Por: Francisco Canese

Cuando llegué a Torshavn, en la agencia me explicaron que no les quedaban autos disponibles para alquilar, con lo cual iba a tener que idear cómo llegar a cada lugar que tenía pensado conocer. Era el tipo de inesperados inconvenientes que, en este viaje, había empezado a disfrutar.

Venía de días excelentes de desconexión. Pero al llegar acá prendí mi teléfono y empecé a responder llamados, chats, mails. Terminé molesto, sintiendo que todo sería siempre igual, que nada cambiaba nunca. Cíclico e irreversible. Y cuando empezaba a desconfiar hasta de la desconexión de la última semana, decidí dejar de lado mis pensamientos y concentrarme en programar los próximos días en Islas Feroe.  

Cuando llegó el domingo, me desperté temprano y salí para la terminal de colectivos cumpliendo con mi agenda de viaje. Hasta ahora me las había ingeniado sin inconvenientes para cumplir, por diferentes medios, con ella. Llegué a la terminal en busca del colectivo que tuviera el número 300.  Esperaba que en unas dos horas me dejara cerca de Gjogv. Un pueblito lindo, a unos 65 kilómetros, que al parecer en los meses de enero y junio solía poblarse, pero que ahora, estaba muy tranquilo. Entre referencias y google me pareció que era un lugar que irradiaba paz, ideal para este momento. Y para ahí salí.

La terminal estaba cerrada. Me pareció raro. Cuando le pregunté a una mujer que pasaba por el lugar, me contestó sin muchas vueltas que era domingo, “y el domingo se descansa” sentenció.

Volví al centro, me senté en uno de los pocos  bares abiertos, pedí un café y esperé un rato a ver si se me ocurría algo. Casi todos los locales estaban cerrados, y más allá de varios turistas, no había mucha gente en la calle. Me sentí bastante boludo por no haber averiguado antes sobre esta cultura de los domingos cerrados de Feroe, tenía pocos días para recorrer la isla y este pueblo era una prioridad para mí. Al rato, vi pasar a un grupo de alemanes con los que había caminado unos días atrás, y que tenían auto, les hice señas y entraron. Se pidieron un café y empezamos a hablar sobre lo que habíamos recorrido y que íbamos a hacer. Cuando les conté de mi fallido plan me comentaron que iban hacia el norte y que me podían acercar, pero que ellos seguían dos días más por allá. La vuelta es cosa tuya. Bien, no me iba a perder ese auto, después vería cómo carajo me volvía.

Me dejaron a 8 Km del pueblo. En el inicio de un sendero que unía Funningur con Gjogv, a través de una verde montaña. Estaba nublado y fresco, pero lindo para caminar. Faroe tiene en su diminuta isla algo así como 500 montañas, con aproximadamente 400 cascadas. Cada montaña está cubierta por un manto de pasto increíblemente verde, acolchado como una alfombra, lindo para tirarse cuando hay sol, y que solo se abre para dejar pasar un río, o para permitirle a una roca salir desde el interior de la tierra. Me puse mis auriculares, busqué mi última lista de spotify, subí  el volumen, “dale al play” y empecé a caminar.

Cerca de una hora después, del otro lado de la montaña, pude ver el pueblo. Hermoso. Gratificante. Era un pequeño amontonamiento de casas negras, rojas y blancas, con techos cubiertos por pastos muy verdes. Se ubicaba a orillas del mar, con una pequeña cascada que lo atravesaba por la mitad, y que se alimentaba de un río que bajaba desde la montaña, donde yo estaba, hasta el canal que la unía al mar. Acompañado en ese momento por las letras de Aristimuño empecé a bajar.

Al llegar vi un par de mochileros alejarse. Empecé a recorrer el pueblo. Calles de tierra y piedras, casas de madera, y verde, mucho verde alrededor. Parecía cerrado, había autos estacionados, y silencio por todos lados. Me crucé con dos o tres personas, que con sus mochilas, parecían hacer lo mismo que yo. Nadie más. Estaba prácticamente solo en las calles del pueblo.

La iglesia fue el primer lugar que visité. No sé por qué. Era el más alejado, con una vista privilegiada, se ubicaba casi sobre el mar. Dentro de su terreno se encontraba un pequeño y antiguo cementerio. La construcción era un rectángulo de madera blanca, con techo negro a dos aguas, y una torre baja con el campanario al frente. Saqué mi teléfono, apagué la música, escuché el silencio, y empecé a tomar fotos desde afuera. Al rato probé la puerta, y estaba abierta. Me meto y a la mierda, dije.

