Con mi hermano compartimos el cuarto hasta que él cumplió quince. Nos llevamos dos años, él es más grande. Te imaginarás que hasta ese momento fue como convivir, casi como una pareja, o en algunos momentos más intenso y con más diferencias.

Mis viejos habían comprado una cama cucheta de las “modernas”, esas que en vez de estar una arriba de la otra formaban una “L”. Él dormía en la de arriba y yo en la de abajo. Antes de irnos a dormir pasábamos horas viendo tele. Esos primeros años, los que terminan cuando uno se cree lo suficientemente adulto para necesitar su espacio, hicieron que nos conociéramos mucho. Que supiéramos nuestros miedos -como cuando después de ver un capítulo de Scooby-Doo me invitaba a dormir a su cama porque yo creía que alguien podía entrar por la ventana-, nuestros gustos, fortalezas, pasiones y odios. Te repito: una convivencia.

Se fue a los quince y a mi me dejó el corazón roto, pero con un cuarto más grande y la computadora en mi poder. Eran los primeros años del 2000. Internet ya volaba y aunque dos puertas de madera y un pasillo nos separaban, todas las noches seguíamos juntándonos a ver MTV (o a Santiago del Moro cuando era rebelde, se agarraba las bolas y pasaba videos en Much Music) y poner discos a todo volumen. Hablar mal de algún profesor del colegio o idear un escape juntos la tarde siguiente a la Quinta Avenida o la Bond Street. Coleccionábamos tapitas de 7-UP -aunque a ninguno de los dos nos gustaba- para canjearlas por discos que creíamos que nos iban a cambiar la vida. Íbamos a recitales juntos, desde Depeche Mode y Blondie, hasta Attaque, Los Tipitos y Miranda. Comprábamos sacos de pana, zapatillas de zebra y poníamos Bowie a todo volumen. Vimos juntos La Naranja Mecánica, Pulp Fiction y Zoolander.

No me acuerdo bien pero creo que para cuando yo tenía 18 o 19, las cenas en mi casa se empezaron a hacer insostenibles. Mi papá y mi hermano se enfrentaban cara a cara en una guerra sin razón. Mi mamá y yo estábamos en el medio. Difícil tomar partido, aunque siempre me tiró más el amor por mi hermano -perdón pá, si lees esto. Quizás, o seguramente, por todo lo que conté antes más muchas otras cosas que no hace falta decir ni contar.

A veces en esas discusiones, mi egoísmo extremo me tiraba fuerte para boicotear su libertad, aunque muy por dentro sabía que era lo mejor que le podía pasar. No imaginaba ni un día en mi casa sin él, pero a veces -como diría Cerati- decir adiós es crecer. Su año en España de intercambio lo había devuelto revolucionado, más maduro, más humano, más persona, más real. No es que antes no lo fuera, pero esa soledad o viaje personal lo había llevado a decidir que quería para su vida.

Una noche, ya cansado de ser la Franja de Gaza entre Palestina e Israel, me fui a mi cuarto. Quería descansar un poco, el trabajo, la facultad y mi novia me ocupaban casi todo el disco rígido como para tener que seguir escuchando si mi hermano era lo suficientemente grande para irse a vivir solo. De repente, un silencio profundo inundó mi casa. Las bombas habían cesado para darle lugar a una noche de sinceridad.

Fui hasta el pasillo para escuchar. Parecían lágrimas o algo así. Me acerqué un poco más hasta llegar a la cocina. El mármol de la mesa estaba mucho más frío que lo habitual. Los tres me miraron. Los ojos rojos, las gargantas secas y los ceniceros llenos. Los miré con una especie de sonrisa. “Soy gay”, me tiró desde una punta. “Ya lo sabía”, dije sin pensar mucho. Lo miré fijo a él, para mi nada había cambiado. Era la misma persona que me protegía de los malos de Scooby-Doo, que me llevaba a recitales, me compraba cervezas o me buscaba en el colegio para ratearme. El que me empujó a hacerme mi primer tatuaje aunque no le gustaran, el que me incentivó a comprarme un saco blanco para salir a la noche o me regaló el último disco de The Killers esa Navidad en la que ningún otro familiar le había pegado a mis gustos.

No sé cuándo ni cómo, pero un día se fue vivir solo. Después de un tiempo, yo también.

Una vez en Nueva York, me levanté al chico que él le quería dar. Nos reímos. Compartimos noches, proyectos, viajes y amigos. Yo después de varios años me fui a vivir a Barcelona. La última vez que nos vimos, me abrazó como nunca. No hubo muchas palabras, o podría decir, hubo mucho silencio. De ese que uno entiende que es mejor que una sopa de letras. Los dos lloramos. Nos sacamos una selfie para mandarles a nuestros viejos y nos dijimos chau. Yo a la distancia sigo acordándome de esa noche, de sus huevos, su “hombría”, su amor. Sigo esperando que me invite a la cucheta alguna vez a ver MTV juntos, o compartir algún recital. Sigo siendo su hermano, y él… el mío.

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