Quiero un triplex en Cariló, o como le decía de chiquita a Cariló, “Cariló Village”, pronunciado Vilich, porque juré que se llamaba así y nadie me corrigió. Quiero 10 años de experiencia laborar con 23 años de edad, para poder aplicar a todos los puestos que suenan maravillosos, aunque nunca sé si quiero un puesto o una vida que no involucre demasiadas responsabilidades. ¿Me da vergüenza admitir que yo también sueño a veces con ‘un bar en la playa’?

Pienso todo esto mientras me tomo el 10 que dice Wilde- Palermo en la parte de adelante, voy camino a Constitución. No tengo 23 años ni pronunció ya palabras en spanglish. Hacen 38 grados en Buenos Aires y tuve que elegir entre viajar parada al lado de la ventana y a la sombra o sentarme en un asiento fulminado por un rayo de sol y que la espalda se me derrita contra el plástico berreta. Voy parada, es probable que me desmaye, pienso, ojalá me desmaye, pienso. Todo con tal de evitar llegar a mi destino final.

Describir enero en Buenos Aires es peligroso porque no sé bien cómo hacerlo sin recurrir al cliché. Es un infierno húmedo de zombies adormilados por la baja presión y la bronca de no estar en la playa, una ciudad que debería ser evacuada de inmediato a mediados de diciembre pero que, inevitablemente, sigue habitada por un selecto grupo de desgraciados, ahorradores y planificadores a largo plazo, y también por los que no tienen opción…que cada vez somos más.

Pero por otro lado, la ciudad está más vacía y disponible que nunca. Los que todos los días tomamos subte, tren y/o colectivo; notamos de inmediato un alivio en el calvario que tenemos que soporta a diario. Está más vacío, che. Safamos. Lo he visto peor. Se escucha comentar a los maravillados de enero en el transporte público. A los porteños nos gusta tener la ciudad para nosotros solos, estacionar rápido, viajar tranquilos, ver a la ciudad sumida en un ritmo diferente, casi relajado.

Pero voy en el 10 y aunque, es verdad, hay menos gente, el rayo de sol fulminante nos arruina el trayecto. Obvio que agarré un colectivo sin aire acondicionado. Obvio que estamos todos repasando los errores cometidos para estar hoy acá, bancando esta lata hirviendo. Yo sé bien por qué estoy en donde estoy. Tengo una entrevista de trabajo, salí con 20 minutos extra por las dudas, y me vestí con la única camisa blanca que no estaba tan arrugada.

Popa me pregunta por WhatsApp como me fue. Le contesto que todavía no llegué. Me dice que Ok, suerte. Pienso en las personas a las que les conté que venía y en sus ganas de que me vaya bien. Eso me hace sentir peor, ojalá la entrevista me guste y ojalá yo les guste a ellos. ¿Cual de todos mis cv les habré mandado?¿Cuánto pagarán? ¿Será buena onda mi posible jefa? ¿Y si es mala onda pero pagan bien?

Uno de los pibes que va sentado del lado de la sombra, de los pocos afortunados del bondi, tiene aproximadamente 25 años y está leyendo Harry Potter y la piedra Filosofal. Me pregunto cómo pudo haber llegado tan tarde a un libro como ese, ¿diez, veinte años tarde? Ojalá cuando termine de leerlo encuentre a alguien con quien comentarlo, pienso. Yo recuerdo bien ese libro inaugural de varios adolescentes que, en los 2000’, encontramos nuestro Álter Ego en un pibe que era un lumpen hasta que le avisaron que era mago y millonario. Impossible is nothing, excepto que alguien entregue un asiento a la sombra en este bondi caliente.

En las últimas dos semanas ya tuve cuatro entrevistas, esta sería la cuarta. No está nada mal. De ninguna me volvieron a llamar todavía pero todos me dicen que es normal, que tarda y que tengo que tener paciencia. Es como un mantra que les enseñaron en alguna escuela de yoga de la que fui excluida y repiten con apatía: es normal, tarda, tenés que tener paciencia. Sí, obvio, ya sé, repito yo, con el mismo entusiasmo, o sea ninguno.

