Por Verónica Liso
Fotos Agustín Córdoba

La vida en un pueblo chico es una línea compuesta de puntos conocidos. De vez en cuando algo altera la línea y genera un pico inesperado. Un chico se levanta, se cambia, desayuna, busca el arma reglamentaria de su papá y camina a la escuela. Sabe que ese día les va a disparar a sus compañeros.

La línea está a punto de alterarse.


Pueblo chico

-Me encanta tu pelo.

Me di vuelta. Era mi segundo día de clases en esa escuela. Nos hicieron formar en el patio para que la entrada al aula fuera lo más ordenada posible. Yo transpiraba. Ese mediodía de principios de marzo hacían 32 grados a la sombra en la última ciudad del sur de la provincia de Buenos Aires. Le sonreí a medias a la rubia de ojos verdes que me tocaba el pelo, y respondí un gracias tímido. La blonda era Luz y con esa frase se convirtió en mi primer mejor amiga.

Yo tenía 12 años y empezaba séptimo grado en un colegio nuevo. Con mi mamá nos mudamos a Patagones, así que tuve que dejar mi escuela en Viedma, la ciudad en la que nací, justo un año antes de terminar la primaria. Por eso, ese día de principios de marzo del 2000 esperaba en la fila al rayo del sol transpirando, pálida de miedo, en un colegio donde no tenía idea de quiénes eran mis compañeros, en una ciudad en la que todos sabían todo de todos y yo no sabía nada de nadie.

En Patagones las escuelas secundarias del centro son católicas: el colegio de los curas al que iban los varones y el colegio de las monjas al que iban las mujeres. Están en la misma calle a una cuadra de distancia, separados por la plaza central del pueblo. Muchos encuentros y desencuentros se dieron entre los árboles de esa plaza.

Yo no era la única nueva. Luz también venía de otra escuela, como todas las mujeres del grado. El nuevo milenio trajo a Patagones una novedad: los colegios católicos serían colegios mixtos.

Ahí empezó esta historia para mí. Pero lo que quiero contar pasó cuatro años después.

En el 2004 en Patagones vivían 18 mil personas. No había shoppings, terapias intensivas, palomas, McDonald´s, ni universidades. Sí había un par de semáforos que no andaban, un cine que no sabía de estrenos, calles de tierra, bicicletas en la vereda y dos ambulancias. A las horas de la siesta sólo las profanaban el viento, los cardos rusos que rodaban sin rumbo por la calle y los que nos rebelábamos contra la imposición de dormir de tres a cinco.

A pesar de estar lejos de las aventuras de las grandes ciudades, aislados en esa tierra desconocida que en la capital argentina se conoce como El Interior, crecer en un pueblo fue emocionante. A los 12 años aprendí todo sobre la libertad. A esa edad hice mis primeras expediciones: con el sol de la siesta en los hombros, con la valentía de sentirme una exploradora en un terreno desconocido pero propio.

Como la primera vez que fui al centro sola en bicicleta. O esa vez que jugamos al juego de la copa en el baldío del barrio. O cuando nadé en el río sin la custodia de ningún adulto. O cuando recorrimos el cementerio de incógnito, leyendo las placas, mirando las fotos, sabiendo que ese lugar era territorio de aventuras porque la muerte era una cosa lejana.

Éramos libres, éramos inocentes, éramos predecibles.

Y un día cambiamos para siempre.

8 minutos

Una manada dormida subió las escaleras de la única entrada del colegio. Guardapolvo blanco las mujeres, pantalón de vestir y camisa celeste los varones. Eran las 07.30 de la mañana. Hasta ese momento uno más de los previsibles, casi guionados, días que se sucedían en Patagones.

Como marcaba la coreografía habitual, formamos filas enfrentados: los dos octavos y los dos novenos de un lado, los primeros, segundos y terceros, del otro. En el medio, ese 28 de septiembre del 2004, la bandera subía al ritmo de una chica de manos temblorosas y un morocho aburrido que había hecho demasiadas veces el rito matutino. Las palabras de los “buenos días”, las dijo el Padre Enrique. Cuando se paró en el medio, un murmullo de queja, revoleo de ojos, y miradas al techo fueron censurados por las preceptoras dispersas entre las filas.

