Por Pablo Vio y Belén Rodríguez Traverso

La primera vez que pisé Australia no sabía muy bien de qué se trataba, más allá de que vivían algunos canguros boxeadores, koalas, tiburones y arañas asesinas. Bah, por lo menos eso es lo que había visto alguna noche desvelado en National Geographic. Tampoco había llegado muy bien preparado: una visa de turista bajo el brazo que solo me dejaba quedarme tres meses, y algunas indicaciones de conocidos que habían pasado por lo mismo y habían logrado ahorrar algo de plata sin necesidad de estar -digamos de alguna manera- legales en el país.

Caí por motivos de fuerza mayor, y creo que ahí radicó la única similitud entre la primera y la segunda vez que me subí a un avión con destino a Oceanía, en una mezcla de búsqueda inconsciente y escape deliberado.

Me acuerdo que en ese momento, mediados de 2014, algo intrigado y excitado por ese nuevo estilo de vida, escribía mis “hazañas” siendo un ilegal en Australia como si se tratara de una aventura sin fin. El primer mes lo describí como “muy intenso”, entre otras cosas, logré romper con varios prejuicios propios y conseguí duplicar mis ahorros para seguir viajando. Hoy leo eso y sonrío, aunque solo quedó como un gran y viejo recuerdo.

Pasaron cuatro años, algunos trabajos en Argentina, miles de cervezas, una revista, una novia, un departamento compartido con amigos, un viaje inesperado a Barcelona, una terraza con vista al Tibidabo y más de cuarenta horas en distintos vuelos para que volviera a pisar Sydney. No sabía muy bien qué esperar de este segundo encuentro, aunque tenía la certeza de que esta vez no tenía ganas de romperme la espalda con algún trabajo en la construcción o pasar diez horas saltando en una cama elástica en un parque de diversiones. La visa que tenía ahora me dejaba quedarme por lo menos un año, buscar opciones de trabajo un poco más “legales” y vivir varios meses en un mismo lugar. Aunque muchas veces, no todo sale como uno lo planea…

 

Capítulo uno: ¿Qué carajo hago en Australia?

Australia es lejos. Muy lejos. Por ende, una vez que te bajás del avión ya no hay casi vuelta atrás. Y no es que vayas a extrañar mucho el fernet o el asado para pensar en volver, pero esas primeras horas de vida en la otra punta del mundo son asfixiantes. De verdad. Esos primeros dólares que se van entre un sándwich, una tarjeta de celular, un tren y un lugar donde dormir te dejan anímicamente por el piso. Pensando cómo vas a hacer para sobrevivir en una isla a 12 mil kilómetros de distancia. Como si realmente fuera imposible vivir en el “primer mundo”. Tus ahorros pasan a ser la mitad en pocas horas, tu inglés suele estar más oxidado de lo que pensabas y el simple hecho de imaginarte viviendo ahí por más de una semana parece algo imposible.

Es verdad que poco a poco las cosas se van acomodando, aunque ese mito sobre hacerse millonario del otro lado del mundo lleva más tiempo del que parece -y bueno, en la gran mayoría de los casos la palabra “millonario” no llega siquiera a ser una realidad. Por otro lado, esa fantasía donde uno se pasa toda la tarde haciendo surf, tomando cervezas y bailando en fiestas en la playa es casi una utopía. Para empezar, hacer surf, si nunca lo hiciste, es difícil y lleva su tiempo. La birra más barata en un bar puede costarte unos diez dólares, y en la gran mayoría de los lugares, si la policía te encuentra haciendo una fiesta con el mar y la arena de testigo te pueden poner una multa que duele más que el pasaje de vuelta a Buenos Aires.

Muchas de estas cosas uno las aprende a los golpes, después de varias desilusiones y preguntándose más de una vez “¿qué carajo hago en la otra punta del mundo?”. Pero una vez que se van acomodando, y con varios dólares en la cuenta, el sueño de cruzar la Muralla China caminando o emborracharte con Sake en Tokio se vuelven un poco más reales.

