Por Gabriel Hernandez

 

Recuerdo la Nochebuena del ’93 con nostalgia, porque fue la última que vi a Papá Noel con vida.

Esa noche, mi viejo, como siempre, se mandó un asado que estuvo increíble. Pero más allá de la cena, mi atención estaba puesta en la última media hora del 24 de diciembre, esa fracción de tiempo que transcurría muy lento, como si las manecillas del reloj pasaran pesadas por tanta sidra, ananá fizz y turrones de todo tipo y color. El primer aviso de que algo mágico estaba por venir era cuando mi vieja despejaba la mesa con los restos de los postres que quedaban. Siempre había ensalada de frutas, helado de la marca Tucán y el tiramisú que hacía la tía Rosa, ese que yo dejaba de lado porque tenía gusto a caramelos Media Hora.

La mesa, ahora limpia y vacía, dejaba lugar a la comida hiper-calórica de invierno pero que los caprichos del Hemisferio Sur quisieron que la degustásemos en verano: aparecía el turrón de maní, el turrón almendrado, los confites de chocolate, las nueces, el pan dulce y el maní con chocolate. Mi vieja se apresuraba para traer la sidra y descorcharla con ayuda de un repasador y una cuchilla. Casi a la medianoche, mi viejo se acercaba a la radio y le subía el volumen y todo comenzaba a acelerarse vertiginosamente en segundos. El locutor de la radio cantaba la posta. Ansiedad. Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno.

Feliz navidad“. Chocamos las copas (en mi caso, con reglamentario jugo de manzana), mis viejos me abrazaron y la mesa se envolvió de una atmósfera especial. Pero ni los confites, ni el abrazo ni la sidra sin alcohol me importaban demasiado. Porque era el momento de ese no-se-qué especial, la fuerza del mito, actualizado por el ritual de la Nochebuena. ¿Qué se celebraba para mí? ¿Algo relacionado con Jesús? No, o al menos no lo entendía. Para mí, era el momento en que vivía en carne propia la llegada de Papá Noel.

“¡Vamos a ver los fuegos artificiales!” Dijo mi vieja y me llevó a la vereda. Mi viejo nunca estaba presente en ese escenario de festejos conurbanos, porque se quedaba adentro para “limpiar la parrilla”. En el cielo no se veía nada parecido a esos espectáculos pirotécnicos que la tele nos mostraba. Se escuchaban estruendos, cada tanto se veía la estela de alguna que otra cañita voladora, los pibes de enfrente con los Chasky Boom y las bombas de estruendo de Castelnuovo, el vecino de al lado que cada año se compraba un arsenal de pirotecnia.

Mi vieja me envolvió de magia y señaló alguna terraza vecina.

“¡Ahí está! ¿Lo viste?”

“Sí ma, ¡ahí está Papa Noel!”

“¡Ya llega acá, ya falta poco!”  señalaban algunos chicos de la cuadra que también lo veían.

En ese punto de clímax ritual, mi viejo llegó a la vereda y me agarró del hombro. “Vení acaba de pasar Papá Noel”. Yo entré corriendo y mil cosas se me cruzaron por la cabeza. Mi curiosidad me carcomía y quería engancharte Papá Noel para hacerte muchas preguntas. Sé que estabas apurado, que tenías mucho laburo, pero siempre quería saber: ¿Cómo conseguías los regalos? ¿Tenías mucha plata? ¿Qué hacías el resto del año? ¿Cómo hacías para repartirlos en todo el mundo en el mismo minuto? ¿Sufrías calor con ese traje? ¿El reno de adelante tenía una cereza en la nariz o era una lucecita?

Entré con todas mis preguntas y ahí estaban. El árbol, el regalo, la magia, el mito. Mi viejo sacó una cámara analógica lista para disparar el flash, retratar el ritual y revelarlo para la inmortalidad una semana después en la casa de fotografía del barrio.

Siempre que volvía de laburar, mi viejo me traía un chocolatín como regalo, pero desde aquel octubre del ’94 dejó de traerlos. Uno de esos días, me abrazó, habló en voz baja con mi vieja y ambos se fueron al comedor. Mi viejo se derrumbó sobre ella. Ese tipo fuerte, mi ídolo, lloraba como un bebé. Lo habían echado del trabajo. No era el único para esas épocas.

Esa parte del año se dedicó a hacer algunas changas con el hermano y los fines de semana salía para hacer otras más. Se ve que no alcanzaba la plata, porque empecé a notar que los chocolatines no volvieron a aparecer por las tardes.

Llegó el 8 de diciembre, Día de la Virgen. Me levanté con todas las ganas, dispuesto a armar el arbolito. Dejé una carta entre sus ramas, esa carta que siempre desaparecía mágicamente una semana después.

¿Qué le pediste a Papá Noel?

Un muñeco de los Caballeros del Zodíaco, el caballero dorado de Leo“.

Mirá que hablé con Papá Noel y me dijo que no viene tan cargado este año“.