Entré a la sala, paredes y techo blanco, con tres o cuatro ventanas largas a cada lado. Como toda iglesia, su interior estaba lleno con filas de bancos largos, pero estos eran rojos. En el techo blanco habían pegado estrellas doradas, desde donde colgaban dos lámparas antiguas también doradas y, en el medio de ellas, una réplica de un barco antiguo de madera. Las lámparas no estaban encendidas, no hacía falta, la luz de las ventanas era suficiente para iluminar todo el lugar. Al fondo, en el lado opuesto a la puerta, estaba el altar. Era completamente diferente a los que había visto hasta ahora. Era una tarima con forma de semicírculo, con una baranda baja de madera, no más alta que mis rodillas. Sobre la pared colgaba una pintura bastante grande que retrataba a Jesús caminando sobre el agua y tomando de la mano a un hombre que al parecer se ahogaba. Debajo, en una mesa, un candelabro de 7 velas, un cáliz, una cruz, una biblia y una torah.

  • Ah, acá vale todo- me dije.

Seguí sacando fotos cuando noté que al lado de la tarima había cura sentado, muy quieto, mirándome con una sonrisa. Me pegué un cagazo tremendo. Me considero una persona observadora, pero a este lo había pasado por alto desde el momento en que entré a la iglesia. ¿O se acababa de sentar? No, no creo, parecía estar ahí hace rato, es más, hace años.

De pelo canoso, corto, ralo, cara apacible, y mirada profunda. Usaba unos anteojos simples, vestía una sotana verde con una cruz dorada bordada en el medio y un payasesco cuello blanco, redondo, tipo arlequín, que parecía estar hecho de papel. Más allá de eso parecía ser dueño de una serenidad envidiable.

Saludé con una sonrisa y empecé a retirarme. Ya de espaldas y dirigiéndome a la puerta me habló en un inglés de acento muy complicado.

  • ¿De dónde venís? – me preguntó con voz suave.

Me dí vuelta para responder.

-Argentina.

  • ¿Viajás solo?
  • Sí, respondí.

Asintió en silencio, sin comentar nada, pero sin dejar de mirarme. Supuse que no tenía la menor idea qué era Argentina.

Con tanto silencio rodeándome y esa mirada sostenida empecé a preguntar. Se llamaba Jokvan, tenía sesenta y pico, y era de algún pueblo nórdico cuyo nombre no logré retener.

  • ¿Y usted qué hace ahora por acá? – Pregunté.
  • Es domingo, estoy dando mi servicio- comentó abriendo las manos, como abarcando el interior del templo.

Miré alrededor, la iglesia estaba completamente vacía. Lo miré con carita de vivo, casi sonriente, como preguntando a qué se refería. El no hizo caso a mis gestos y continuó hablando, dando por supuesto que yo comprendía lo que estaba haciendo.

  • Cada domingo doy el servicio en uno de los tres pueblos que me tocan. Un domingo en Eloí, otro en Funningur y ahora en Gjogv.
  • Que bien, respondí, aguantándome las ganas y cerrando el tema sobre el vacío extremo que le hacían sus feligreses. Me pareció casi bullying, pobre hombre. Claramente no me iba a reconocer que sus servicios no estaban siendo requeridos, con lo cual de nada servía seguir hablando del tema.  

Me fui para el lado sociológico. A saciar mis curiosidades. Le pregunté por el cuello de su sotana y me dio una larga explicación. De la cual entendí muy poco. Pasamos a hablar del templo. Me explicó que en la isla cada religión tenía asignada un par de horas a la semana para usar la iglesia y de esta manera había un solo templo que cuidaban todos los habitantes del pueblo por igual. No pude evitar pensar que, analizando su convocatoria, ningún católico o luterano -o lo que fuera que este pobre hombre intentaba predicar- cuidaba de este templo. Sin embargo reconocí que la idea del uso común era buena. Y se lo dije. Hablamos un poco de la decoración de la iglesia, las estrellas del techo, el barco colgado, y me comentó algo así como que recordaban una tragedia con un barco pesquero en la que murieron varios habitantes del pueblo.

Como volvíamos al silencio envolvente, y se me acababan las preguntas, continué sacando fotos. Le pregunté si podía retratarlo y volvió a asentir con una sonrisa.

  • Y ahora, ¿Cómo llegaste vos acá? – Me preguntó.
  • Estoy de vacaciones y este es uno de los pueblos de Feroe que quería conocer, me costó bastante llegar, pero tuve suerte.
  • Ah, si claro. Pero no es eso a lo que me refería… ¿Por qué estás acá, tan lejos de tu casa, del extremo sur al extremo norte? – dijo mirándome serenamente.
  • Ah, no sé. Elegí Feroe después de Islandia. – Me reí, y algo nervioso le corrí la mirada. Evidentemente conocía dónde quedaba Argentina. Una para el pastorcito isleño.

Me empecé a retirar lentamente. Mientras retrocedía sentí que los dos sabíamos que no estaba respondiendo lo que se me preguntaba, y entonces me detuve. Él me seguía con la mirada, en silencio.

  • Quería irme lejos unos días, despejarme, descansar.
  • Y llegaste bastante lejos. ¿Fue suficiente? ¿Era lo que esperabas?
  • Si, está bien. No sé qué esperaba, está bien.

Se quedó mirándome otra vez.

