Cada vez más científicos sostienen la teoría de que el universo es un holograma. Una proyección fría y perversa que expone a las personas a diferentes escenarios para provocar reacciones en ellas y poder estudiarlas. A veces pueden ser experiencias agradables, como recibir de la nada, de una tal Viviana Raccanelo, una transferencia por veinte lucas o ganarte un televisor en la fiesta de fin de año de tu laburo. Pero otras pueden ser de lo más desagradables, injustas y desesperantes. Por ejemplo, cuándo te toca ser presidente de mesa en una votación, cuándo quedás embarazada de trillizos o cuando pateás la punta de una mesa con el dedo chiquito del pie y alguien te sigue hablando cómo si no hubiese pasado nada, mientras vos intentás disimular el dolor.

Incluso puede ensañarse mucho más, como lo hizo con el ingeniero austriaco Reinhold Boyer, que tuvo que sobrevivir al descarrilamiento de un tren, dos incendios, un terremoto, un huracán y al desborde del río Mississippi, todos en diferentes países, sufriendo solamente heridas moderadas. Además, se enfermó una noche antes de que salga el Titanic, y no pudo embarcar. Muchos dicen que es el tipo más afortunado del mundo, yo creo qué, cómo mínimo, vive cagado hasta las patas, el pobre experimento cósmico…

Y no solo se hace sentir con acontecimientos extraordinarios, sino que también se manifiesta en las acciones más pequeñas. Una de las herramientas más sofisticadas que tiene este universo holográfico para jugar con nuestras emociones son los agujeros negros. ¿Viste cuándo te pasás cuarenta minutos con un cigarro apagado en la boca buscando un encendedor?… Sabés muy bien que lo dejaste en la mesa del comedor, tenés el nítido recuerdo de estar apoyándolo cuidadosamente al lado del florero ese que está en el medio. Es más, no podés estar equivocado, porque  te acordás que en el momento que lo dejabas pensaste: ¡por favor! que feo ese centro de mesa… Pero ahora no está. En ese lugar del espacio-tiempo, ya no está.

Eso es un agujero negro. Un portal cósmico que toma un objeto de un lugar determinado y lo deposita, un rato después, en dónde se le da la puta gana. Pobre de vos, desconfiado de tus sentidos, vas a buscar ese fuego por todas partes. Antes, vas a  pensar si no hay otra forma de evitar lo peor de lo peor, es decir, bajar a comprar otro. Pero el chispero de la hornalla no anda hace rato y da la casualidad de que no hay otro encendedor en la casa, ni siquiera fósforos. Tus amigos siempre se olvidan varios, que se acumulan en el bolsillo de una bermuda, hacen ruido y no dejan espacio para otras cosas. Justo ese día no quedó ninguno. Incluso llegás a pensar en hacer un rollito de papel higiénico y prenderlo con el mechero del termotanque, pero te acordás de otras veces que lo hiciste de chico y las consecuencias fueron casi catastróficas.

Entonces, no te queda otra que arrancar con el rastrillaje. Primero buscás por los lugares convencionales, esos en los que ha aparecido otras veces. Obviamente que podés bajar y dar por terminado el asunto, pero vos sabés que está ahí, que tiene que estar, y tenés razón. Así que seguís y seguís, hasta llegar a desordenar sectores en los que es completamente imposible que esté, cómo el armario de abajo de la bacha del baño o la bolsa madre de la cocina, esa que contiene a todas las otras bolsas de la casa. Incluso llegás a fijarte en espacios que son más chicos que el objeto que estás buscando, cómo abajo de una tapita de coca o ese espacio entre la mesada de mármol y el horno cocina que es tan finito que el encendedor tendría que haberse derretido para pasar por ahí.

Te sentís frustrado, pensás que el alemán debe estár por visitarte o que estuviste fumando mucho estos días. Podrías pasarte toda la tarde buscando, todo el fin de semana para demostrarte que está por ahí, pero bueno, te entregás. Hay que fumar. Te vas hasta la esquina, regalás 35 valiosos pesos por un nuevo y efímero “candela” y regresás pensativo a tu casa, mientras puteás en voz baja.

Solo cuando estés más tranquilo y empieces a dejar esta tortura atrás, lo vas a encontrar. Vas a ir al balcón, con el cigarro humedecido por la saliva, vas a meter la mano en el bolsillo y ahí va a estar, chocándose ruidosamente con el otro que acabás de comprar. Sí encima tenés la mala fortuna de estar con gente que vio toda esta horrible escena, vas a tener que tragarte las burlas, las risas humillantes y las ganas de explicar que ya te habías fijado ahí, varias veces.

Eso es lo que quieren los agujeros negros: volverte loco, que te desesperes. Que reacciones para que puedan estudiarte o simplemente para divertirse. Quieren que te cagues a trompadas con tu compañero de casa o que pienses que la conchuda de tu mujer está tratando de que fumes menos. Es lo que explica que tu control remoto aparezca a veces adentro de la heladera, o aquella vez que llegaste tarde a esa entrevista de laburo, porque las llaves de tu casa aparecieron, después de buscarlas media hora, colgadas en la parte de afuera de la puerta.

Las sagradas escrituras, es decir Los Simpsons, citan también a este fenómeno en el capítulo que Homero se hace amigo del contratista. Todos creen que es imaginario, producto de una esquizofrenia o algo por el estilo, y para curarlo lo someten a un tratamiento con choques eléctricos. Cuándo se descubre que Ray existe y que no es un invento de Homero, Stephen Hawkings se presenta oportunamente para explicar porqué Bart no había podido verlo en el granero del constructor. Un agujero negro, producto de una ruptura en el espacio-tiempo, se había posicionado frente a Bart absorbiendo la luz de la imagen de Ray e impidiendo que este lo vea…

Sé que todo esto puede hacerte sentir un poco sólo. Que somos seres insignificantes librados a la voluntad de un universo tirano y todopoderoso que experimenta con nosotros como si fuésemos ratas de laboratorio. Es angustiante, deprimente. Pero no todo está perdido hermano, ahora lo sabés. Por eso, la próxima vez que el universo te provoque de esta manera, que trate de sacar lo peor de vos, respira profundo, salí al balcón, mirá al cielo y gritale: … ¿Esto es todo lo que tenés? …

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