Me costaba vincular de alguna manera ese mundo real de una familia buscando el mango con el de Papá Noel, los Reyes Magos, el Conejo de Pascuas y el Ratón Pérez que para mí eran totalmente reales.

La tarde del 20 de diciembre mi vieja me llevó a la casa de Tomás, mi mejor amigo del colegio. También estaba Pablito, otro amigo. Entre vainillas y chocolatada, Tomás me contó que vio a su mamá sacando la carta de su arbolito. Pablito dijo que su hermano mayor este año lo molestaba diciéndole que era un tonto porque no caía que eran los papás los que compraban los regalos. Y su primo había tenido una charla con su mamá, que le explicó que Papá Noel no existía pero que era producto del amor de los padres. Hablábamos en voz baja, casi silenciosa, como si se tratara de un secreto sagrado revelado. Nadie lo decía, pero algo había muerto ese día. Por lo menos para mí.

Mi vieja me pasó a buscar a eso de las siete de la tarde. Caminamos en silencio, me preguntó que tal estuvo la juntada. “Bien má, jugamos al Family“. Eso contesté, pero me reservé una pregunta que tenía dando vueltas en mi cabeza. ¿Qué hacía con lo que me dijeron? ¿Le digo a mis viejos que ya lo sé? Me callé e hice como si no pasara nada. La Navidad se acercaba y quería vivirla como el año pasado.

Esta vez no estuvo el clásico asado de mi viejo, aunque mi vieja se despachó con unos fideos con tuco que estaban riquísimos. De postre esta vez solo estaba el tiramisú de la tía Rosa, y no sé por qué, pero ese año lo comí y no me pareció tan feo como otras veces.

Media hora antes de la medianoche, mi vieja sacó el postre de la mesa para dar lugar a los productos gastronómicos de la Navidad. Ahora, había solo un pan dulce y un turrón. Mi vieja fue a buscar la sidra a la heladera, por descuido la dejó mucho tiempo en el freezer y la encontró congelada. Mis viejos discutieron un poco sobre eso, pero no le di bola. Al final, ellos tomaron cerveza y yo un jugo en polvo de manzana.

Mi viejo le subió el volumen a la radio para contar los segundos finales. El locutor de la radio, como siempre, cantó la posta. Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno. “Feliz navidad”. Chocamos los vasos, mis viejos me abrazaron y la mesa quiso envolverse en una atmósfera única como antes, pero algo faltó. La fuerza del mito, amplificado y actualizado por el ritual del 25 falló. ¿Qué se celebraba para mí? ¿Algo relacionado con Jesús? No ¿La llegada de Papá Noel? No. Para mí, ya había muerto.

Salimos al patio con mi vieja y ahí, por lo menos, pareció estar todo como siempre. Los pibes de enfrente con los Chasky Boom, las cañitas voladoras cruzando tristes el cielo del conurbano, y Castelnuovo con sus bombas de estruendo.

Mi viejo se quedó en la casa, pero ya no podía poner la excusa de “limpiar la parrilla”. Dijo que iba a lavar los platos.

Mi vieja intentó envolverme en la magia y señaló alguna terraza vecina.

“¡Ahí está! ¿Lo viste?”

“Sí, ma”.

Lo mío habrá sonado a desgano, porque mi vieja no intentó mucho más después de eso. Algunos chicos de la cuadra señalaban al cielo. Veían a Papá Noel. En ese punto de clímax ritual, mi viejo llegó a la vereda y me agarró del hombro. “Vení, acaba de pasar Papá Noel“. Entré a mi casa caminando sin preguntas en la cabeza.

A los pies del arbolito de Navidad había un paquete. Lo agarré sin ganas. Lo abrí casi por compromiso. Para mi sorpresa, ahí estaba el muñeco del Caballero del Zodíaco. Le di un beso a mi viejo y a mi vieja, y creo que en ese beso entendieron todo. Mi viejo sacó la cámara analógica lista para disparar el flash y retratar el ritual deshechizado. Las revelamos recién en abril.

Salimos a la vereda a ver la resaca de pirotecnia y me fui a dormir. Así pasó esa Navidad. Para la festividad del 6 de enero, no puse pasto ni agua para los camellos de los Reyes Magos. Dije algo así como “mamá quiero algún autito o algo así, lo que haya”. En esa frase murieron Papá Noel, los Reyes Magos, el conejo de Pascuas y el Ratón Pérez.

Hoy soy ateo agnóstico y en las navidades me siento como la mantis religiosa que no es religiosa. Pero voy a ver a mi sobrino, entusiasmado, viviendo a pleno el mito y el ritual de la Navidad. Por supuesto, ahí voy a estar, para abrazarlo y revivir el mito, contarle de los regalos que Papá Noel me hizo cuando tenía su edad. De lo lindo que es esperarlo y vivir ese momento único. Ese no-se-qué especial. ¡Ah! Acá al lado de la compu desde la cual escribo, tengo el regalito para vos, Fernandito. No, pará. No es mío. Me lo dejó Papá Noel.

 

Mial del autor: gabriel_alejandro_hernandez@yahoo.com.ar

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