Me quedé sin trabajo hace un mes y medio. Esto es un mes y dos semanas. No me lo veía venir, o capaz sí pero no supe qué hacer con eso que intuía o sabía. A veces saber no sirve de nada, aunque todos digan que si sabés duele menos o podés prepararte mejor. Bueno, yo me quedé ahí, esperando a que sucediera, convencida de que tal vez alguien vendría a decirme que era maga y millonaria, aunque con maga hubiera alcanzado. Pero no.

Un martes de diciembre mi jefa me escribió por el chat interno de la empresa: Sofi, venís un minuto?. “Voy!”, contesté al toque. ¿Cómo no voy a ir un minuto? Claro, no hay problema. Fui un minuto y el minuto se volvieron veinte minutos de culpa mal manejada y verborragia de alta alcurnia léxica; el peor cóctel para una empleada como yo, que lo único que busca es un sueldo decente y un poco de compañerismo en la forma de un mate. Pero no. Lo llevó todo al terreno de los roles, la eficiencia, la ambición, mi capacidad de liderazgo, mi actitud, el momento de la empresa, mi momento personal, el momento del universo; el momento de darme una patada en el orto.

Con una lista de defectos y carencias nueva y prolongada salí de la oficina sin decir mucho más que “sí”, “está bien” y “me da lo mismo”. No soy de reaccionar muy  rápido, mi prima dice que es por mi ascendente en Cáncer. Yo opino que es porque las pocas veces que dije algo cuando lo tenía que decir, a nadie le importó demasiado. El día en el que me despidieron me fui más temprano de la oficina, sentía que tenía mucho que pensar. Necesitaba ponerle perspectiva a ese baldazo de críticas y elogios forzados, pero lo único que logré fue memorizar para siempre esa conversación para el olvido.

Ahora vislumbro Constitución desde la ventanilla. Amo esa ratonera ciclotímica aunque no voy seguido. El bondi avanza hasta llegar a la parada que me toca, frena brusco como dios manda y yo me bajo sin tropezar de pura causalidad. Saco el celular para revisar la dirección hasta la que tengo que caminar, lo agarro fuerte con dos manos para que no me lo afanen y con la paranoia del que conoce la zona espero a que el mapa me indique para dónde encarar.

Llego a la altura indicada y me encuentro con un edificio moderno e imponente que parece salido de otro universo…o por lo menos de otro lado. Animada por la premonición arquitectónica, busco en el tablero el piso que corresponde y tomando valor presiono el 7mo “B”. Digo mi nombre y apellido. Me dicen que espere y espero. Suena una chicharra y empujo una pesada puerta metálica. El aire acondicionado está al palo y me acuerdo de inmediato de las interminables peleas por la temperatura del ambiente en mi ex trabajo: gripes dudosas, enfermedades crónicas y alergias de cuestionable veracidad; eran solo algunas de las armas que mis compañeros usaban para batir ese duelo interminable que cualquier oficinista debe librar en algún momento.

No hay portero al que saludar así que me meto rápido en un ascensor lleno de espejos y vuelvo a presionar el “7”. Me miro de cerca y practico algunas caras. Me acuerdo de todo lo que me dijo mi jefa cuando me echó y me pregunto si todo eso se me nota de tan solo mirarme. Mientras pienso, el ascensor para de golpe y la puerta se abre con dificultad. Me espera una chica morocha con cara de entender cómo funciona Linkedin y vestida ultra formal, como si no fuera enero en Buenos Aires ni hicieran 38 grados. Me da la bienvenida y me hace un par de preguntas: si llegué bien, si quiero tomar algo y si tengo apuro. Le contesto que sí, que no y que puedo esperar; ¿qué más podría contestar? Me siento en el lugar que me indica y espero a que mi entrevistadora decida que tiene tiempo para recibirme. Qué nervios me da tener que caerle bien a alguien que todavía no sé si me cae bien.

Después de casi cuarenta minutos una mujer rubia y también ultra corporativa aparece pidiendo disculpas poco sentidas y me invita a pasar a una sala. Sonrío, le digo que no se preocupe por la demora – ¿qué más podría contestar?- y la sigo para llegar al lugar del interrogatorio.

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