 

Capítulo dos: los paraísos siempre tienen una porción de infierno

El primer lugar al que llegué con mi novia fue Manly, una ciudad llena de playas de ensueño al norte de Sydney, a la que caímos por recomendación de conocidos y porque muchos de ellos estaban viviendo ahí. Obviamente el pensamiento lógico fue: con amigos todo va a ser más fácil, desde encontrar una casa o departamento, hasta buscar un trabajo. Algo así como la situación perfecta, por lo menos dentro de nuestra pequeña fantasía idílica sobre lo que podía ser pasar un nuevo verano a pocas cuadras de la playa. Pero obviamente, a veces hasta las fantasías más perfectas pueden terminar transformándose en una pesadilla.

Era un viernes algo frío de septiembre. Nos bajamos del ferry en el puerto de Manly, y por primera vez en mucho tiempo vi como su cara se deformaba en cuestión de pocos segundos. La sonrisa se volvió tristeza y esa esperanza de encontrar un nuevo verano o un lugar donde sentirnos cómodos se desvaneció sin mediar palabra. Las primeras, de muchas lágrimas, empezaron a caer desde sus ojos mientras algunas gaviotas amagaban con cierta codicia e irreverencia robarnos las sobras del carísimo bagel que poco antes nos había saciado el hambre. Yo era un notable espectador de esa lucha interna de ella entre darle una oportunidad al cambio y añorar ese pasado con aroma catalán. Una guerra que se exteriorizó y explotó en esos primeros pasos, pero que no terminó hasta casi dos meses después. Seguramente quién ganó esa guerra quedará para otro capítulo…

Llegamos a la casa que habíamos alquilado a la distancia y con ayuda de nuestros amigos. Algo alejada del centro, pero enfrente de la playa. Con diez personas más viviendo en el mismo lugar y todos argentinos. Una especie de micro-vecindad “porteñizada” dentro de Manly, donde el puterío, las peleas por quién toma más fernet y las avivadas eran moneda corriente. Todos los días, todas las noches. Y obviamente eso no ayudó para que la sonrisa de ella volviera, y mucho menos contribuyó a que la mía siguiera a la fuerza.

Decidimos activar lo antes posible para escaparle a ese agujero negro con tintes de secta argentinizada, y en poco menos de una semana conseguimos trabajo y una nueva casa a donde mudarnos solos. Las cosas poco a poco se iban acomodando. Yo había conseguido mi tan añorado trabajo en una cervecería. Era la primera que 4 Pines, una de las cervezas más importantes de Sydney, había puesto enfrente de la playa de Manly y me encontraba a mí sirviendo pintas sobre el atardecer y volviendo poco después de la medianoche. Ella madrugaba para servir café a los primeros ciclistas que aparecían por el centro de la ciudad esperando una inyección de cafeína. Vidas opuestas…

Las discusiones sobre qué hacer para lograr cambiar esa realidad en la que los ahorros no eran suficientes y las tardes de playa parecían quedar en el olvido, se hacían más rutinarias y el “¿qué carajo hago en Australia?” resonaba cada vez con más fuerza. Esos amigos que nos habían convencido con llegar a Manly y nos habían hablado de sus posibilidades, estaban enceguecidos por las pequeñas bondades que les daba ese “barrio cerrado de la zona norte” pero a doce mil kilómetros de distancia de su realidad, y ya ni siquiera respondían nuestros mensajes. Sí, estaban entretenidos con sus “fiestas latinas de los jueves” y los asados en la playa en los que escuchar una palabra en inglés era un imposible.

