“¿Qué querés ser cuando seas grande?” La pregunta se repitió una, otra y otra vez. Generalmente llegaba desde un amigo de mi viejo que dejaba notar sus primeras canas y sin ninguna impunidad le escupía esas palabras a un pendejo de 9 o 10 años que poco entendía de la vida. La respuesta era simple y algo azarosa (iba cambiando tanto como mi nuevo gusto de galletitas, dibujito animado preferido o álbum por llenar): bombero, policía y jugador de fútbol eran los clásicos que salían de mi boca sin saber realmente de qué se podía tratar ser policía más que por alguna película como la Pistola Desnuda. De bombero tenía el recuerdo de mi abuela que me llevaba al cuartel de la calle Laprida y de jugador a Pablito Aimar, que la había clavado en un ángulo en un River – Boca. Mi futuro era básicamente eso: fantasías.

El tiempo pasó y la maldita pregunta regresaba, pero esta vez con algo más de claridad en mi cabeza. Había cambiado el Nesquick caliente por los primeros tragos de cerveza -a escondidas, obvio- y los viernes a la noche servían de liberación para mi cabeza abrumada y estresada por las presiones del secundario. Y cuando alguien se animaba a escarbar sobre mi “futuro profesional”, creyendo entender de qué se trataba todo eso, respondía con mucha seguridad: periodista deportivo. Claro, ingenuamente había cambiado el sueño de ser un cebollita por el de un malogrado Mariano Closs -sin cocaína ni violencia de género.

Cada tanto en ese camino se cruzaban algunas fantasías, como la de protagonizar una tira de Pol-ka o viajar por el mundo haciendo alguno de esos programas que tanto se veían los domingos a la tarde en mi casa por el Gourmet. Pero esa nube se llenaba de tormenta durante las primeras afeitadas de cara y los últimos exámenes del colegio. Había que elegir una carrera, para después ir a una universidad y poder terminar trabajando de lo que tanto me iba a preparar. Por eso, de nuevo, la pregunta se hacía más fuerte: “¿Qué querés ser cuando seas grande?”.

La idea de estar en uno de esos programas de chimentos futbolísticos mutó un poco y, después de algunas presiones familiares y sociales, la carrera de Comunicación Social parecía ser la indicada para ese chico que “siempre” quiso ser parte de los medios. Obviamente, cada vez que alguien me cruzaba con la pregunta incisiva sobre mi futuro había una respuesta segura y lograba despejar todas las dudas sobre quién iba a ser en muy poco tiempo. Los que hacía algunos años denotaban su edad con sus primeras canas ya lucían el blanco en casi todo su cuerpo e inflaban el pecho ante mi seguridad.

Pasaron varios años, una carrera terminada casi en “el tiempo indicado”, más de ocho años de trabajo dentro de los medios y varios “hitos” de los que sentirme orgulloso. Había trabajado con personas que admiraba desde chico, entrevistado a muchos de mis ídolos y mi computadora revalsaba de fotos que podrían ser parte de un “Salón de la Fama”. Estuve presente cuando un ídolo del rock sacó una pistola en medio de una entrevista en una radio, me abracé con Metallica en más de una oportunidad y tomé varios vasos de fernet con muchos músicos antes de que se subieran al Luna Park. Abracé micrófonos y cámaras, pregunté incansablemente y escribí hasta que los dedos se me acalambraran.

Pero aún con todo eso a cuestas, el vacío que sentía se hizo carne: ¿qué quiero ser en el futuro? Me lo pregunté una y otra vez. Esta vez no había nadie acechando ni buscando una respuesta perfecta, ya la habían encontrado -o eso creían- en mis logros. Pero sí había una pequeña sombra que me incomodaba constantemente, fuera a donde fuera, minuto a minuto.

Obvio, ahora la pregunta llegaba con mayor énfasis y dureza: ¿qué carajo querés de tu vida? El futuro, ese que está siempre un paso adelante, me obligaba a mirar atrás y repensar muchas de las cosas que había hecho. Darle mil vueltas al asunto. Una y otra vez. Cambié los pasillos llenos de famosos por una barra repleta de cervezas y baños con vómitos de borrachines que limpiar. Llené vasos una y otra vez, deseando ser el que los tome, pero poniéndole una sonrisa a las pintas como si fueran mis mejores amigas. Y me acordé por fin de esas fantasías llenas de Nesquick que deambulaban en mi cabeza cuando apenas podía contar hasta cien: no llegué a ser futbolista -el físico me pasó factura-, ni logré apagar un incendio como le hubiese gustado a mi abuela; pero me quedan varios años más para seguir preguntándome ¿qué querés ser cuando seas grande? Espero que para cuando encuentre la respuesta esta vez las canas estén en mi cabeza…

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