Por Tomás Méndez.

Lo primero que vi cuando abrí los ojos fueron tres estrellas fosforescentes pegadas en el techo. No había que ir al colegio, pero por alguna razón igual me desperté temprano. Era feriado; mamá iba a dormir un rato más y María también.

Salí de la cama tratando de no deshacerla demasiado. Estiré las sábanas y las frazadas. María me miró de reojo desde su cama y se dio vuelta. Fui hasta la ventana y corrí las cortinas: las ramas de los árboles eran sombras negras en un fondo azul que de a poco se iba aclarando.

Entré al baño y tomé agua de la canilla. No me lavé los dientes. Me miré unos segundos en el espejo,arremangué mi remera y torcí el brazo para ver el músculo. Me senté para hacer pis. Estaba un poco dormido y pensé que si hacía parado no le iba a embocar y que eso me traería problemas con las mujeres de la casa. Sentado, pensé en lo que me había dicho mamá el día en que Santiago, mi hermano mayor, se fue de casa para vivir con mi abuela en el centro y estudiar medicina:”Ahora sos el hombre de la casa”. Me había tomado de los hombros y se había agachado para decírmelo al oído. Las palabras de mamá siempre me hicieron sentir especial, pero esas me dieron miedo. Traté de pensar en la cara de mi papá pero ya no estaba seguro de que fuera así, como yo me la acordaba. Ya no había fotos de él en ninguna parte de la casa y su recuerdo se me iba haciendo cada vez más borroso.

El cuarto que dejó Santiago funcionaba ahora como el lugar para ver la tele. Mamá lo había decidido así porque ya no quería vernos tirados en el living, decía que así era imposible recibir visitas. Yo había querido mudarme a ese cuarto y no compartirlo más con María, pero mamá no me dejó. Decía que Santi tenía que tener su lugar para cuando quisiera venir los fines de semana, pero Santi nunca venía a dormir. Cuando aparecía lo único que hacía era sentarse a comer y pedirle prestado el auto a mamá, que lo miraba masticar y le daba todo lo que él pedía.

Fui al cuarto y me cuidé de no hacer mucho ruido con el picaporte. Prendí la tele, había algo raro. Todos los canales mostraban lo mismo. Algo estaba pasando.. La franja roja de Crónica decía: “Atentado terrorista en Nueva York”. Subí el volumen. Hablaban de terroristas, un grupo de gente organizada para matar. Los aviones chocaban contra los edificios, la gente se tiraba por las ventanas y había fuego y humo y gritos por todos lados. En una punta de la pantalla, mientras las imágenes de los aviones se repetían, había una foto de un señor barbudo de mirada tranquila, con un pañuelo en la cabeza y una piel amarillenta con pecas en la nariz y abajo de los ojos.

Apagué la tele y me quedé sentado, sin terminar de entender lo que había visto. Ni en las películas pasaban cosas así. ¿Quién era ese señor? Todo lo que pasaba era horrible, y encima, para peor, todo era verdad. Pensé que eso debía ser la guerra o el fin del mundo o algo así. Miré a mí alrededor y vi el póster tamaño real de Batistuta pegado en la pared. Tenía barba candado, el pelo húmedo y el cuello de la camiseta levantado. Lo más parecido a un superhéroe. Me asomé por la ventana, aterrado por la posibilidad de ver algún avión cayendo hacia nosotros, pero lo único que vi fueron algunos pájaros parados en los cables del teléfono.

Bajé las escaleras y desde ahí escuché a mamá en la cocina. Crucé el living en puntas de pie. Supe que estaba haciendo su café con leche, por el ruido de la cuchara batiendo y por el tenue chiflido de la pava; pero cuando llegué al comedor, a solo una puerta de la cocina, me di cuenta de que mamá estaba cantando.

Mamá estaba contenta, no quise interrumpirla. Sentía que eso que estaba pasando se podía arruinar en cualquier momento y me juré que yo no le daría ninguna mala noticia ese día. Así que me quedé escondido en el marco de la puerta, conteniendo la respiración y espiándola a través del reflejo del ventanal del comedor, que me devolvía una foto borrosa de lo que pasaba en la cocina, como un negativo a contraluz de lo que esperaba ver en mi mamá.