Enrique, siempre con ese guardapolvo industrial azul que le daba un aire a empleado de fábrica, era el cura párroco de Patagones. El Padre empezaba con una cosa y siempre, inevitablemente, terminaba hablando de cualquier otra. Veinte minutos después, por fin, entramos al aula y el hall quedó en silencio.

Eran las ocho de la mañana y a diez cuadras nuestro mundo había empezado a cambiar.

Alicia, la profesora de Filosofía estaba dispersa. Entró al aula, cerró la puerta, se sentó detrás del escritorio, escribió algo en el pizarrón, se volvió a sentar. Todo, sin decir nada. En el aula el murmullo se transformó en gritos. Alicia sin hablar salió y varios minutos más tarde volvió a entrar. Tenía el pelo gris en forma de casco. Enérgica solía imponer disciplina a  los gritos y  mantenía un constante ceño fruncido. Ese día no podía dar la clase. Ya no. Nos miró como estudiando sus opciones.

-Pasó algo en Malvinas- habló sin gritar pero con un tono agudo que nos hizo callar de golpe -Alguien entró con un arma. Parece que hay chicos heridos.

Malvinas era la escuela de Enseñanza Media Islas Malvinas, la única secundaria no católica en el centro de Patagones.

Varios nos sentamos rectos en el banco. Después de unos segundos de absoluto silencio, empezamos a hablar casi todos a la vez. La miré a Luz arqueando las cejas y ella me devolvió una mirada parecida. Alicia nos explicó que durante los “buenos días” el teléfono de la preceptoría sonaba sin parar. Cuando atendió una mujer que trabajaba en Malvinas le contó que alguien había disparado dentro de la escuela, que había chicos heridos. No supo explicarle nada más.

Durante varios minutos la bombardeamos a preguntas, ¿entraron a robar?, ¿los habían agarrado?, ¿quiénes eran los chicos heridos?, ¿nos iban a dejar ir?, ¿había muertos? Alicia no sabía nada más. Nos contó que cuando lo vio a Pedro, el portero, barriendo la vereda le pidió que cerrara con llave la puerta de la única entrada que tenía el colegio. Él obedeció sin preguntar nada. El hijo de Pedro iba a Malvinas.

Una imagen se me empezó a formar en la cabeza: un hombre encapuchado atravesaba corriendo las diez cuadras que nos separaban. Tenía un arma en la mano.

Media hora más tarde seguíamos en el aula discutiendo entre nosotros. Especulando posibilidades. La profesora nos había vuelto a dejar solos. Algunos de los varones repetían chistes sobre algún ex compañero de curso que ahora iba a Malvinas.

-Mirá si lo mataron al gordo Hernán- dijo uno.

-Mateo seguro se escondió debajo de un banco – dijo otro.

Me empecé a ahogar. Después de repasar mentalmente supe que no tenía ni amigos ni familiares que fueran a esa escuela. No terminaba de entender del todo qué significaba “pasó algo en Malvinas alguien entró con un arma hay heridos”. Tenía la sensación de estar metida en una película, aunque sin saber bien qué personaje me correspondía.

Ya eran casi las diez cuando el Director dio la orden de que volviéramos a formarnos en el hall. Mi curso fue el primero en enterarse que algo definitivo estaba pasando. El resto, alumnos y profesores, tuvieron una mañana normal. La interrupción de la rutina, la orden nerviosa para juntar a todos en hall, empezó a levantar las primeras sospechas. Durante los días previos las noticias eran que Juan Pablo II estaba muy enfermo. En un pasillo escuché cómo un grupo de varones de tercero corría la voz: seguro se murió el Papa.

El Director le comunicó a todo el colegio lo mismo que nos había dicho la profesora de Filosofía pero con un tono solemne, institucional. Como siempre de traje y zapatos negros brillosos, se paró debajo de la bandera, con las manos entrelazadas detrás de la espalda balanceándose de atrás para adelante: llevaba el peso de su cuerpo a la punta de los pies levantando ligeramente los talones y después apoyaba los talones levantando ligeramente la punta de los pies. Como un péndulo.

