Hoy es un buen día para dejar de postergar. Sí, lo dije. Acabo de formular una frase que bien podría ser el título de un libro de auto-ayuda. ¿Y qué?

También podría haber empezado así: “Hola mi nombre es Juan Pablo y tengo un problema. Tengo varios. Pero este lo quiero solucionar ahora. Mi problema es que soy procrastinador” Esta, imagino, sería mi presentación si existiese un grupo de ayuda para estos casos.

Si sos como yo, seguramente sepas de lo que estoy hablando. De lo fácil que es encontrar excusas para postergar. Para estirar todo hasta que llega la fecha límite y lo único que tenemos es un papel en blanco.

Al que nunca le pasó nos tilda de vagos, irresponsables, pajeros o colgados. La cosa no pasa por ahí. Yo tengo otra teoría. Somos hijos del rigor.

Empecemos por la base. ¿Qué es procrastinar? La definición exacta dice: “Consiste en aplazar el cumplimiento de una obligación o el desarrollo de una acción. Cuando dicha actitud se vuelve habitual, la procrastinación se convierte en un trastorno del comportamiento que puede llegar a requerir atención psicológica”. Por todo lo que implica la última oración, prefiero quedarme con mi definición: Vivir pateando todo.  

El último recuerdo que tengo sin este problema fue cuarto año del secundario. Única vez que pase las vacaciones sin tocar un libro. De ahí en adelante fueron noches sin dormir y trabajar fuera de horario.

Hoy, cual ataque de trastorno compulsivo, decidí ordenar. Me pasé toda la mañana revisando pilas de viejos cuadernos de la facultad y vaciando cajones. Entre encendedores vacíos, fotocopias de apuntes, entradas de recitales, apoya vasos de bares, cargadores de celulares y un bollo de auriculares rotos, encontré cuentos cortos a medio hacer y papeles con ideas desechadas. Fui descartando uno por uno todo lo que no servía. Me tomé un tiempo para leer los textos y las ideas. Como si estuviese analizando estadísticas, en todo empece a notar un patrón. Podía ver como mis ganas y entusiasmo, a partir de cierto punto desaparecían.

Sepultado entre esos papeles amarillos, reconocí el guión de lo que nunca sería mi primer cortometraje. Una comedia filosófica donde tres personajes discutían sobre la existencia de un Dios. Me acuerdo que fue de lo único que hablaba con mis amigos durante meses: de que necesitaba conseguir actores, del diálogo y de que cuando la pasasen en el BAFICI los iba a invitar. También reviví la época en que tocaba la guitarra y cada tanto me animaba a escribir canciones semi psicodélicas imitando a Frusciante. Esta etapa terminó con Cantata de puentes amarillos y esos acordes que tanto hicieron frustrar a mi meñique y a mi voluntad.

Ahora, sin guitarra ni material audiovisual a la vista y formulando en mi cabeza todo tipo de realidades paralelas es cuando puteo para mis adentros y me culpo por ser hijo del rigor. Por vivir con un arma de doble filo que, me salva cuando el reloj marca que tengo tres horas para terminar una presentación que ni empecé, pero me paraliza si nadie me corre. Y es que, cuando se trata de hacer algo propio quedo en blanco. Un terremoto agrieta mi estructura mental y de estar haciendo algo productivo, puedo caer en horas y horas frente a la computadora mirando en Youtube la serie del italiano que explica porque la pizza tradicional existe solo en Nápoles.

Por eso hoy, doy el primer paso. Llené una bolsa y media de consorcio. Hice las compras del mes y la semana que viene empiezo un curso de diseño gráfico. O quizá no, lo voy a pensar.

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