Me desperté varias veces en mitad de la noche. Soñaba con el primer día. Eran casi pesadillas. Ya habíamos estado con D. en las oficinas y el Sr. Douglas nos había comentado un poco de que iba el laburo. Había que vender, lisa y llanamente. Algo que nunca supe hacer. Pero claro, cuando estás en otro país, pensás que podés hacer cosas que en el tuyo no.

Entonces nos fuimos contentos de aquella reunión, prometiendo volver al día siguiente para empezar con la capacitación, calculando en que íbamos a gastar tantos euros, si en croquetas, en algún viaje o en ropa.

Pero la noche no me la hizo fácil. Me desperté con bastante más dudas y menos contento. Sin embargo, allá fuimos, a ver a Douglas, el pibe exitoso de veintidós años que nos prometía el oro y el moro. El lugar quedaba a dos cuadras, y cuando llegamos había ya algunos pibes trajeados y fumando, como si fueran corredores de bolsa de Wall Street. Todos menores que nosotros, por ahora. Yo tenía la misma camisa y el mismo pantalón que el día anterior.

Algunos nos saludaron, otros nos miraron raro, y así subimos al primer piso. D. y yo tuvimos que esperar otro ascensor porque dejamos pasar a todos al primero. Nadie atinó a quedarse a esperar con los nuevos. En cambio, se amucharon como sardinas y subieron bien pegados. Como un equipo sólido y con olor.

Cuando llegamos a la oficina, vimos lo mismo que el día anterior. Lo que temíamos. Todos parados en una ronda, listos para su arenga diaria. En esos minutos llegó Douglas y un par de personas más. Una mujer, la única. Un viejo, el único. Ya no éramos tan raros entre ese cardumen de jóvenes enajenados a la espera de llenar sus bolsillos.

Uno de los “capos”, quizás el mejor trajeado, con pañuelo de seda o de imitación de seda, nos llamó. Nos apartamos de la ronda y fuimos hasta un rincón de la sala donde había una pizarra de pie, justo al lado de un parlante que chillaba al palo una marcha funcional bien arriba. Para salir a matar, o a matarse. Para colmo, nuestro nuevo gurú del business hablaba en un tono casi imperceptible. Yo asentía como tonto, sin escuchar la mitad de las cosas que decía. D. sacaba fotos de lo que el maestro escribía en la pizarra. Un poco a pedido de él, y otro para no ser descortés.

Por suerte vino Douglas a rescatarnos. A D. la mandó con la única mujer. A mí, con el viejo que parecía no haberle encontrado todavía el sentido a bañarse. Si ese hombre, con ese olor, vendía algo, quizás yo también podría hacerlo. Me aferraba a esa mínima esperanza. Me senté a su lado, y al frente, D. y la chica. Nos iban a explicar cómo cargar los datos de una venta en las tablets. Lo raro era que nadie se los había explicado a ellos todavía. Pero le ponían la mejor voluntad, eso sí. A los tumbos, con ayudas externas, lograron llegar al final de la explicación. Apurados por el reloj que ya casi marcaba las 10:30. Hora de irnos todos a desayunar.

Pero antes, un poco de motivación extra a los nuevos. A ver si con esto se terminan de desmayar de la emoción, y no por el olor a mierda.

  • Buenos días- dijo Douglas con una voz fuerte y segura.
  • Buenos días- se escuchó un poco más tibio.
  • ¿Qué fue eso? Venga, los quiero a todos seguros y firmes. BUENOS DÍAS.
  • BUENOS DÍAS.
  • Ahora sí.

Yo moví los labios, pero no pude sacar ningún sonido de mi boca. No pude.

  • Vale, Albertito. ¿Cuánto dinero has hecho ayer? Dilo en frente de todos, venga hombre.
  • Y, he metido unos cinco clientes, pues unos doscientos duros.
  • ¿Y tú, José?
  • Seis clientes.
  • ¿Cuánto es eso? A ver, venga que ustedes lo saben bien.
  • 260!!!
  • Joder macho. ¿En qué trabajo uno gana al menos cien euros por día?
  • ¿Un médico?-respondió la única mujer
  • ¿Pero sabés como tiene los codos de estudiar? Aquí no. Aquí es más sencillo. Llegas, entras a la casa de don Manuel, de doña Carmen y dices –Señora, ¿qué le sobra el dinero?, pues es que yo no lo veo. Venga cámbiese a nuestra empresa-. Así de simple. Si cruza los brazos, ponle una mano sobre el hombro, acaríciale al perro, ponderale el café aguado, lo que sea.

Todos miraban encantados, sonrientes. Menos D. y yo. ¿Por qué hacer esto si no nos gusta? Es que no tengo nada contra ellos, cada uno a su bola como dicen acá. Pero es que no me siento cómodo. Seré un ortiva solitario, un lobo de la estepa, un sudaca con principios, pero no puedo estar a las nueve de la mañana escuchando marcha como si fuera un gimnasio, y gritando los buenos días como si fuera un ejército.

Ahora sí, a desayunar. Antes, un aplauso de bienvenida para nosotros. Bajamos primero con D. y salimos del edificio. Atrás nuestro venían un par que sacaron cigarrillos de sus cajas apenas cruzaron la puerta. Nos corrimos para un costado, pelamos seda, filtro y nos armamos un tabaco. Con vergüenza. ¿Qué hacemos acá?, nos dijimos. Antes de poder responder, ya estábamos caminando junto al resto. En pocos pasos nos fuimos convenciendo. Hicimos cuentas, “con lo que tenemos tiramos un par de semanas más”, “si bajamos la cantidad de cañas y croquetas, llegamos a fin de mes” “ya fue, escribámosle al hijo de puta de tu primo que le diga a su amigo que le diga a su tío”. Cualquier cosa es mejor.

A las dos cuadras, nos dimos media vuelta y fuimos a encarar a Douglas. Los pibes no entendían nada. Uno le dijo al otro –mira, se van-. Qué vagos estos argentinos, debe haber pensado.

Llegamos hasta él que venía caminando atrás, arriando al ganado.

  • ¿Podemos hablar con vos un segundo?
  • Sí, claro.
  • Nos vamos. Esto no es para nosotros. No queremos hacerte perder el tiempo.
  • ¿Seguro? Mira que se gana mucha pasta, ya lo has oído.
  • Puede ser, pero no creo que nos salga.
  • ¿Salir qué, hombre? Si esto es como pescar en un cubo, tío.
  • Gracias, Douglas. Adiós.

Nos alejamos, fumando lo último del tabaco, chupándolo en el frío de Zaragoza, mirando para abajo porque el sol nos encandilaba. En silencio, pero en paz.  Eso fue lo que duró nuestro primer trabajo en España. Al final, creo que nos sacamos un peso de encima. Y varios euros, quizás.

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