-En la escuela Islas Malvinas entró un chico con un arma. No sabemos más detalles pero hoy se suspenden las clases.

Diseñó un operativo para que nos fuéramos acompañados por algún adulto. Primero intentaron contactar a los padres uno por uno para que vinieran a buscarnos. Pero a esa altura el colegio ya era un caos, en el hall apenas podían controlar a los alumnos. Llantos, quejas, discusiones. Enseguida llegaron los que se habían enterado, entraban mirando para todos lados buscando a sus hijos. Pero muchos todavía no sabían nada y los teléfonos del colegio estaban colapsados. Entonces, el Director organizó un sistema de transporte para que todos los adultos con auto repartieran en cada casa la mayor cantidad de alumnos que pudieran.

Como todos los días me fui con Luz, que vivía a la vuelta del colegio. Silvia, la profesora de educación física nos acompañó caminando hasta la puerta. Apenas entramos tiramos las cosas en un sillón y prendimos el televisor. Cambiamos los canales y en todos aparecía la noticia: “Masacre en una escuela de Patagones”. No habían pasado ni tres horas y a mil kilómetros los periodistas hablaban de la Columbine argentina. Mostraban una imagen en loop de bomberos y policías entrando a una escuela. No era Malvinas, ni siquiera era Patagones. Me sentí estafada. Para mí, que siempre había tomado al pie de la letra lo que decían en la televisión, fue definitivo: todo lo que sabía del mundo se tambaleaba.

Ese martes en la televisión, en la radio, y más tarde en los diarios, hablaban de una localidad recóndita del sur de la provincia de Buenos Aires donde había estallado la tragedia. Un pueblo misterioso y maldito.

Bowling for Patagones

A la tarde Patagones ya no parecía Patagones. Las camionetas de Telefé, América, Crónica y Canal 13 estaban estacionadas en la plaza principal. No había medio de comunicación en el mundo que no estuviera hablando de nuestro pueblo. Cualquier vecino era buen candidato para ser entrevistado vía satélite. Los productores agarraban la guía y llamaban al azar. Para la hora de la siesta en la televisión ya se veían imágenes reales de Patagones, no las de archivo que me habían enojado tanto al principio.

A esta altura sabíamos que habían matado a tres chicos, que el asesino era su compañero de curso, un tal Rafael, más conocido como Juniors. Ni Luz, ni yo lo ubicamos. Seguro lo habíamos cruzado más de una vez. En las ciudades como Patagones la gente siempre se cruza. A los chicos que mató tampoco los conocíamos, pero sí a uno de los heridos. Lo veíamos siempre en el cyber en frente de la escuela, donde se juntaba la porción adolescente del pueblo a jugar al Counter Strike. Esa mañana Junior le pegó tres tiros en el pecho.

A la tarde los negocios cerraron por duelo y el pueblo marchó para homenajear a las víctimas. La concentración se hizo en la escuela dónde empezó la tragedia.

Estaba oscureciendo, era una típica tarde-noche de primavera. Con Luz esperábamos con el grupo que se juntaba en la iglesia para sumarse a la movilización. El padre Enrique rezaba el Ave María con un megáfono. Estábamos a unos metros de la esquina del centro que desemboca en la plaza. Levanté la mirada y arriba del techo de uno de los negocios había varios camarógrafos instalados con sus equipos y trípodes. De golpe me sentí como una hormiga dentro de una pecera.

Miles de personas juntas en la calle en absoluto silencio. Todos los sentimientos concentrados en las miradas. El silencio potenciaba una sensación de comunión, la hacía poderosa.

Desde la iglesia hasta el río hicimos dos cuadras en bajada. La gente llevaba velas improvisadas con botellas cortadas. Cuando los primeros llegaron, yo estaba en el punto más alto de la caravana. Los vi agacharse, dejar las velas prendidas en el agua y en el barro de la orilla. De fondo las luces de Viedma se reflejaban en el río, que esa noche parecía negro como el petróleo.