La relación con nuestros inquilinos, una pareja de australianos de unos cuarenta años que habían tenido su segundo hijo el mismo día que nosotros nos habíamos mudado a su “casa de invitados”, estaba bastante tensa. Algunos gritos desaforados el día que River le ganó a Gremio en el último minuto y malas interpretaciones en mensajes de texto habían logrado que los saludos cordiales se desvanecieran. Y una mañana, poco después del primer super-clásico histórico, las cosas explotaron: “Pablo y Belén, estoy volviendo a casa del trabajo con su depósito y espero que se vayan de mi casa esta mañana porque sino voy a tener que llamar a la policía”. No había un motivo exacto para que ese mensaje de texto nos llegara, más que una nueva malinterpretación sobre algún pedido en nuestro inglés todavía oxidado. Pero aunque en ese momento Australia parecía que se nos derrumbaba encima, la posibilidad de cambiar esa realidad que tanto nos asfixiaba ahora solo dependía de nosotros: sin casa, poco trabajo y un incipiente verano que por momentos pedía gorro, buzo y bufanda eran motivos suficientes para dejar atrás Sydney…

 

Capítulo tres: una carta de desamor a Australia por Belén

¿Por qué me está costando tanto quererte Australia? Estoy sentada frente al mar, con una cerveza helada escondida en mi mochila y el sol poniéndose mientras un vientito frío me purifica las ideas. Pero nada, nada logra llevarme a esa sensación de éxtasis que me regalaba Barcelona cada una de sus noches, durante seis meses.

¿Por qué sos el paraíso para tantas personas y hacés que yo me sienta incómoda en cada uno de tus rincones? Quizás realmente no seamos el uno para el otro. Quizás no seas, en absoluto, mi “lugar en el mundo” o simplemente nos conocimos en un mal momento.

A mi me enganchaste enamoradísima de otro… Perdón Australia, pero Barcelona no dejó lugar en mi corazón para vos. Ni para tus playas, ni para tu gente, ni para tu estilo de vida, ¡y menos todavía para lo aburrido que es Manly! Hace un mes que estoy acá y cada día me agobia más la idea de que no seamos compatibles.

¿Yo vine mal predispuesta? Un poco. Pero cuando un lugar es “tu lugar” se siente, te impacta en algún momento y ese flechazo no deja dudas. Vos, con tus infinitas reglas, tu horario inhumano, tu agobiante perfección, tu gente tan “excesivamente feliz”. No te creo Australia. Dejame decirte que no confío en vos, que este mundo “idílico” me parece una gran mentira, llana y superficial.

¿Dónde está tu chispa? ¿Dónde está tu pasión, tus ganas de vivir, tu personalidad, tu diversión, tu costado rebelde?

Me agarraste en un mal momento, Australia. Hace unos años creo que me hubieras conquistado al instante. Tu perfección engranaba perfecto con las exigencias que manejaba. Pero hoy cambié. Me relajé, me liberé y también pasó algo que jamás creía posible: me transformé en una chica de ciudad.

Hoy disfruto de disfrutar la vida. De tomarme más de una cerveza (y no tener que pagar 12 dólares por una pinta), de caminar por calles pintorescas, de romperme la cabeza en un boliche hasta las 6 de la mañana, de tomar en una plaza rodeada de otros grupos de personas en la misma sintonía. Disfruto de salir de mi casa y tener incontables opciones de programas para hacer y de los kioscos abiertos 24/7 para el momento del bajón. Disfruto de conocer gente inteligente, interesante y apasionada. De tener libertades y no sentirme constantemente observada por el “ojo de las leyes”.

Australia, hoy vos no me podés dar eso. Te pido perdón por la energía pero no estoy para caretajes. Voy corto y al pie: lo nuestro no está funcionando.

Te voy a dar otra oportunidad. Porque no me rindo fácil y porque estoy viviendo una experiencia increíble que elegí con total libertad, con una persona que adoro. Nos vamos a mudar a una ciudad que aparenta ser mucho más enérgica y entretenida. Pero prometeme que le vas a poner un poco más de onda… porque si no, evidentemente, lo nuestro no tenía que ser.

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