  • La pregunta es si encontraste lo que buscabas- continuó, sonriente y mirándome como esos que ya saben la respuesta de lo que preguntan.
  • Puede que sí, puede que no. No sé- Cuando respondí pensaba en mi decepción al llegar a la isla y reconectarme a las redes y ver que nada cambiaba por allá. – No tengo claro que busco, que me pregunto, entonces no sé qué respuestas estoy obteniendo.

Otra vez silencio. Yo no sabía si me había entendido, si realmente me preguntaba en profunidad o yo me lo tomaba así, pero mis palabras fluían en un inglés bastante aceptable para mi gusto, bastante mejor que el suyo, al menos. Él seguía ahí, mirándome callado, inalterable. Entonces seguí hablando, como tratando de explicarle, a ambos, qué carajo hacía yo en Islas Feroe. ¿Me estaba aplicando un sistema lacaniano este viejo? La que lo parió.

  • Pasé muchas cosas en el último año, creo que bastante movilizadoras, que espero terminar de asimilar. Quizás necesitaba tiempo sin tantos ruidos externos, sin tantas distracciones, pero no sé realmente si acá están o tienen que estar las respuestas.
  • ¿Pero por qué pensás que las respuestas tendrían que estar acá? ¿Cómo resolverías algo desde acá? – me preguntó.
  • Acá o en cualquier lado, solo digo que quisiera encontrar algunas ideas de lo que busco en el tiempo que me tomo para estar solo. Con más silencio.
  • Ah sí, entiendo… Mira, quizás te parezca obvio, pero lo más importante es la búsqueda, no las respuestas a las preguntas circunstanciales de este momento de tu vida. Lo importante es nunca dejar de buscar. Y, como seguramente te parezca obvio, así es como podés encontrar armonía, que es lo que vos viniste a buscar, ¿No? Vos estás acá buscando que tu alma esté en armonía, en paz, con lo que te rodea, tanto con lo que ves como con lo que no ves. Y está muy bien- dijo con una sonrisa calma y una profunda mirada- Es la búsqueda que tenés que hacer y qué estás haciendo. Sí, yo creo que está muy bien.

Fueron pocas palabras, simples, claras, directas. Pero efectivas, muy efectivas. Sentí una paz inmensa en ese preciso momento, mezcla de emoción y de calma. Sentí que todo iba a estar bien, que todo estaba bien. Había escuchado a Aristimuño llegando al pueblo y su “no te dejes más vencer” me empezó a rebotar alegremente en la cabeza.   

Me miró, me agarró del brazo y me empezó a acompañar hasta afuera de la capilla. Yo ya no tenía ganas de terminar esta conversación, pero claramente no era yo quien la dirigía. Evidentemente en ningún momento la había dirigido.

Al salir, ya en la puerta, me habló de nuevo.

  • Y ahora, da una vuelta por Gjogv, y luego Nilsen te va a llevar que tiene que ir hacia el centro – dijo mientras señalaba a un tipo que estaba sentado a unos metros sobre un banco, evidentemente esperándolo. ¿De donde carajo salía la gente en este pueblo?, era algo que nunca me podría responder. Ni siquiera lo intenté.

Nilsen era un tipo de edad similar a la de Jokvan, y al parecer era o había sido guía de turismo. Llevaba un sombrero de cowboy,  y una camisa de jean azul que envolvía una panza muy grande y de la cual colgaba una especie de corbata de cuero roja muy finita. Tenía los bolsillos de la camisa llenos de cosas, sobresalían un paquete de cigarrillos, anteojos, biromes y papeles doblados, pero ahí dentro seguro había más cosas. Fumaba ansioso y sonreía idiotamente. El cura le dijo algo en Faroense y Nilsen asintió sin dejar de sonreír. Hablaron un rato. De pronto se callaron y el cowboy gordo me miró con su cara siempre feliz.

  • Ten minets – me dijo Nilsen y señaló su camioneta.  
  • No hace falta le dije al cura, doy una vuelta y me vuelvo, no hace falta que me lleven, pero gracias igual.
  • Te costó mucho llegar acá por que hoy es domingo- Respondió.
  • Sí, pero igual no hace falta. Ahora veo como hago, camino un rato y después me consigo algo en Funningur donde había gente.

Continuó como si yo no lo hubiese interrumpido

– El domingo hay que descansar. Hoy vos tenés que descansar. Tu alma ¿Entendés? Hacer descansar al alma de todo lo que hablamos -dijo apoyando su índice primero en mi pecho y después sobre mi frente-. Nielsen va a su casa en Torshavn, así que te lleva. Y ahora yo con esto acabo de terminar el servicio por el cual me preguntabas adentro– dijo, mirándome ahora con una sonrisa inmensa.

Ja, mirá vos al pastor, me cagó de nuevo. Casi, casi me pongo a limpiar la iglesia.

Me reí con él. Le agradecí de corazón y lo abracé. Creo que sabía que lo iba a hacer porque me acompañó el abrazo hasta sentir que el cuello de arlequín se doblaba contra mi cabeza.

Por suerte había programado Gjogv para el domingo.

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