Soy fanática de los souvenirs sin misión específica ni utilidad evidente, pero más fanática soy de las palabras que traigo conmigo cada vez que vuelvo de viaje.


En algún momento tuve la suerte de vivir un corto tiempo en ciudad de México. Me enamoré de ese país como las pibas se enamoraban de Mariano Martínez cuando Son Amores todavía estaba en el aire. Lo adopté como lugar utópico, ese que convoco cuando voy apretada en el subte porteño en hora pico, yendo a un trabajo que me aburre y al que ya miro sin amor.

 

A tal punto llegó mi obsesión por este país, que hay quienes puedan haberme escuchado decir que era primero argentina y después mexicana, y en la cúspide de mi descaro de enamorada llegué a identificarme, sin ningún tipo de reparo o vergüenza, con las palabras de Chavela Vargas, que en una entrevista contestó, respecto a su nacionalidad:

 

«Sí, soy mexicana»

 

«Chavela pero usted nació en Costa Rica»

 

«¡Los mexicanos nacemos donde nos da la rechingada gana!»

 

Y yo sentí que Chavela y yo, yo y Chavela éramos parte de un mismo club de fans, sentimental y añorante.

 

Hubieron tres términos que me traje de México y me acompañan para siempre: Engentada, ‘equis’ y malinchista. La primera, es un adjetivo que describe la sensación de estar abrumado y asqueado de tanta gente; eso que uno siente cuando camina, por ejemplo, por Av. Cabildo un Sábado a la tarde (¿cómo no tenemos una palabra así en Argentina?).

 

La segunda, es ‘Equis’ y se utiliza de manera similar a “cualquiera”, “es lo mismo” o “da igual” en nuestro país; por ejemplo:

 

  • ¿Qué querés comer?
  • Equis.

 

O

  • ¿Qué tal tu día?
  • Equis

 

Es decir, muestra desinterés hacia la pregunta o certeza absoluta de que es irrelevante.

 

La tercera palabra es la que nos trae hasta este párrafo, y su significado tiene una historia un poco más interesante. Tiempo después de mi estadía en México,  ya instalada de vuelta en la vieja y buena Buenos Aires, llegó a mis manos un libro: El Laberinto de la Soledad. Su autor es Octavio Paz, Premio Nobel de literatura, intelectual y político mexicano, casi tan conocido como Luis Miguel (bueno, no tanto). En este libro, Paz analiza de forma controversial – ¿hay acaso otra forma?- la identidad mexicana. Tarea muy, pero muy complicada. A lo largo de los capítulos, entre muchas otras cosas, Paz se mete con el término que años más tarde llamaría mi atención: malinchismo.

 

¿Qué es entonces el malinchismo? La Academia Mexicana de la Lengua dice que es la  ‘actitud de quien muestra apego a lo extranjero con menosprecio de lo propio’. Y sigue: ‘De esta voz se desprende otro derivado, malinchista, referente a la persona ‘que muestra apego a lo extranjero con menosprecio de lo propio’.


El concepto no expresa nada novedoso, pero le pone un nombre a algo que – por lo menos para mí- no lo tenía. La fascinación por lo extranjero en detrimento de lo local, el brillo automático en los ojos ante lo que viene de Europa, los sueldos diferenciales, los abuelos italianos, la perorata de siempre…


Pero lo más interesante del concepto es su procedencia – alerta deconstrucción lingüística-  ¿de dónde viene el término? ¿quién se lo inventó? Ahí es donde se pone buena la cosa, spoiler alert: la culpa de absolutamente todo la tiene una mujer.

 

La historia de esta palabra se remonta nada menos que a 1519. Resulta que ‘malinchismo’ viene de Malinche, que es el nombre posta de Marina, la indígena que fue pareja (polémico) de Hernán Cortés, conquistador de Tenochtitlán, actualmente conocida como Ciudad de México. Cuando los españoles llegaron, había lindo tole tole entre las diferentes tribus que vivían en lo que todavía no era México y eso les facilitó la tarea.


Voy a tratar de resumirlo y hacerlo simple. Cuando Hernán llegó a Tenochtitlán para pudrirla toda, se les ofreció un grupo de indígenas mujeres para que pudieran asistirlos con los quehaceres… y lo demás no hace falta aclararlo. Entre este grupo estaba la malinche, o Marina, quien eventualmente terminó teniendo un rol fundamental.


Cuando Moctezuma fue a recibir a los recién llegados, se dieron cuenta de que había un problema de comunicación. Resulta que uno de los hombres de Cortés, un tal Jerónimo, hablaba Maya porque había pasado un tiempo en Yucatán, pero no hablaba Náhuatl… el idioma de los Mexicas.


Fue entonces cuando se dieron cuenta de que Marina, además de maya, hablaba náhuatl, y asumió naturalmente el rol de traductora. Al poco tiempo, la traductora y el conquistador español eran mucho más que eso, y por amor o abuso de poder, tuvieron un hijo: el primer hijo mestizo de la historia de México.


Se plantean entonces dos situaciones. Por un lado, el hecho de que Moctezuma, el último Mexica Tlatoani de México- Tenochtitlán se rinde ante el español casi de manera sumisa, sin presentar resistencia. ¿Por qué sucedió esto? Así lo explica Paz:

“¿Por qué cede Moctezuma? ¿Por qué se siente extrañamente fascinado por los españoles y experimenta ante ellos un vértigo que no es exagerado llamar sagrado- el vértigo lúcido del suicida ante el abismo? Los dioses lo han abandonado. La gran traición con que comienza la historia de México no es la de los Tlaxcaltecas, ni la de Moctezuma y su grupo, sino la de los dioses” (Paz, 1998:39).

 

Por otro lado, esta rendición se le atribuye en parte a una supuesta traición de Marina, la Malinche, que sesgando la traducción – traduttore traditore– le hace el engaña pichanga a su propio pueblo. La mujer que le entregó Tenochtitlán a los conquistadores y la que, en su vientre, gestó al primer hijo mestizo de la historia de México, la concreción física de la conquista perpetrada. Una vez más, la culpa recae sobre una mujer, algo que a esta altura no le sorprende a nadie.

 

Así, la historia de la Malinche le dio pie al término Malinchismo que llega hasta nuestros días en el país del norte. Probablemente sea una injusticia lingüística atribuirle a la Malinche semejante cosa como la ‘conquista’ española y sea solo un ladrillo más en la muralla machista del idioma. Más allá de esta reflexión, no se puede negar que un término que designe la fascinación por lo extranjero en detrimento de lo propio es lamentablemente necesario en nuestro país y, me animo a afirmar, nuestra región.


Esta es la breve historia de las tres palabras que me llevé de México. De otros países me llevé otras diferentes, pero esa es una historia para otro texto.

 

 

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