Por: Belén Cavanagh 

Lunes. Soñé que el príncipe Harry se enamoraba de mi y nos sacábamos una selfie. Susana Giménez se moría en una entrega de premios y la enterraban en Ciudad Universitaria, donde me encontraba con Rachel, la de Friends, y con una chica que pintaba un cuadro que ahora quiero pintar. Tenía muchos colores, soles. Me desperté y sentí esa angustia agridulce de no saber qué va a pasar durante el día por no tener una rutina, esa angustia que me habla de mi vida y de mi falta de objetivos claros, concisos, medibles. Elijo bañarme. Ayer fui al barrio, hablé con María sobre la falta de confianza que le tiene a su yerno, no le cree ni cuando le dice buen día. A Lauri la tiraron del tren. Está bien, le duele un poco el cuello, no más. Un fraile me sanó una angustia, y la llevé a Delfi a su casa, a buscar un inodoro para donar. Entonces elijo bañarme.

Una vez me dijeron que si te bañás con sales, todas las energías externas se absorben en los cristales de sal, y te liberás un rato. Me lavo los dientes, me miro al espejo con la toalla en la cabeza, me acuerdo de mi niñera que siempre usaba cremas y toallas en la cabeza. Me pongo una remera cómoda de gatos, un pantalón liviano, y pantuflas. Me preparo mi café con leche batida, y en la tele veo a un hombre llorando, desconsolado, arriba de un título “Salió por la ventana y la mató una bala”. MUTE.

En Remedios Escalada, una bala anónima la mató, y él, llora. Escribo, mirando el jardín lleno de sol, y con la angustia brillando en la boca del estómago. Estoy a un botón del dolor. A un paso de no ser indiferente. Pero este bombardeo de sufrimiento, me agazapa.

Una vez, en un ejercicio de teatro, empecé a llorar en posición fetal, porque no quería crecer. Abrirme, erguirme, era como tomar un poco de Gatorade con una cuchara, después de haber vomitado hasta la bilis. Caminar hasta el baño, a paso lento, sintiendo el apoyo de cada falange, el frío en la espalda arqueada; y a la vez muy concentrada para no vomitar antes… y llegar al inodoro.

Vuelvo a mirar el jardín. Una hoja tiembla con el viento. Está a punto de caer. Quizás no confía en su liviandad, quizás no sepa que brotó para caer, o quizás lo sepa y por eso tiene miedo. ¿Tendrán miedo las plantas? Escuchar Beach Baby, una y otra vez, me tranquiliza. Me gustaría que fuera más larga. Imagino que en algún lado llueve un poco, garúa, imagino montañas con neblina en el jardín, y un lago que larga ese humo por el contraste de temperatura.

Amar es ser vulnerable, dice C. S. Lewis, pero a nadie le gusta que le desinfecten una herida con alcohol. Me encantaría que Lewis fuera mi abuelo, él y Tolkien, que me cuenten historias de hobbits valientes cuando me voy a dormir, que me acaricien la frente, que me miren a los ojos y me digan que ellos siempre van a estar para cuidarme, que sea fuerte, que ya voy a aprender a acompañar el dolor.

Y pienso en inventar una aspiradora de angustia, como la aspiradora de manteles, esas que sirven para sacar las migas en algunos restoranes. La ubicaría entre las costillas, donde ahora siento esa pelota que quema. La dejaría 5 días hasta que me succione esta mano que me aplasta los pulmones, que la vuelva polvo y que ese polvo desaparezca por algún agujero negro.

Lunes, de vuelta. Me paro estática: las manos llenas de flores y un fuego entre mis costillas, mientras miro al mundo lastimarse.

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