Me gusta que tenga más fresco que batata. Ni hablar si el dulce es de membrillo. En ese caso sería un 90/10.

Soy fanático del queso a un nivel disparatado. Me molesta que tenga tantas variantes y no tener plata para probarlos todos, pero más me jode que vengan los europeos a decirme que nunca probé un verdadero queso si no fui a Italia o Francia. Por un lado, me da muchísima curiosidad y envidia, aunque después cuando me mando una provoleta en un asadito exploto de placer. Así que mejor, que la sigan chu…

¿Pizza o empandas? ¡Siempre las dos hermano! Si es con la pizza, la empanada tiene que ser de carne; pero si tengo que pedir media docena van a preponderar los gustos con lácteos: roquefort, queso y cebolla – dos de estas – , jamón y queso, carne cortada a cuchillo y carne picante. Partido terminado: Queso 4 – Carne 2.

Volviendo a la pizza soy más conservador que Julio Argentino. Una porción de fugazzeta y otra de napolitana con mucho ajo. Se acabó la discusión.

La carne me gustaba tirando a cocida, mis viejos siempre fueron muy sobre protectores y no les copaba que comiera carne roja -jugosa-, a tal punto que la despreciaba. Ahora me gusta casi viva y bien sellada. Una entraña sangrienta y crocante se puede comparar con el gol del Diego a los ingleses o con los coros de Bohemian Rhapsody.

Si entramos en el terreno de las pastas pierdo la cabeza. Una lasaña con bolognesa – obviamente sin acelga ni espinaca – o unos ñoquis a la parisienne me ayudan en esos momentos oscuros donde ningún amigo, ni la psicóloga, puede mejorar mi día.

En vez de chicles, llevaría unos mejillones o langostinos envueltos en mi bolsillo. No me gusta el pescado, pero soy capaz de matar por una paella llena de bichos marinos que exploten mi ácido úrico.

Hablando un poco de dulce, mí postre preferido, además del ya mencionado vigilante, es el helado de dulce de leche con dulce de leche, CORTA. Mi fruta favorita es el durazno o la pera si está muy piola, es decir, bien jugosa. No tengo mucho más que contar sobre esto.

Con las verduras siempre tuve una disyuntiva entre un tubérculo y un bulbo. La qué más me copa es la papa. Su versatilidad es sensacional: tortillas, fritas, rejillas, puré, pastel, al plomo, al horno, con manteca, en ensalada con huevo y mayonesa, entre mil formas más. ¿Cómo ganarle a este fantástico tubérculo? Pero también, hay un bulbo que me mueve el tablero. Estoy hablando de la querida cebolla. Ya les dije que si pido empanadas siempre dos van a ser de queso y cebolla y ni hablar de mi amor por la fugazzeta. Esta verdura mejora cualquier cosa que acompaña ¿A qué plato salado no le pondrías un poco de cebolla? Va bien con todo y es indiscutible.

Para el final dejo al más importante. Te ayuda a despertarte cuando lo untás con manteca y te acompaña antes de ir a dormir cuando volvés de una conga y lo ves abrazando una milanesa o un pedacito de vacío que sobró del asado. Ni hablar cuando lo encontrás en una esquina de la heladera en su formato de miga después de un cumpleañito ¡Larga vida al pan!

¿Y a vos wachx? ¿Qué te hace agua a la boca?

 

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