Esos días se encontraron los periodistas ávidos de detalles morbosos con los personajes del pueblo que buscaban salir por fin del anonimato y tener sus cinco minutos de fama. Fue amor a primera vista. Chiche Gelblung era un imán para los figuretis del pueblo, que con tal de ser entrevistados daban detalles de la ropa oscura de Juniors, de sus gustos por Marilyn Manson y Hitler, de los chismes y rumores que circulaban alrededor de la familia. Yo los empecé a odiar, a ellos y a los periodistas que invadieron el pueblo como una plaga de moscas.

Durante el velorio pasó algo confuso. Fue en el club Atenas, los tres cajones abiertos y alineados estaban en la cancha de básquet, rodeados de coronas y gente. A la madrugada alguien gritó que había un hombre armado, la gente entró en pánico. Al final resultó ser un periodista, con una cámara escondida.

La flor y el pájaro

La comunión duró poco. Pronto todos volvimos a nuestra rutina, al guión predecible. Pasaron los dos días de duelo nacional y retomamos las clases. Al principio, profesores y directivos organizaron espacios de intercambio para que habláramos sobre lo que había pasado en Malvinas. De golpe todos querían escuchar lo que pensábamos, lo que sentíamos.

En uno de esos debates, sentados en círculo en el aula, una compañera dijo que ella pensó muchas veces en hacer lo que hizo Juniors. En el colegio le decían Simpson porque tenía los ojos saltones, y esa cargada reiterada durante años se le volvía insoportable. Ella no mató a nadie, eligió quedarse en su casa los días más difíciles.

En la escuela armaron una agenda de actividades con psicólogos y especialistas para trabajar en nuestra adolescencia. De golpe descubrieron que teníamos pocos espacios para expresarnos, y canalizar nuestras frustraciones. No había suficientes propuestas artísticas o deportivas para contenernos.

A veces, el pueblo era como una prensa que se iba cerrando de a poco hasta que costaba respirar.

Ese 2004 en Patagones, antes del estallido de Juniors, una chica de 14 años se tiró del puente, nunca la encontraron. Un chico de 15 se pegó un tiro en la cabeza y otro se ahorcó en el patio de su casa.

Dejar que los chicos intervengan las paredes de la escuela de la tragedia, incluso la del aula donde murieron sus compañeros, fue un intento de las autoridades para encauzar la catarsis. Se hicieron murales: los nombres de las víctimas, frases de consuelo, dibujos alrededor de todas las paredes.

Hubo una imagen en particular, que se repitió mucho sobre todo los primeros años, era una paloma con una flor marchita en el pico: “la flor marchita simboliza la tragedia y el pájaro es algo bueno que se lleva lo malo”, explicó en una entrevista una de las víctimas.

Durante un tiempo siguieron las marchas, encabezadas por los familiares que pedían justicia. Una justicia difícil: Juniors fue declarado inimputable, porque tenía 15 años, y desapareció de la faz de la tierra antes que pudieran reaccionar. Pero de a poco se quedaron solos en la calle y las suspendieron.

Los funcionarios retomaron sus agendas habituales, en la escuela se olvidaron de los espacios de debate y cancelaron las pocas iniciativas de trabajo interdisciplinario que se habían puesto en marcha. Cuando se cumplió el primer aniversario ni siquiera se habló del tema.

Fue como si el pueblo dejara de pensar en eso. Todo empezó a parecernos un mal sueño. Como cuando ves una película de terror en el cine, una que de verdad te da mucho miedo: con el tiempo te vas olvidando de la trama y sólo te quedan destellos, escenas sueltas.

Recién hoy, cuando me siento a escribir esta historia me doy cuenta que nunca hablé con mis amigos o con mi familia sobre ese día. Nunca pregunté qué estaban haciendo ellos cuando se enteraron; no me acordaba cómo supo mi mamá que yo estaba bien y a ella le llevó tiempo recordarlo; no sabía que uno de mis amigos jugaba al fútbol todas las semanas con Juniors y su papá.

Descubrí que en más de quince años nunca hablamos de ese martes de septiembre. Nunca dijimos nada sobre esos ocho minutos, trece tiros, tres muertos y cinco heridos. Sin darme cuenta también fui parte del silencio que se lo tragó todo cuando se apagaron las cámaras.

Porque la vida en un pueblo chico es una línea compuesta de puntos conocidos. Salvo cuando algo altera la línea y genera un pico inesperado.

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