De chica yo vivía en el 4to A y mi mejor amiga, Angie, en el 4to B. Éramos vecinas. Los viernes en la casa de Angie hacían noche de películas y panchos en familia, y era el día en el que ella y sus hermanos podían dormirse tarde.

Corría el año mil novecientos algo y Titanic llegaba a la Argentina en formato VHS. Todos estaban manija con la película de Kate y Leo; “pasó de verdad”, decían. Angie y su familia alquilaron Titanic unas semanas después del boom de popularidad, cuando lograron conseguirla en el videoclub del barrio.

Me contó lo que iban a ver esa noche y me invitó a cruzar el pasillo y unirme a ese cine sacro que inauguraba los fines de semana más felices de nuestras vidas. Entonces hice lo que toda niña, avisarle a mi mamá.

– Ma, voy a lo de Angie a ver Titanic.
– ¿Eh? No, sos muy chica para ver eso.

Desasosiego infantil nivel mil. ¿Qué estaba diciendo esa mujer malvada?¿Por qué quería privarme del deleite de ver la película de la que todos hablaban?

No me acuerdo demasiadas cosas de mi infancia – ni de la semana pasada- pero de ese enojo me acuerdo bien. Discutimos durante varios días y, en vano, mi madre soltó una frase que me sonó casi a insulto: “Cuando seas grande la vas a poder ver”. ¡¿Qué?! No podía creer su sugerencia y se lo dije bien clarito:

– ¡¡¡¡Mamá, nadie se va a acordar de Titanic cuando sea grande y nunca la voy a ver por tu culpa!!!!

Nostradamus.

Años más tarde me llegó la edad apta para ver indecencias como las que aparecen en Titanic (aún me pregunto cuáles). El día que la vi no fue una ceremonia especial, sino un zapping desganado que terminó en esa película que mi mamá no me dejaba ver. Tuvo un gusto diferente, pero debo admitir que la censura irracional de la que fui víctima creó unas expectativas imposibles de satisfacer.

Después de esa primera vez, la vi 478 mil veces: Kate y Leo enamorándose más allá de las diferencias sociales; Kate desnuda en un sillón siendo pintada por él; Leo abriéndole los brazos a Kate para que sienta el viento y no se suicide; ambos garchando en un auto cuyos vidrios se empañan; Kate ocupando demasiado espacio en un pedacito de madera y volviéndose un meme viral; Leo nunca jamás ganando el Oscar hasta que por fin se le dio.

Gracias Titanic por ser tabú en mi vida por un rato y después estar siempre disponible en algún canal perdido, a cualquier hora de la madrugada, para recordarme que el mejor amor es el que es un poquito transgresor y que hasta lo más caro y brillante se puede hundir.

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