Ella cantaba una canción de Luis Miguel y mientras batía el café daba vueltas para un lado y para el otro. Asomé la cabeza y no me vio porque tenía los ojos cerrados. Nunca la había visto tan linda. No me pude aguantar, entré a la cocina dando saltos y cantando la canción a los gritos. Mamá se asustó y me dijo que me callara apoyando un dedo en la boca. Pero cuando la abracé no dejó de moverse y en silencio bailamos un rato y me hubiese gustado decirle que la quería mucho, que todo iba a estar bien, que ya no quería verla triste. Pero no dije nada y apreté fuerte los ojos. Tenía la cabeza hundida en el algodón de su bata y sentí como un temblor en su panza cuando me di cuenta de que me estaba  hablando. Me agarró de los brazos para que deje de moverme y me sentó en una silla de la mesa. Se agachó y me clavó las uñas en los muslos:

-Escuchame -me dijo, con los ojos muy abiertos-. Vos ya sos grande y lo tenés que saber -se limpió los mocos con la manga de la bata y se puso todavía más cerca mío-. Pero me tenés que prometer una cosa- moví rápido la cabeza, asintiendo-. Me tenés que prometer que por ahora no le vas a decir nada a tu hermana. -Quise decir que sí pero no pude. Así que cerré los ojos y me limpié yo también los mocos-. Conocí a alguien –dijo y se secó los ojos. Se puso de pie y arrancó una servilleta del rollo de cocina. Se sonó la nariz-. Hace un tiempo conocí a una persona y me gustaría que la conozcas. –Se sentó en una silla y me agarró las manos sobre la mesa-. Es alguien muy especial para mí.

En ese momento entró María a la cocina toda despeinada y frotándose un ojo. Mamá la miró entrar con ternura y le sacó los pelos de la cara. María se sentó a la mesa y se me quedó mirando con intriga. La pava empezó a chillar y mamá se paró de la mesa para apagar el fuego. Mi hermana me preguntó qué pasaba.

-Caen aviones del cielo -le dije.

-Callate tonto ¿Por qué llora mamá?

Levanté los hombros y le dije que no tenía idea, después me paré de la mesa y le dije a mamá que me iba a dar unas vueltas con la bici. Me dijo que primero desayune, que tenía que comer algo, pero contesté que no tenía hambre y me fui. En otro momento se habría enojado y me hubiera gritado que quién me creía que era, pero lo único que me dijo fue “abrigate”.

Pedaleé varias cuadras lo más rápido que pude, sintiendo cómo el aire frío me arrancaba los mocos de la nariz y cerrando los ojos cuando agarraba buena velocidad y ya no hacía falta seguir pedaleando. Pensé en mi hermano, en toda la falta que me hacía y en toda la gente que dependería de él para sobrevivir cuando fuera doctor. Pensé que la muerte sería para él algo de todos los días, algo que no le podía dar miedo. Pensé en mamá, en las veces que la había escuchado llorar después de hablar horas por teléfono, después de haber gritado en el tubo ya sin escuchar los murmullos que salían del auricular, después de haber cortado de un golpe y quedarse unos segundos en silencio, con las manos en la frente. Pensé en que esos murmullos que la hacían llorar seguramente eran de mi papá y pensé en María, en que yo era su hermano mayor y, aunque no me gustara, la tenía que cuidar.

Frené en la barranca de tierra donde terminaba la calle. Me senté en la vereda y miré al cielo. No había ni una sola nube. Esperé ver algún avión pero ninguno pasó. La mañana estaba hermosa y el viento me secaba de a poco los cachetes transpirados. Los canteros de las casas estaban todavía húmedos por el rocío de la mañana. La primavera crecía, como una plaga, comiéndose de a poco al frío y al invierno.

Escuché que alguien encendía una bordadora y al rato sentí el olor que larga el pasto recién cortado; un olor que me gustaba tanto como el de la nafta o como el de un bizcochuelo en el horno. Un olor que me daba ganas de respirar profundo y cerrar fuerte los ojos. Me dio bronca pensar en mi papá. Nunca lo había visto cortar el pasto y ahora alguien iba a venir a hacerlo por él. Me di cuenta de que una hilera de hormigas caminaba entre mis pies. Abrí las piernas y con la cabeza entre las rodillas empecé a escupir gotas gordas de saliva. Las hormigas se desesperaban y corrían para todas partes, algunas quedaban pegadas y no podían escapar. Pensé que algo parecido nos podía llegar a pasar a nosotros. Las pisé y me subí a la bicicleta. Bajé la barranca y seguí pedaleando lo más rápido que pude por esa calle de tierra que no conocía.

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