hoy me toca el sillón.

Prendo la tele con la excusa de que Netflix puede curar cualquier mal y entretenerme hasta que el sol de sus primeros indicios. Falta mucho. Nosé cual es el sentimiento previo a un casamiento o el nacimiento de un hijo, pero estas horas estoy seguro que son lo más cercano que voy a tener por un largo tiempo -toco madera.

Una copa de vino y el quinto capítulo de Homeland pueden ayudar. Todavía no tengo idea si el tipo este es un yihadista planeando un próximo 9/11 o se hizo devoto de Alá por casualidad. Poco importa. Busco en las escenas reflejos de lo que realmente pasa por mí cabeza en este momento. El rojo de la sangre que chorrea de esa nariz me devuelve instantáneamente al clásico. Se convierte en una franja diagonal que cruza la cara de la protagonista, pero para mí no es más que la banda roja de la camiseta de River. Aparece un taxi en la escena que con su amarillo me trae el recuerdo del mechón de Palermo y su gol en muletas. No me puedo sacar de la mente la pelota. Quiero que gire YA y el almohadón del sillón me buchonea que mi novia se durmió y queda poco espacio para mí.

Conozco la solución, la había esquivado horas atrás con la excusa de que si me tocaba el doping salía perdiendo, pero no queda otra. En la esquina de la mesa espera ahí expectante, en un blister traído desde Argentina con la excusa de “dormir en el vuelo”. Netflix me tienta con un próximo capítulo, pero ganar este primer partido y llegar sin lesiones al segundo es más importante. Lleno un vaso de agua y cae directo en mí garganta. La píldora mágica le dicen algunos.

Pasan varios minutos y mis párpados empiezan a ceder. Los ronquidos de al lado ya no molestan. El sillón parece el lugar perfecto para mi ansiedad tratada…

Me despierto con la alarma: 6:05 am, cuarenta minutos antes para poner unos mates y empezar a vivir la previa. Pispeo con las lagañas pegadas en los ojos los primeros mensajes de WhatsApp. “Ni te levantes que se suspendió”, “Parece que se pasa para mañana a la misma hora”, “Amigo, vamos a tener que seguir sufriendo un día más”. Si, ansiedad a la orden del día y 24 horas más por transitar. Mellizo, Muñeco: ¡otro Rivotril por favor!

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